4 de julio en USA: La antorcha que se apaga
por Kyle Shinseki, sj., desde EE.UU.
Hoy, 4 de julio, se celebra el 235º aniversario de la independencia de Estados Unidos. Durante estos siglos de vida independiente, la estatua de la Libertad se ha convertido en uno de los símbolos más emblemáticos de la Unión Americana. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, su antorcha guiaba simbólicamente a centenares de naves que arribaban a las costas neoyorquinas, repletas de inmigrantes europeos deseosos por encontrar una vida mejor. Aunque hoy este país sigue abriendo las puertas a muchísima gente, la antorcha de la libertad parece apagarse para los 11 millones de inmigrantes que viven y trabajan en las tinieblas de los indocumentados.
Hace algunos años conocí a una mujer mexicana sin sus papeles al día, que ya llevaba un tiempo en Estados Unidos. Me contaba cómo había logrado vislumbrar los rayos de luz de aquella antorcha de la libertad. Durante su estancia en Estados Unidos se había dado cuenta que podía ser mucho más que una ama de casa: había descubierto una inteligencia y unas capacidades que no conocía y que se sentía llamada a aprovechar; así, se dedicaba a estudiar con mucho más empeño que el que jamás había puesto en México. Sin embargo, la sombra de las autoridades migratorias le seguía por todas partes, y temía que la separaran algún día de sus hijos nacidos en EE.UU. y de su esposo, que ya había regularizado su estado migratorio. Me decía, con lágrimas en los ojos: “Yo amo a este país, pero sé que algún día me pueden deportar; y pues si Dios quiere que me vaya, me iré”.
Ella buscaba una luz de libertad; la luz de Cristo, la luz de la consolación que nos describe san Ignacio, pero se vio forzada a vivir en la oscuridad del miedo y de la incertidumbre, en las tinieblas del mal espíritu y de la desolación. A pesar de su situación precaria, seguía buscando la superación personal y la de su familia. Me contó cómo cada día se miraba al espejo y se preguntaba qué iba a hacer mejor durante la jornada, aunque fuera una simple tarea, como preparar el desayuno para sus hijos. Me decía que su fe le daba el valor para enfrentar la incierta realidad que la esperaba cada día al despertar.
Sin embargo, ante el temor de vivir por tiempo indefinido en las sombras, muchos indocumentados se dejan llevar por vías de escape “fáciles”, como el tráfico de drogas, la infidelidad matrimonial o el abuso del alcohol. He conocido muchos de estos casos durante mi tiempo como capellán en la cárcel del condado de Ramsey, en Minnesota, el otoño pasado. Un joven mexicano me contaba que por su situación migratoria no había encontrado otro camino que el de entrar en la vida pandillera, ya que no contaba con el permiso para trabajar legalmente en el país donde se había criado desde niño. Conversábamos en una mezcla de inglés y castellano sobre el futuro tenebroso que decía que le esperaba si llegaba a ser deportado a un país que no conocía.
Estados Unidos sigue haciendo la vista gorda a la oscura realidad de estos millones de inmigrantes indocumentados. Las propuestas extremistas -de deportarlos a todos o de abrir las fronteras de par en par- no llevan a una solución digna. Se requiere de un diálogo honesto entre todas las partes para poder llevar la luz de la libertad a tantas personas que mueren poco a poco absorbidas por males como la delincuencia y la drogadicción.
Este diálogo facilitaría una política migratoria más humana, que tomara en cuenta tanto las necesidades económicas del país como los intereses del migrante. Debiese contar con un programa de plazo limitado para aquéllos que sólo desean conseguir los fondos para, por ejemplo, financiar su educación superior, establecer un negocio o construir una casa, proporcionándoles trabajos en los sectores que necesitan de mano de obra a corto plazo, como la construcción y la agricultura. Por otro lado, debiese contemplar otro programa de inmigración permanente para aquellas personas que por las condiciones precarias de su país de origen -o por motivos de sus vínculos familiares- prefieren establecerse a largo plazo, ayudándoles a buscar empleos en sectores que buscan una fuerza laboral estable, como los de servicios o manufactura. Al mismo tiempo, y en conjunto con los empleadores, podría implementarse un programa que revise los antecedentes de cada solicitante y, de ser aprobados, identifique sus metas y las de sus familias, proveyéndoles de la orientación y servicios necesarios para que éstas se logren, ya sea en su país de origen o en EE.UU. De esta forma la antorcha de la libertad podría encender su luz sobre todos que buscan con un corazón sincero la superación en EE.UU.
¿Cuándo logrará hacerse efectiva una política de esta índole? ¿Cuándo la llama de la Libertad volverá a flamear para estos millones de indocumentados? No hay respuestas. Por lo pronto, como compañeros de Cristo, nos corresponde acompañar a nuestros hermanos y hermanas a ambos lados de la frontera, de tal modo que seamos «como una lámpara que luce en un lugar oscuro, hasta que se levante el día y el lucero de la mañana brille en sus corazones. » (2 Pe 1:19b)
Publicado el 04.07.2011 por Kyle Shinseki, sj., desde EE.UU.
Categorías: Opinión
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