El día del padre: entre ausencias y presencias

por Tomás Ojeda G.*

Puedo saber a dónde va, tu corazón cuando no late más, y si hago mal en preguntar perdóname por la curiosidad. Si es cuestión de fe no sé, la vivo dentro nadie más la ve. Toca mi mano, susúrrame, un solo signo y dejaré de temer.

Magdalena Matthey (“Si el alma se queda”)

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Siempre me ha costado celebrar esto del día del padre. Inevitablemente recuerdo al mío y el deseo de re-encontrarnos. Me pasa a diario en el trabajo, al escuchar las historias que se despliegan en la consulta, las ausencias y presencias que se alternan entre llantos, nostalgias y esperanzas que no resisten frustración alguna. Lo recuerdo cada vez que hablamos de nuestras familias, la crianza y sus funciones; padres interdictos, juzgados como incompetentes, presentes bajo la fórmula de la “pensión alimenticia” y marginados por confirmar una condición sexual distinta; padres que inmortalizamos en símbolos y emblemas patrios, héroes del presente y del ayer, custodios de la ley y del Mito que Edipo no supo resolver.

Hablar de padres supone hacerlo desde mi experiencia como hijo y mi referencia a quienes me han hablado de él, sus sueños, valores y el inevitable parecido que otros/as me reflejan. Para muchos/as, lo anterior implica convocar a quienes han sido su sustituto, la pareja que los/as cuidó, dio su apellido y “adoptó”. Para otros/as, re-construir una historia que cuesta nombrar, que omite nombres y referencias, que se cuenta desde el secreto familiar y desde el registro fotográfico de quienes se inmortalizaron a color o en blanco y negro.

El día del padre me cuesta no sólo por el recuerdo y la historia que nos une, sino porque en esa nostalgia hay algo de lo inevitable que hace difícil pensar cómo sería relacionarme con él en el presente. La muerte tiene ese carácter de punto final que silencia todo arrepentimiento posible, toda palabra pendiente, todo gesto inhibido: es mezquina y radical, no pregunta ni vela por lo que uno ha construido en relación a la persona que parte. Es uno el que vuelve a partir, el que decide suspender el recuerdo e incluso negar lo que se presenta como irreversible. Es uno el que es creativo en sus formas de comunicarse y mantener vivo un vínculo que, a veces, recién comienza.

Es uno el que encuentra las formas de relacionarse con la “ausencia”, el silencio de los otros, las palabras suspendidas en cartas y tarjetas, las responsabilidades y el pesado duelo. ¡Qué palabra más desagradable! Parecieran no existir fórmulas ni saludos inteligentes, qué decir de Dios y sus misterios: silencio, rabia, confianza. Una mezcla de cosas que termina por agobiar a cualquiera, más aún cuando no lo podemos verbalizar con quien quisiéramos.

El cuerpo de mi papá está en un cementerio, como el de muchos/as. Otros mueren producto del exilio forzado de historias que, de haber podido elegirlas, no las hubiésemos querido para nosotros/as. Contra esa muerte luchamos para mantener vivo el recuerdo de quien estuvo ahí, en ese lugar, enseñándonos a ser hombres y mujeres, modelando nuestras sensibilidades y proyectando lo que de él quería proyectarse en nosotros. ¿Qué diría de mis elecciones, mis decisiones? ¿Qué pensaría de mis errores y mis triunfos? Cómo saberlo…

Pensemos, mejor, en lo que sabemos: el tiempo compartido, las palabras declaradas, el deseo de concebirme y cuidarme; el te quiero que resuena a lo lejos, promesa de encuentros y llamados de teléfono que nunca llegan; el padre que se hace representar a través de la presencia de nuestras mamás, sus palabras, gestos y cariño, la rabia, el dolor e impotencia que, aun cuando se disimulen, las percibimos y asumimos como propias. Los rasgos físicos que me asemejan y que otros/as reconocen como huellas indelebles de una descendencia que no termina con la muerte, la separación o el abandono.

El papá que nunca fue hombre, que fue mujer y madre a la vez, el que incluso en el cementerio nos conecta con parte de un relato que no perece, que se continúa y sigue generándose cuando me toca ocupar su lugar en una nueva familia, con hijos propios o ajenos. Es que la paternidad no es sólo cuestión de hombres-padres, sino función que vinculo con lo fecundo, la vida que se multiplica y esparce, el cuidado de otros/as y la preocupación por su devenir. Tarea no menor cuando por distintos motivos nos toca ejercerla, pensarla y transmitirla en ausencia de quien “se supone debiese hacerlo”.

Desde el lugar que sea, los días del padre y la madre nos convocan desde nuestra historia, remecen nuestros afectos e instalan preguntas respecto a ese vínculo particular y único que me ha permitido entenderme como hijo/a, vínculo que me permitirá re-escribir una historia de paternidades distinta, capaz de elaborar todos esos pendientes que la muerte, la distancia y el maltrato han impedido procesar con relativa libertad y autonomía.

Cuidemos nuestros juicios sobre paternidades ajenas y cercanas, nuestras impresiones sobre el divorcio, la separación y las nuevas constelaciones familiares. Cuidemos las construcciones identitarias que emergen como consecuencia de estas historias, nuestras opiniones sobre quienes se supone que debiesen estar más presentes, cercanos y ejerciendo su rol. Por respeto a nosotros mismos, nuestros padres y los de otros.

 

*Tomás es psicólogo clínico infanto-juvenil y trabaja, entre otras cosas, como encargado de formación de CVX – Secundaria, en Santiago de Chile.

 

Publicado el 01.06.2012 por

Categorías: Opinión

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4 comentarios »

  1. Katheine vivar

    22/06/2012 at 02:22

    Tomas nuevamente felicitaciones,me encanta con la sencillez que escribes a cerca de temas tan interesantes e importantes!!!!

     
  2. José Manuel

    22/06/2012 at 06:40

    Tomás:
    Tu columna es muy honesta. Refleja muy verazmente lo que siente uno en esos días establecidos socialmente para el homenaje. Además abordas las distintas formas de la paternidad y su ausencia de manera que nos muestras desde tu perspectivas su multidimensionalidad.
    Debo decirte que me sentí identificado con él sentimiento que entregas, con esa angustia, alegria confusión y misterio del que hablas…
    Gracias por expresarte y expresarnos

     
  3. M.Pía Méndez

    23/06/2012 at 14:16

    Tomás, me gustó muchísimo la columna. Me pasa algo parecido en torno a todos los roles culturalmente asignados, que al final se van topando con las distintas realidades de lo que cada uno de nosotros define como su familia, y a su vez, con los que nos vamos auto asignando con el tiempo. Creo que prefiero eso, sentirme parte de mi familia con un rol que tiene de mamá, de hermana menor, hermana mayor, dependiendo de las circunstancias y que permite que pongamos todas esa potencialidades ahí, para compartirlas, siendo por eso más receptivos y no adjudicando responsabilidades y funciones exigentes e inflexibles a la figura de nuestros padres.

     
  4. Isidora Mosella

    24/06/2012 at 22:45

    Si bien no estamos seguros de la existencia de la resurección, estamos completamente seguros que lo que fuimos, somos y seremos es gracias a una herencia imborrable: el amor.

     

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