La alegría de ser católico

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Desde los años ochenta han abundado los encuentros masivos de católicos de todo el mundo. Este esquema ha sido emulado en nuestro país de una forma espléndida, llenando los fines de semana primaverales con grandes actividades religiosas: la Oración por Chile y la procesión de la Virgen del Carmen, la caminata a Santa Teresa de los Andes, y otros múltiples eventos alusivos al mes de María, sin contar con los feriados religiosos, como Todos los Santos y la Inmaculada Concepción.

La última en sumarse a la lista es “La alegría de ser católico”, novedosa iniciativa a la que domingo a domingo se nos exhorta a participar en las parroquias y capillas de Santiago, con arengas como “los católicos vamos a tomarnos la Alameda”, “nosotros también tenemos derecho a marchar”, “demos a conocer lo grande y alegre que es nuestra Iglesia”. La invitación se distingue de todas las convocatorias anteriores en que ésta no tiene como finalidad explícita buscar la intercesión de Dios, sino “mostrar la alegría” por medio de caminatas, cantos, bailes y grupos musicales religiosos, para dar cuenta de un Iglesia rejuvenecida y moderna.

¿No hay algo que suena raro en todo esto?

Que no se malentienda. Para mí, ser cristiano ha sido un verdadero regalo; uno que nunca he agradecido lo suficiente, y que siempre se me ha planteado como el camino que realza lo más auténtico y verdadero de mí. Ser cristiano es una alegría.

Pero, parece disonante, en el contexto en el que nos encontramos, llamar a mostrar la “alegría de ser católico” cuando constantemente nos vemos rodeados de signos de muerte e incertidumbre dentro de nuestra Iglesia. Signos que entristecen y confunden a un Pueblo de Dios que a momentos no comprende qué es lo que está ocurriendo. El ambiente parece no estar para esta clase de fiestas. ¿Cómo podemos “mostrar” la alegría de ser católicos cuando el pasado mes se presentó una demanda contra el Papa Benedicto XVI y otros importantes miembros de la Curia Romana en la Corte Penal Internacional de La Haya, por los casos de abusos sexuales encubiertos por la autoridad eclesial? ¿Cómo podemos llamar a “mostrar” la alegría de ser católicos, cuando una importante cantidad de fieles se siente marginado y sin opciones dentro de su Iglesia, por tener una orientación sexual por la que nunca se optó, o un matrimonio que no resultó como se esperaba? ¿Cómo podemos convocar para “mostrar” la felicidad del ser católicos cuando vemos una Iglesia inserta dentro de una país que en su estructura e idiosincrasia exhala desigualdad y exclusión, en un momento crítico dónde quienes deben dialogar no dialogan, y quienes pueden ayudar a ello no están disponibles para hacerlo?

Los signos de muerte pueden ser inagotables, y,  por lo mismo, parece mejor preguntarse ¿qué es lo que Dios nos pide en estos tiempos? ¿Será el momento de “mostrar” la alegría?, o ¿no será más bien el tiempo de hacer silencio?

Como Iglesia, vivimos saturados de actividades y eventos que no nos permiten encontrar ese silencio tan necesario para poder sentir y gustar todo lo que ha estado ocurriendo. A los cristianos parece que nos da miedo dejar de hacer ruido por temor a lo que pudiese aparecer en la quietud. Pero la Palabra nos dice que a Dios no lo encontraremos en lo sorprendente y espectacular de la masividad o el estruendo -como el terremoto y el relámpago-, sino en la quietud de la suave brisa, que nos permitirá contemplar y discernir a la luz de los signos de “nuestro tiempo” (1 Re 19, 11-13).

En ese silencio podremos detenernos a contemplar la cruz del dolor, la vergüenza y la confusión de los tiempos que como Iglesia atravesamos, siguiendo el auténtico y difícil ejemplo de María, que contemplaba la desesperanza y la derrota en su propio hijo. En esa contemplación dolorosa y perturbadora quizás podamos sentir uno de los grandes desafíos de la fe: la transformación de la muerte en la experiencia de la absoluta libertad.

La muerte de Jesús fue libre, porque se desprendió todo de sí, por amor hacia nosotros. Ésa es la libertad a la cual debe apuntar el cristiano, que se manifiesta en el auténtico gozo de vivir, y no en una simple alegría pasajera. Pero para ello, para poder vivir la verdadera felicidad, no podemos, como nos dice el Evangelio, obviar el camino de la pasión y la auténtica conversión. El camino que se inicia con ese silencio a veces tan incómodo, pero tan profundamente necesario.

¿No será mejor acaso “mostrar la alegría de ser católico” haciendo silencio?

* Javier es ex alumno del Instituto Alonso de Ercilla, y actualmente estudia derecho en la P. Universidad Católica de Chile.

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