Columna

Parábolas del fútbol

(cc) blog.tibuonline.com

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Desde niño he sido un fanático de los deportes, en especial del fútbol. En un país futbolero como Chile, es muy difícil restarse a esta pasión de multitudes que genera tantas alegrías y, a la vez, tantas tristezas y frustraciones. Es cierto que para los no adictos a este deporte, ver a 22 personas moviéndose en función de una pelota es un completo disparate. Más aún, que miles de personas griten, lloren, peleen y se enojen debido a este mismo jueguito, es una ridiculez mayor.

Los futbolistas que conocí de niño eran verdaderos héroes por lo que hacían en la cancha. Me gustaban los desbordes de Gabriel Mendoza, los carrerones de Pato Yáñez, los amagues del Tobi Vega, la pegada del Coto Sierra, las salidas con pelota dominada del Chano Garrido -con chambonadas y todo-, las voladas del Rambo Ramírez -aunque fueran para la foto-, los cabezazos de Bam-Bam Zamorano, la técnica del Matador Salas -cómo olvidar el magnífico gol en Wembley frente a Inglaterra-, etc. No hemos ganado títulos como selección, pero hemos disfrutado los triunfos de varios de estos jugadores en sus clubes. Hoy día seguimos disfrutando… pero hay algo que me preocupa.

El fútbol de hoy se ha transformado en una actividad que tiene mucho de farándula, en la que se manejan cifras millonarias de dinero, que llegan a ser francamente escandalosas. Un claro ejemplo de ello es la gran crisis económica que sufren varios países de Europa, en donde el desempleo es dramático, sin embargo, el fútbol sigue económicamente saludable y los traspasos de jugadores se hacen por millones de euros (sin ir más lejos, recientemente el jugador brasileño Neymar fue traspasado por Santos al Barcelona en 54 millones de euros). El estadio es el nuevo Coliseo romano, donde los de fuera disfrutan el enfrentamiento que se produce entre otras personas, hacen sus apuestas y mueven un deporte que tiene mucho de negocio.

¿Y qué pasa con nuestros futbolistas? Nunca -es lo que repiten muchos comentaristas y periodistas deportivos-, habíamos tenido tantos jugadores en clubes extranjeros. Hace algunas semanas apareció una portada que decía que la selección chilena de fútbol tenía los futbolistas más ‘caros y exitosos’ de su historia. Es decir, aunque no hemos ganado ni siquiera una copa América, los futbolistas chilenos gozan de éxito y riqueza. ¿Cómo compatibilizar la fama y el dinero, con el espíritu deportivo y de superación que seguramente llevó a estos deportistas a estar en el lugar en donde están ahora? Muchos de nuestros futbolistas provienen de estratos socioeconómicos bajos, y el fútbol ha sido una manera de sacar de la pobreza a sus familias. Siendo héroes deportivos, son vistos por niños y jóvenes como modelos a seguir. ¿Serán conscientes de ello? Ganar dinero, fama, tener prestigio y exposición mediática son condimentos peligrosos para la vida actual y que nos pueden llevar tanto a la desintegración personal como a tener ambiciones desordenadas y voraces.

Con la capacidad lúdica y plástica que Jesús tenía para contar parábolas, imagino que él sería un admirador del deporte. Son capacidades que Dios nos regaló y nos animaría a desarrollar; pero -como en otros ámbitos de nuestra vida-, también es posible torcer la realidad: la sana competencia se transforma en competitividad, del respeto por el rival se pasa a los archirrivales, hay clubes grandes ‘que lo tienen que ganar todo’ y clubes chicos ‘del montón’, apuestas millonarias por uno u otro equipo que transforman el juego en negocio -lo que conlleva a la codicia y al acaparamiento-, deportistas que intentan aumentar sus capacidades físicas usando medicamentos, etc., etc. ¿Qué parábola habría construido Jesús al respecto? ¿Cómo encontrar el sano equilibrio sin desconocer la realidad en la que estamos insertos? Como Jesús tenemos que tener juego de piernas para poder jugar este partido.

Cristian Contreras, s.j.

Cristian Contreras, s.j.

Estudiante jesuita. Colabora en la Parroquia San Ignacio de Padre Hurtado y en el Centro de Espiritualidad Ignaciana (CEI).
Cristian Contreras, s.j.

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