2011, por David Soto, SJ. « en Territorio Abierto

2011

(cc) Comunicación asertiva

En estos días no es extraño escuchar que el 2010 fue duro, y  que difícilmente el 2011 podría ser peor.  Los daños del terremoto, la postergación de los mapuche, las duras condiciones laborales de los mineros, el escandaloso modo en que son tratadas las personas privadas de libertad, el terreno que va ganando el negocio de la droga, la deplorable situación en que viven las personas que han llegado de otros países latinoamericanos -cuestión que quedó en evidencia luego del terremoto-, entre otros, han sacado a la luz las necesidades y pobrezas de nuestra sociedad en el año del Bicentenario.

Ahora bien, aun cuando no ocurran tragedias como las del 2010, el 2011 podría ser mucho peor, o bien, un año en que definitivamente demos un paso significativo hacia el desarrollo de nuestra sociedad.

Podría ser un peor año si luego de todo lo que vimos y nos enteramos durante el 2010 no nos afectamos personalmente por alguno de estos grupos vulnerados, y no nos quedamos con ellos.  El gran riesgo no es el olvido, sino que asumir una suerte de “dinámica turística” con estas injusticias, donde los medios informativos son los agentes de viaje, y nos presentan los recorridos. Podemos terminar informados de todo, pero sin encontrarnos con ninguno de ellos, y, por tanto, sin afectarnos ni comprometernos con nadie. Podemos terminar con un gran sentimiento de solidaridad, pero sin la acción solidaria del encuentro que dignifica. La huelga mapuche apareció en los medios de comunicación luego del día cincuenta, y sus demandas datan de una gran cantidad de años. En las cárceles los derechos humanos son violados desde hace años, y las injustas condiciones laborales de los mineros y de otros trabajadores como los temporeros se arrastran por décadas.

Si algo nos muestra Jesús, es que Dios no se quedó mirando el sufrimiento humano desde algún lugar desconocido, sino que justamente se hizo uno de nosotros para quedarse en medio nuestro, en un lugar particular. Se encarnó y con ello se comprometió con la realidad, sin perder la universalidad de su solidaridad para con todo el género humano. Jesús nos enseñó que la solidaridad con todos los marginados pasaba por sentarse y conversar con uno de ellos, por mirarlo a los ojos y compartir el pan, y desde ahí trabajar por combatir las injusticias.

El gran salto al desarrollo lo podemos dar siguiendo el ejemplo de Jesús: dejándonos un espacio, deteniéndonos, y quedándonos con alguno de esos grupos que sufren injusticia. Desde ahí seguramente podremos encontrar cómo colaborarnos en la tarea de traer paz, justicia y dignidad a las relaciones de nuestra sociedad.

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