3 razones para ser católico (y para querer que otros lo sean)

(cc) periodistadigital - José Luis Cortés

Parece raro hablar hoy de “evangelizar”. ¿Qué sentido tiene eso de buscar que otros sean católicos o cristianos cuando ya no creemos que en eso se juegue el cielo y el infierno? ¿No suena un poco impositivo andar por el mundo creyendo que tenemos la verdad y que tenemos que contársela a otros? Aunque no podemos juzgar tiempos pasados con criterios actuales, si hoy se repitieran las imágenes de misioneros bautizando pueblos enteros, más que en fervor religioso, pensaríamos en imposición cultural.

Pero entonces, ¿ya no hay que “evangelizar”? Y si hay que hacerlo, ¿qué significaría? Tengo la impresión de que, si queremos hablar a otros sobre el Dios de Jesús, es porque creemos (y hemos experimentado) que es una buena noticia para nosotros. Sin intenciones de universalizar, me han dado vuelta en el último tiempo tres motivos por los que me hace profundo sentido creer en el Dios en que creo, y creer que puede ser valioso para otros conocerlo.

1. El Dios de los cristianos es el Dios del perdón.

Esta idea me ha rondado últimamente. Vivimos en una época que valora la justicia, y obviamente está muy bien que así sea. Queremos que cada uno tenga lo que le corresponde. Que no haya pobres porque nadie se lo merece. Que nuestros esfuerzos rindan fruto. Que los culpables respondan por sus actos.

Me parece que hemos ganado en conciencia del valor de la justicia (sin desconocer que quedan deudas enormes). Evidentemente no pretendo poner en duda que la justicia es buena e importante, pero me llama la atención que el Dios que anunció Jesús nos sacude en algo esta idea.

Jesús vivió diciendo que lo propio de Dios es la misericordia. Por supuesto, Dios es compasivo con todos. Pero esa compasión se manifiesta plenamente en la misericordia con los pecadores. Jesús se acercaba y buscaba a los despreciados, ¡y particularmente hacia los despreciados “con justa razón”! Ésos que, en teoría, se merecían el reproche de los otros: la prostituta, los colaboracionistas con la potencia invasora, los extranjeros y enemigos. La magnanimidad de Dios se muestra con los que no se merecen su favor. Los que creían que Dios tenía que quererlos –fariseos, maestros de la ley– nunca aceptaron a Jesús.

Dios no demuestra su poder con mano dura o tolerancia cero, sino con la magnanimidad del perdón: “De ti procede el perdón y así infundes respeto”, nos dice salmo 129. Dios se manifiesta en su amor que nunca es merecido.

Cuando los obispos de Chile propusieron un indulto con ocasión del Bicentenario, se cuestionó que esto atentaba contra la justicia: quien estaba en la cárcel era porque lo merecía. ¿Será que el perdón niega la justicia? La libertad del cristianismo está precisamente en que cada vez podemos empezar de nuevo, que nunca quedaremos esclavos de nuestras faltas. El perdón, si es honesto, no atenta contra la justicia. Antes bien, rescata a la justicia del riesgo de ser mera revancha, que amarga el corazón y nos introduce como humanidad en un círculo sin salida, como refiere la filósofa política Hannah Arendt. Pero evidentemente la misericordia con el culpable nunca es exigible a alguien: es siempre gratuita y sin siquiera la posibilidad de asegurar que sea devuelta algún día.

Creer así en Dios hace mi vida y la de otros más abierta a volver a empezar una vez más… porque Dios me mira con amor, aunque no lo merezca. Tal vez, si creyéramos más en él dejaríamos de tratar de ganarnos el amor de los otros de cualquier manera. El amor inmerecido de Dios nos hace libres.

2. Conocer, amar y seguir a Jesús es profundamente humanizador.

Ésta es otra idea que me ha rondado. Me pasa que miro a Jesús y digo: yo quiero ser como él. Me encanta esa claridad para tomar opciones y asumir sus consecuencias. Admiro su libertad para romper las convenciones sociales: “el sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado”. Me gusta su cariño explícito con sus amigos y su transparencia para mostrarse frágil con ellos. Me gusta también que haya crecido como todos: que haya sido exiliado, que haya discutido con sus papás, que haya trabajado, que hay buscado su vocación. Me encanta verlo remecido por el dolor de los que sufren o por su rabia hacia los inconmovibles. Me gusta que esos sentimientos siempre lo llevaran a actuar por los más débiles.

En mi propia vida y trabajando con jóvenes universitarios, me voy convenciendo de que Jesús es un modelo que hace bien. Me doy cuenta de que mirar a Jesús muestra alternativas reales para nuestras vidas, que las hacen más plenas y más fecundas. Lejos de ser una imagen de un deber ser opresivo, es aliento a amar más y servir más.

Tal vez si conozco más a Jesús, si leo más su vida, si la medito y descubro sus gestos en otras personas… tal vez podría parecerme más a él, y mi vida y la de otros sería mejor. Creo que Jesús es modelo de humanidad plena, de lo mejor de ser humano: de buscar ser feliz de manera tal que es felicidad compartida y no comprada a costa de la amargura de otros.

3. Elijo creer en comunidad.

No da lo mismo creer solo. No creo en los cristianos a su manera cuando esa manera no es compartida ni cuestionable. Con todos sus límites, la Iglesia me ha conducido a Jesús. No lo conocí por Google ni por Wikipedia (¡feliz cumpleaños!). Fueron mis papás, algunos profesores, algunos curas, algunos amigos los que me enseñaron a conocer a Jesús en la biblia y en el mundo. Y así como otros cristianos me lo mostraron desde pequeño, hoy también creo que los necesito. Prefiero una Iglesia en que cabemos todos –aunque a veces parezca que no hay cómo ponernos de acuerdo–, a un grupito de elegidos en que no cabe la diferencia.

La comunidad matiza mis fundamentalismos y lubrica mis fijaciones. Así como a la familia, a la Iglesia no la quiero por ser santa, sino porque soy parte de ella. Cuando la selección chilena no tenía ni a Bielsa ni a Alexis ni al Chupete y era bastante peor que ahora, había un comercial que decía “Yo creo en la roja… digan lo que digan.” Tal vez habría que decir lo mismo de la Iglesia: “Yo creo en la Iglesia… digan lo que digan”. Y se podría agregar: “Yo creo en la Iglesia… diga lo que diga [¡ella misma!]”.

Tal vez entonces podríamos decir como C.S. Lewis (sí, el de las Crónicas de Narnia) en el título del relato de su conversión:

Sorprendido por la alegría,
impaciente como el viento.

Hermano jesuita. Licenciado en Teología UC, actualmente cursa un doctorado en Teología en Innsbruck, Austria.

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