81 razones para la misericordia. Comentario al Evangelio del tercer domingo de Adviento

Hace 5 años, el 8 de diciembre del 2010, 81 jóvenes morían asfixiados y quemados en la cárcel de San Miguel. Hacinados y sobreviviendo en paupérrimas condiciones, su grito de auxilio fue ignorado, sellándose así el fatal destino que los haría protagonizar uno de los incidentes carcelarios más violentos y trágicos de la historia de nuestro sistema penal.

Este incendio dejó al desnudo la miserable realidad que se vive cotidianamente en los recintos penales de Chile. El hacinamiento, el ocio destructivo, la mala comida, la insalubridad, el abuso de los gendarmes, la violencia cotidiana y la tortura de la que son víctimas los presos, reflejan una estructura carcelaria en la que se violan sistemáticamente sus derechos humanos. Este maltrato incluso es justificado por gran parte de la ciudadanía, que quiere ver a los “delincuentes” castigados y sufriendo.

El discurso imperante a nivel nacional es el de la “mano dura”. Los políticos quieren hacernos creer que con más cárceles y penas más severas estaremos más seguros y acabaremos con el flagelo de la delincuencia. Los chilenos compartimos un sentido común punitivo que exige castigos severos para quienes cometen crímenes. Incluso, aquel 8 de diciembre muchos interpretaron el incendio como un “castigo divino”. La muerte de esos reos era una muerte merecida. El incendio había logrado hacer la justicia que no había sido capaz de ofrecer nuestro “blando” sistema penal.

Sin embargo, las familias y amigos de los 81 se resisten a creer que el incendio de San Miguel fue un acontecimiento justo y menos un castigo divino. Saben que la muerte de sus hijos fue fruto de un sistema carcelario indigno, que sanciona con muchísima severidad a los más pobres. Saben, además, que no solo ellos han perdido a sus 81 seres queridos. Toda la sociedad perdió a jóvenes valiosos y capaces de aportar a la vida del país.

Quienes son creyentes saben y confían que hoy los 81 están en la casa de su Papá-Dios. Saben que el Dios de Jesús ama sin condición a esos jóvenes y, probablemente, más que a los demás, precisamente porque ellos fueron esas ovejas perdidas por las que Él es capaz de dar la vida.

Quienes son creyentes saben y confían que hoy los 81 están en la casa de su Papá-Dios. Saben que el Dios de Jesús ama sin condición a esos jóvenes y, probablemente, más que a los demás, precisamente porque ellos fueron esas ovejas perdidas por las que Él es capaz de dar la vida. Los creyentes saben que la falta de misericordia y de perdón no ha venido de Dios, sino de una sociedad que convierte a quienes delinquen en personas de una categoría inferior, que merecen vivir y morir en condiciones infra-humanas.

¿Qué nos diría ese Dios misericordioso a nosotros, miembros de esta sociedad tan castigadora? Junto con señalar nuestra falta de amor y misericordia, nos ofrecería el perdón como un regalo transformador, capaz de reordenar nuestra vida a nivel individual y colectivo. Nos invitaría a mirar los acontecimientos y personas con ojos amorosos. Nos haría capaces de ver, incluso en quienes nos ofenden, a seres humanos iguales en dignidad.

Así podríamos cambiar nuestros criterios de juicio y solucionar, de manera más humana y humanizante, nuestros conflictos sociales y políticos. Esto nos haría capaces de dar y recibir perdón y así cambiar al mundo. Como dijo el Papa Francisco al inaugurar el año de la Misericordia, reconocernos hijas e hijos de un Dios que perdona nos hace capaces de perdonar y nos abre “a la certeza de que la misericordia puede contribuir realmente a la edificación de un mundo más humano.”[1]

La primera lectura de este domingo nos pone en sintonía con ese Dios misericordia. Nos invita a gritar de alegría, pues Dios ha abandonado su rostro severo y castigador, mostrando todo su amor por nosotros: “¡Grita de alegría hija de Sión! ¡Aclama, Israel! ¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén! El Señor ha retirado las sentencias que pesaban sobre ti y ha expulsado a tus enemigos. El Rey de Israel, el Señor, está en medio de ti: ya no temerás ningún mal.” (Sofonías 3, 14 – 15)

Quizás, el camino de la auténtica alegría comienza por el Perdón. Desde esta mirada, el primer perdón sería para los 81 jóvenes de San Miguel. Perdón por no ofrecerles oportunidades, por hacinarlos en cárceles miserables, por dejarlos morir de manera tan dolorosa e indigna.

Perdón a sus familiares porque, como sociedad, no hemos acogido su dolor ni hemos reconocido la justicia de su reclamo. Pedir perdón y recibir perdón: este podría ser otro paso que nos abra a una auténtica justicia, fundada en la común conciencia de ser humanos y hermanos. Sólo abriendo camino a la reconciliación podremos convertir todo ese dolor en esperanza.

[1] Catequesis del Papa Francisco sobre la necesidad del Jubileo de la Misericordia, 9 de diciembre de 2015. Disponible en: https://www.aciprensa.com/noticias/texto-catequesis-del-papa-francisco-sobre-la-necesidad-del-jubileo-de-la-misericordia-42553/

Chilena. Historiadora y profesora UC. Magíster en Historia por la UAH y estudiante de Teología en el Boston College, EE.UU.

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