A cuidar la creación

El Río Copiapó, el valle de Huasco, Choapa y Petorca, ya no tienen agua. La Araucanía arde en llamas y se inunda en humo por los incendios forestales. Nuestros mares y lagos están contaminados. Para qué decir el aire de nuestras ciudades. Algo está pasando a nuestro alrededor y no queremos darnos cuenta: estamos destruyendo nuestra tierra, nuestro hogar. Y es que el agua no falta simplemente porque “hay sequía”, como si esa sequía fuera una mala pasada de la naturaleza y de las nubes que se decidieron a no llover. El fenómeno se explica porque hemos explotado nuestros recursos hídricos a más no poder, transando como mercancía “derechos de agua”, vendiendo ríos y lagos al mejor postor: una minera, una forestal o una gran compañía agrícola. El agua en Chile no es un derecho sino una mercancía -por lo demás muy escasa- en un país explotado por la santa Economía. Vivimos en nuestra casa común de manera descuidada y negligente. Dejamos hacer y deshacer a las grandes empresas que explotan la tierra para extraer de ella bienes de consumo más baratos, más abundantes, más exportables, que nos lleven al crecimiento económico deseado, confundido con el famoso progreso frente al cual sacrificamos todo.

¿Qué hacer? Hoy no basta con partir por casa. Sin duda es importante que aprendamos a consumir responsablemente, a reciclar nuestra basura, a usar menos el auto; pero estas soluciones individuales no bastan. Cortes de agua programados, campañas por bajar el consumo eléctrico de nuestras casas y llamados a dejar las playas limpias, son medidas buenas, pero no suficientes. Es más, pueden hasta desviar nuestra atención de los problemas de fondo.

“Un área clave en la que están llamados a contribuir es en el cuidado del medioambiente. Esto no solamente porque este país esté seriamente afectado por el cambio climático. Están llamados a cuidar la creación no sólo como ciudadanos responsables sino también como seguidores de Jesús”, P. Francisco.

Es una ingenuidad pensar que la energía escasea porque en las casas chilenas hay más hervidores eléctricos y televisores enchufados; que el agua se está acabando porque nos damos duchas muy largas; o que las playas están contaminadas porque los niños no recogen los papeles del suelo. No sólo debemos responder individualmente, debemos aprender a mirar el problema ecológico de manera colectiva, y reconocer a los grandes responsables: Los empresarios deben responder, los políticos deben responder, y los ciudadanos debemos organizarnos colectivamente. Se debe exigir a los empresarios un uso responsable de los bienes naturales. Hay que pensar en modelos de desarrollo distintos, que incorporen mínimos de cuidado ecológico, y pedir a nuestros políticos una acción más decidida a favor de lo que es de todos. Los pobladores de Caimanes nos han dado ejemplo estos días. Mediante un movimiento no violento de denuncia, están obligando a la opinión pública a poner atención y a los empresarios a cumplir con la ley.  Movimientos de este tipo han proliferado en todo Chile en los últimos años y cada vez adquieren mayor visibilidad pública, aunque la prensa se empeñe en obviarlo. Es un signo que debiese impulsarnos a dejar de batallar solo por nuestra pequeña causa y dar pasos para trabajar con otros, porque este es un problema global y no sólo local.

Hace pocos días el papa Francisco se dirigió a los jóvenes filipinos reunidos en Manila: “Un área clave en la que están llamados a contribuir es en el cuidado del medioambiente. Esto no solamente porque este país esté seriamente afectado por el cambio climático. Están llamados a cuidar la creación no sólo como ciudadanos responsables sino también como seguidores de Jesús”. Frente a una ética dominante del descarte y la explotación, nuestro hermano Francisco ha opuesto una ética del cuidado emanada de la persona y mensaje de Jesús. Ha centrado el mensaje en el cuidado de nuestros hermanos y hermanas pobres, los marginados, los sobrantes y los que no valen en nuestra sociedad. Ha hecho un llamado al cuidado de nuestra hermana naturaleza, de nuestro hogar común que es la tierra, de la creación sostenida por un Dios amoroso que nos ha hecho responsables de ella. Como cristianos no podemos permanecer pasivos ante ningún tipo de explotación. El abuso amenaza la vida, y la vida es sagrada. Informémonos. Comprometámonos. Actuemos. La tierra no puede esperar.

Chilena. Historiadora y profesora UC. Magíster en Historia por la UAH y estudiante de Teología en el Boston College, EE.UU.

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