A Dios rogando y con el mazo dando

Dentro del camino espiritual y de la propia experiencia religiosa con Dios, existen muchos tópicos importantes que nos lanzan a la reflexión y al debate, y sobre los cuales se han formulado distintas respuestas. Me gustaría abordar un tema que tiene mucho que ver con las distintas interpelaciones que el mundo actual hace a la espiritualidad, y viceversa.

Conforme se va caminando por las sendas del espíritu, es casi obligatoria la pregunta por el papel de nuestro propio esfuerzo en relación con el rol de Dios. ¿Qué me toca a mí y qué le toca a Dios? En un mundo de polaridades, es común encontrar dos versiones frente a esta pregunta. La primera tiene que ver con una especie de pasividad, en la cual se vive creyendo que a nosotros no nos toca hacer nada. Simplemente “hay que dejar fluir”. En el otro lado, está la práctica activista que pareciera sustentarse en el afán transformador de una humanidad que quiere definir su propio destino al margen de cualquier dimensión y criterio que no sea sino el propio.

Tanto lo primero como lo segundo tienen que ver, en buena medida, con las características de nuestra propia sociedad. El “déjar fluir” está muy relacionado con el desencanto del mundo y de los mega-proyectos o meta-relatos de los que habla el filósofo francés Jean-Francois Lyotard, en el que “el fracaso de las utopías históricas nos lleva a una visión meramente estética de las cosas”. Es decir, una aceptación casi total de la realidad tal y como está, pues la fe en los cambios que el hombre puede realizar ha desaparecido.

La vida espiritual nos lleva a una entrega y servicio cada vez más intensos, dándolo todo por este llamado que en el interior sentimos como fuente infinita de sentido y vida. La confianza en Dios no nos tiene que llevar a una pasividad alienante, y nuestra actividad y esfuerzos no nos tienen que conducir a la ilusión de que todo depende de nosotros.

La segunda postura no es tan diferente. Como la prometida salvación y liberación de los pueblos prometida por Dios no llega -pues también aplica a nivel económico social-, ya no hay que esperar a que nos caiga del cielo, sino que tenemos que construirla nosotros mismos, con o sin el favor de un Dios que, quizás, ni siquiera existe o que simplemente no está interesado en el mundo.

Estas aproximaciones cristalizan en dos tipos de actitudes individuales: Por un lado, abrazar todo lo que viene porque “así tenía que ser”, porque “todo pasa por alguna razón” o porque “así tocaba”. O por otro lado, ponerse las pilas y actuar, porque “si no soy yo, ¿quién?”, “si no es ahora, ¿cuándo?”. La dicotomía es clara: O reducimos nuestro papel a mera expectación ante algo así como un orden o voluntad que nos rebasa (como el destino griego) o anulamos y/u olvidamos que existe algo más grande que yo y mis propias fuerzas, creyendo que por mis propios medios se harán las cosas.

En la vida espiritual podemos encontrarnos con ambas respuestas. Ambas me las he planteado en mi camino, y mi corazón no encontró consuelo en ninguna de ellas. Aunque confiaba en el amor de un Dios que acompaña y sostiene, y del cual dependen todas las cosas, me sentía más y más libre conforme caminaba en un conocimiento y sentimiento espiritual más profundo que, lejos de una pasividad, me conducía a una entrega y esfuerzo en la actividad.

Fue por esto que mi experiencia hizo click con la frase de Ignacio de Loyola: “Actúa como si todo dependiera de ti, confía como si todo dependiera de Dios”. La vida espiritual nos lleva a una entrega y servicio cada vez más intensos, dándolo todo por este llamado que en el interior sentimos como fuente infinita de sentido y vida. La confianza en Dios no nos tiene que llevar a una pasividad alienante, y nuestra actividad y esfuerzos no nos tienen que conducir a la ilusión de que todo depende de nosotros.

San Pablo también lo dice: “Yo planté y Apolo regó, pero el que hizo crecer fue Dios” (1 Cor. 3, 6). Pablo reconoce su propio papel de sembrador, de trabajador, sin por esto eliminar la primicia de Dios: “Dios, que hace crecer, es el que cuenta” (1 Cor. 3, 7). Así también, remarca el protagonismo de Dios sin por ello negar su propia labor: “Conforme al don que Dios me ha concedido, yo, como sabio arquitecto, puse los cimientos…” (1 Cor. 3, 10).

Hace un tiempo, en un paro activo realizado en la Universidad Jesuita de Guadalajara, México, por la desaparición forzada de 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa, junto a un equipo de jóvenes organizamos un diálogo interreligioso sobre la relación entre la espiritualidad y la violencia. Entre palabras emotivas y lágrimas, un escolar jesuita dio voz a la enseñanza de su padre Ignacio, diciendo: “No podemos quedarnos sin hacer nada ante estos hechos terribles, pero no nos creamos artífices del cambio, pues sin Cristo este cambio no solamente no es posible, sino incluso ilusión egoica y soberbia de nosotros mismos”.

A Dios rogando y con el mazo dando.

Elías González Gómez. Mexicano. Estudió licenciatura en Filosofía y Ciencias Sociales en Guadalajara, México. Actualmente es estudiante del Máster en Mística y Ciencias Humanas en Ávila.

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