A ti, que volviste de trabajos, misiones…experiencias.

(cc) Alejandra Cisternas

(cc) Alejandra Cisternas

A ti te quiero dedicar esta columna. A ti que te la jugaste a concho estos días de vacaciones, trabajando en la organización que sea, haciendo lo que sea, en donde sea, pero siempre intentando luchar por un Chile más justo. Te quiero dedicar esto, porque el solo hecho de asistir es una experiencia impresionante. Creo que concordarás conmigo en que es algo que te llena profundamente, y que marca un antes y un después en tu vida. No sé si opinarás lo mismo que yo, pero a mí siempre me ha llamado la atención el hecho de ver a cientos de jóvenes dejando atrás las comodidades de nuestros hogares, nuestras largas siestas, comidas no sólo basadas en carbohidratos, los carretes periódicos y nuestros aparatos tecnológicos que todo lo anestesian, por una experiencia única, dura y tremendamente real. De verdad te lo digo: me impresiona ver tu entrega y la de otros cientos de jóvenes; la pasión que le pones a cada chuzazo, a cada martillazo que pegas, a cada escucha atenta, a cada abrazo que regalas a la familia que te acoge. El solo hecho de ver cómo avanzas, cómo aprendes a trabajar, a acercarte a las familias y cómo logras construir opiniones bien fundadas debe dibujarme y dibujarnos una sonrisa en nuestra cara.

En un mundo ideal nuestro actuar en estos días reflejaría fielmente cómo somos; pero -lamentablemente- tenemos que asumir que esto no siempre es así. Si bien nuestro actuar debe reflejar lo que somos realmente, a partir de estos días no podemos generalizar. Así como te he visto a ti junto con otros jóvenes dejarlo todo en la cancha, también he visto a otros que fuera de ella cambian a tal punto que pareciera que sufrieron una metamorfosis. Mutación que no es producto de la vuelta a la “realidad”, como muchos dirán, sino que es fruto de la vuelta a una rutina que anestesia tanto que ya no distingues la realidad de tu realidad. Quizás dirás que es una opinión dura, exagerada, o que da en el blanco; quizás encontrarás respuestas o excusas; pero sea cual sea tu postura no podrás negar que muchos de tus compañeros caen en esto, y es posible que tanto tú como yo hayamos caído en lo mismo, aún sin darnos cuenta.

Yo, que lo viví, que vi a jóvenes como tú trabajar, y que compartí con ellos, quiero, desde ya, decirte algunas cosas. Primero, ir a “Trabajos” no te hace un héroe o un santo; por mucho que tu familia o amigos opinen lo contrario; el servir a tu prójimo debiese ser algo propio de nuestra naturaleza, algo que marque la diferencia entre un ser humano y una persona. Así que si aspiras a eso, ya estás en mal camino. La entrega que tú realizas es eso, pura entrega desinteresada, que nace desde el corazón y que aspira a llegar al corazón del otro. Si te sientes bien contigo mismo es tan sólo un efecto secundario que viene por añadidura.

Segundo, y retomando un poco lo dicho anteriormente, el volver a tu casa, a tu cama y a tu ducha, no debiese limpiarte de la realidad que viviste. Es frecuente escuchar comentarios del tipo “volví a la realidad”… paradójico ¿o no? La realidad es aquella que está allá afuera, la que viviste y por la que trabajaste a concho. Hay que diferenciar la realidad país de tu realidad, que es más bien una suerte de burbuja, querámoslo o no. Es fuerte darse cuenta que nuestra sociedad está tan alienada, y nos aliena tanto, que llega a disociar la realidad a tal punto que nosotros mismos la separamos, llegando incluso a negar una cuando estamos en la otra.

Y tercero, y quizás lo más importante, recuerda ser siempre congruente. Tus acciones deben demostrar a la persona que llevas dentro. Un par de días no son suficientes para hacerlo; hasta el más pequeño de tus gestos puede hacerte perder el rumbo. Es común ver a jóvenes idealistas desviviéndose por construir un proyecto a la perfección, poner todo su ingenio y ánimo en un taller, trasnochar para dar una taza de sopa y una conversación cálida en días fríos, y en tantos otros proyectos que estas líneas no darían abasto. Pero también es común ver a estos mismos jóvenes en su realidad, haciéndose ajenos al otro que necesita, fingiendo no escuchar al hombre que pide dinero en la esquina, haciéndose ajenos al país, o decidiendo no votar por la flojera que provoca el salir de la casa. Es común verlos restándose de los valores que tanto predicábamos, cayendo en el denominado “mundo de los vivos”, sirviéndonos el plato más grande cuando compartimos con amigos, no ofreciéndonos a lavar los platos en nuestras casas, no limpiando lo que ensuciamos, no cediendo el asiento, no manteniendo el ascensor abierto cuando vemos que otro se aproxima… son gestos pequeños, pero que definen estilos de vida completamente diferentes, y con los que se distinguen las grandes personas de las simples.

A ti te escribo estas líneas; porque me he visto en tu misma situación y porque he visto a tantos otros como tú: jóvenes idealistas que son aniquilados por la rutina. No quiero que te pase eso, que nos pase eso, porque gente así abunda, mientras que la que en realidad necesita la sociedad está en extinción. Es común escuchar frases del tipo “al volver, con la ducha, no nos reconoceremos”, y bueno, si nuestra apariencia mejora después de Trabajos, llegando al punto de hacernos irreconocibles, que sean nuestros actos quienes nos definan.

*Alejandra es estudiante de Psicología en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es voluntaria de Techo en el campamento San Francisco, de San Bernardo, y estuvo encargada de formación y voluntariado del Área de Secundarios de UTpCh.

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Chilena. Profesora Básica y de Educación Ambiental. Actualmente colabora en el equipo de formación de la Parroquia San Ignacio de Loyola, de la comuna de Padre Hurtado, RM.

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