Agachar y Cubrir

Durante la Batalla de Bretaña, los residentes de Londres escuchaban las sirenas y corrían para los bunkers subterráneos. Los aviones de guerra Nazi destruían sus casas, pero los londinenses que sobrevivían realizaban la reconstrucción. Fue una batalla larga, y el pueblo fue heroico.

En mi infancia, en los ’60, la amenaza no era la del ataque nocturno por parte de centenares de aviones de guerra con armas explosivas convencionales. No. Nos enseñaron a temer un ataque nuclear. La disparidad de misiles fue, por supuesto, un mito. En el ’62, Estados Unidos tenía 5.000 bombas atómicas, y la Unión Soviética tenía 340. El mito de la superioridad soviética era un discurso simplista para aumentar el miedo, para desviar aún más fondos públicos del erario común al presupuesto militar. El problema con las armas nucleares, sin embargo, es que son tan destructivas que no importa si hay 10 o 10.000. Un ataque nuclear de cualquier tipo sería un acontecimiento catastrófico. Se cambiaría el rostro del planeta para siempre.

Como niños, nos adoctrinaban en el sistema de la política global motivada por el miedo con ejercicios de defensa civil. Era como un ejercicio de incendio, lo cual, tengo entendido, todavía existe. Pero en vez de caminar con calma para fuera en filas rectas sin conversar, había que asumir la posición. Eso quería decir, agachar y cubrir, (en inglés, duck and cover). De rodillas, agachado, debajo del puesto en la escuela, con las dos manos protegiendo el cuello. Así, nos enseñaron que estaríamos a salvo en caso de ataque nuclear. Era estúpido.

Aunque nuestra escuelita estuviera a muchos kilómetros de la nube con forma de callampa, aunque el agachar y cubrir nos salvara de los proyectiles y los vidrios quebrados, las partículas radiactivas nos habrían matado igual. Y, por otro lado, si fuéramos el blanco directo de un arma nuclear, nos habríamos vaporizado, sin importar qué hiciéramos.

Agachar y cubrir era una parte de la promesa efímera de que la autoridad militarizada era capaz de velar efectivamente por la seguridad de los niños pequeños.

Agachar y cubrir era una pérdida de tiempo. A menos que fuera para enseñar a los niños pequeños a temer las intenciones malvadas de todo extranjero. Yo sé que no era una cosa consciente. Nuestro jefe de defensa civil era bombero, y buena gente, aparentemente. Pero era el protocolo. Agachar y cubrir era una parte de la promesa efímera de que la autoridad militarizada era capaz de velar efectivamente por la seguridad de los niños pequeños.

No sé por qué he pensado tanto en esto los últimos días. Tal vez, una sensación de catástrofe inminente. O, tal vez, la catástrofe ya sucedió. Y no sirve de nada colocarme en posición fetal debajo del escritorio esperando calmadamente ser vaporizado.

Los sucesos recientes pesan sobre el corazón como una muerte en la familia. Uno se despierta cada mañana para enfrentar la posibilidad de que podría ser verdad. El pueblo norteamericano votó por un candidato rabioso que prometió usar las armas nucleares. Por un candidato racista que abogó por la detención arbitraria de los jóvenes de color. Por un candidato nacionalista que juró deportar a los inmigrantes y construir un muro en la frontera. Por un candidato xenofóbico que prometió torturar a sus enemigos imaginarios. Cuando las falsedades patentes se repiten una y otra vez, con fuerza y vigor, empiezan a parecer verdades. El pueblo comienza a aceptarlas. Ahora, vamos a vivir en el mito del Candidato.

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Cierto que no fue el voto mayoritario. La otra candidata sacó mayor cantidad de votos, 47.8%. El Colegio Electoral distorsiona el voto popular y debe ser abolido. Se acomodan a los distritos en el Congreso para excluir y marginar. Consideramos que es un elemento simpático de la política americana, pero debería calificarse como un crimen motivado por el odio. En todo caso, el Candidato del Odio captó el 47.3% del voto popular. Es mucho. Este 11 de noviembre se celebraron a los veteranos de la guerra. Yo debí sentir algo como nostalgia patriótica. Pero, con todo respeto, hoy, no siento orgullo de ser norteamericano. Tal vez, me van a torturar. O, tal vez, me van a despedir.

Él sabía que podía reencender las llamas de la xenofobia racista, machista y nacionalista sin consecuencias, y lo hizo. Pero nuestro Jefe Electo de este verdadero Reality Show nunca prendió esos fuegos. Ardían hace mucho tiempo

Los comentaristas señalan que “El Donald” tenía ciertas intuiciones sobre la voluntad del pueblo que los políticos profesionales no percibían. Tal vez. Decía que el sistema político estaba podrido como un pantano; pero, si es así, el Presidente Electo es el monstruo del pantano. Él sabía que podía reencender las llamas de la xenofobia racista, machista y nacionalista sin consecuencias, y lo hizo. Pero nuestro Jefe Electo de este verdadero Reality Show nunca prendió esos fuegos. Ardían hace mucho tiempo. Son las brasas del racismo antiguo; del Ku Klux Klan, de la segregación escolar y los linchamientos. Nosotros creíamos que esas cosas se habían acabado hace tiempo. No era así.

Entiendo que muchas personas, sin considerar raza, origen o religión, se han frustrado con el “Sueño Americano”. Se ha vaporizado delante de sus ojos. Los estadounidenses no pueden vivir sin su aire acondicionado universal y su comida chatarra. Sin embargo, tienen el sistema de salud más caro del mundo, y no es bueno. Si uno se enferma, va a morir y la familia va a la quiebra, sin remedio. Por el costo, la educación universitaria quedó fuera del alcance de la gente de ingreso medio. Por algún motivo, los prestamistas rápidos son los dueños del alma de la clase media. Además, hay más ciudadanos norteamericanos presos, pero cápita, hoy en día, que en cualquier otro tiempo o lugar en toda la historia del mundo.

¿Cómo es que el hombre sencillo llegó a imaginar que un multimillonario que no paga sus impuestos era el único que lo podía entender? ¿Cómo llegó a creer que un magnate arrogante de inmobiliarias, hoteles y canchas de golf era su única esperanza?

Sospecho que el culto al dinero tiene mucho que ver. La versión fundamentalista de aquel sueño dice que, algún día, todos seremos multimillonarios, si creemos. Si tenemos fe. Es como decir, un día, nos vamos a ganar la lotería, todos. La matemática no da. La mayoría va a pasar la vida regando las canchas de golf y limpiando los cuartos de hotel para los multimillonarios. No son la salvación de nadie. De hecho, su privilegio es el principal motivo de por qué el hombre sencillo no puede pagar sus cuentas.

Yo experimenté la dictadura. Yo sé lo que estoy viendo. El Presidente Electo se ha jactado de su admiración por los peores. Deberíamos estar preocupados por eso. Pero agachar y cubrir no es una solución. Yo sé que me estoy poniendo muy viejo para esto, pero los que creen en un mundo justo y libre para todos probablemente tendrán que tomarse las calles antes que se acabe esto. Pero no como masa descerebrada.

Recordemos las lecciones de Martin Luther King. Cuando vayas a marchar, debe ser por un objetivo claro y específico. La desobediencia civil sólo resulta si hay una estrategia; si se ofrece la cordura como una alternativa viable a una política pública irracional. Si no, no es más que turbulencia caótica. Y la turbulencia caótica es lo que más sirve para la causa de los torturadores, los xenofóbicos y los constructores de muros.

Jesuita, ha trabajado muchos años en Chile y Brasil, en pastorales diversas. Actualmente está de sabático en Texas, EE.UU., su tierra natal.

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