¿Y ahora qué? Ideas en torno al proceso de paz en Colombia

Son múltiples las voces que lamentan los resultados del plebiscito del pasado domingo 2 de octubre en Colombia. Nadie imaginó lo que vendría luego de los sucesivos boletines de la Registraduría Nacional del Estado Civil (entidad encargada de los comicios) durante aquella tarde, pues el resultado llevó a una crisis política sin precedentes, cuyos alcances no se vislumbran en su totalidad y que lanzan a la nación y, en concreto, al proceso de diálogos, a una incertidumbre inmensa. La pregunta que se eleva desde la opinión pública versa sobre la continuidad del proceso y, en concreto, sobre la real posibilidad de una renegociación del Acuerdo con las FARC-EP. Parece no haber claridad ni consenso alguno.

Se conocen los datos. El “SÍ” al acuerdo firmado entre el gobierno y la guerrilla el día 27 de septiembre perdió en las urnas por un margen muy pequeño (un poco más de 50 mil votos). La realidad de la polarización que se había vivido en los últimos meses se hizo patente en los datos que aparecían frente a la pantalla de los noticieros y las páginas de los periódicos. Desde el primer momento fue evidente que estos hechos cuarteaban el resultado de un proceso de más de cinco años de negociaciones y colocaban un gran signo de interrogación a la gestión de un gobierno que se había jugado todo por lograr la refrendación del acuerdo. Pero más allá de esto, estos hechos cuestionaban las ansias de paz y de reconciliación de muchos colombianos; deseos que se expresaron de modo muy claro en las regiones más golpeadas por la cruenta violencia, regiones en donde el acuerdo fue respaldado con una votación mayoritaria. Para muchos fue evidente que quienes habían sufrido con mayor crudeza comprendieron la urgencia de un acuerdo de paz para el fin del conflicto, y para experimentar así la grandeza del perdón y sus transformaciones.

El “NO” ganó por muchas razones. Algunas de ellas muy discutibles, otras aceptables. La premisa fundamental era la necesidad de renegociar partes del acuerdo que se consideraban injustas para las víctimas, los militares y la “dignidad” del país. Temas polémicos marcaron la campaña: denuncias de impunidad, de estar entregando el país a las FARC o al “castrochavismo”, hasta denuncias de estar imponiendo una “ideología de género” en detrimento de la “familia tradicional”. Muchos miedos, rencores, intereses se dieron cita al momento de votar. Y como bien lo ha afirmado, Francisco de Roux, S.J, todo esto no hace más que confirmar la enorme “crisis espiritual” que vivimos los colombianos en muchos ámbitos y que se desenmascara cuando se trata de decidir el mejor modo de vivir como seres humanos.

Preocupan muchas cosas. En primer lugar, preocupa el alto abstencionismo que marcó la jornada electoral, pues más del 60% del censo no se presentó a las urnas. ¿Cómo hablar de democracia con niveles tan bajos de participación política? ¿Cómo posibilitar un real respaldo a la paz cuando en amplios sectores de la sociedad parece haber sólo indiferencia?

En segundo lugar, como lo han revelado los medios, preocupa el alto nivel de mentiras y manipulación mediática que acompañó ambas campañas. La paz es un interés nacional de alto valor que va más allá de los intereses del gobierno de turno o del protagonismo político de un determinado sector; en ella se cierne el futuro de la nación y las futuras generaciones y, por tanto, nos debería comprometer a todos. Cuando los colombianos comprendamos esto, sabremos realmente lo que está en juego: nuestra propia dignidad, nuestro futuro.

En tercer lugar, dado que hay que asumir los resultados de la votación, ¿cómo encontrar vías efectivas de diálogo entre las partes sin que el tiempo juegue en contra para un proceso que es cada vez más vulnerable en este escenario político? Afortunadamente el cese bilateral del fuego se mantiene, pero, ¿hasta cuándo? ¿Cómo seguir garantizando las vidas de los civiles y de quienes tienen un fusil al hombro –de cualquier bando- y que padecen una guerra que se les devela cada vez más como una guerra entre hermanos?

Este proceso no debería ser deslegitimado por el plebiscito. Así lo ha mostrado tanto el gobierno como la delegación de las FARC-EP al afirmar que la voluntad de paz es un hecho y que en su búsqueda no hay retroceso. Así lo ha mostrado también la comunidad internacional a través del Nobel de Paz otorgado al Presidente Juan Manuel Santos como tributo a la sociedad colombiana que ha perdido en el conflicto a más de 200 mil de sus hijos

Finalmente, es preocupante que el centro de la discusión se centre en la elaboración de un nuevo acuerdo cuando lo que es más urgente es la real participación de la oposición del gobierno en el proceso y el desencadenamiento de un proceso pedagógico en torno a la paz y la reconciliación. No hay que buscar nuevas soluciones jurídicas sin antes solucionar un problema que es eminentemente político. Ciertamente, desde el principio de las tratativas, ha faltado un diálogo abierto y honesto entre todas las partes: guerrilla, gobierno, empresariado, partidos políticos, sociedad civil, etc. No se trata de adhesiones o fidelidades infructuosas sino de contribuir de modo honesto a un diálogo que nos compromete a todos.

Con todo, el proceso hay que reivindicarlo. Quienes han participado de alguna u otra manera en la mesa de negociaciones en La Habana han dado testimonio de las transformaciones positivas en que se han visto envueltos los delegados de ambas partes. Este proceso, en medio de esta crisis política, no debería ser deslegitimado por el plebiscito. Así, al menos, lo ha mostrado tanto el gobierno como la delegación de las FARC-EP al afirmar que la voluntad de paz es un hecho y que en su búsqueda no hay retroceso. Así lo ha mostrado también la comunidad internacional a través del Nobel de Paz otorgado al Presidente Juan Manuel Santos como tributo a la sociedad colombiana que ha perdido en el conflicto a más de 200 mil de sus hijos: es un fuerte respaldo a la superación de la crisis política.

Parece, entonces, que estas transformaciones humanas y espirituales operan en torno a un proyecto de nación que se va construyendo en el diálogo, la escucha y el perdón. El desafío que plantea la reconciliación es de largo aliento y no será solucionado por un “mejor” acuerdo sino por la voluntad política y la grandeza espiritual de todos los sectores de la sociedad: del colombiano de a pie y el político; del clérigo y el empresario; de los niños y los jóvenes; de los académicos y los campesinos; de la Colombia LGBTI y las mujeres; de los afrodescendientes y los indígenas; de las víctimas y los victimarios. Este proceso continúa y seguirá siendo una tarea abierta hacia el futuro. Y en ese esfuerzo anima la promesa evangélica: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los compasivos porque ellos alcanzarán compasión (…). Bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios” Mt 5 6.7.9.

 


Foto Principal: Borja Paladini Adell

Jonathan es jesuita, colombiano, y actualmente se encuentra cursando sus estudios de teología en la P. Universidad Católica de Chile. Además, trabaja apostólicamente en CVX-Secundaria.

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