Ser Alabanza de Gloria. Invitación a la lectura de Isabel de la Trinidad

En medio de la experiencia espiritual ignaciana resalta una muy citada frase de San Ignacio: Ad Mayorem Dei Gloriam. En buena medida, se podría decir que encarnar esta máxima es la razón de ser de los Ejercicios Espirituales. Discernir y orientar nuestra vida de tal manera que, toda ella, sea una alabanza a la gloria de Dios.

Casi cuatro siglos después, en medio de una Francia secularizada y una Europa que estaba a punto de entrar en los horrores del s. XX, una joven mujer que tomaba el hábito de las carmelitas descalzas experimentaría en carne propia este ser alabanza de gloria como una vocación personal. E incluso iría más allá al afirmar que ser alabanza de gloria es la vocación natural de nuestra alma: “Dios nos ha creado a su imagen y semejanza para llegar hasta este abismo de gloria” [1]. Así lo dice en su obra El Cielo en la Tierra.

Hace algunas semanas se escuchó la noticia de la próxima canonización de Sor Isabel de la Trinidad. Mi intención en este artículo es esbozar un poco de su vida y su experiencia espiritual, no para exponer su doctrina, sino que, utilizando un término muy teresiano, “engolosinar” un poco al lector y animarlo a la lectura de esta futura santa.

Isabel nació en Francia el 18 de julio de 1880, en medio de una familia conservadora y adinerada. Tuvo una educación burguesa en el Conservatorio de música, donde mostró una enorme habilidad con el piano y el solfeo. De hecho, en 1893 recibió una beca para estudiar música en París, pero su madre no le permitió ir. En 1887 mueren el padre y el abuelo materno de Isabel, lo que desencadenaría una dinámica familiar un poco complicada, especialmente con su madre, cuyo apego a Isabel fue tan intenso que incluso le significó retrasar su entrada al convento. Además, desde muy niña, Isabel desarrolló un carácter muy conflictivo dado a la ira.

En 1891, Isabel recibió la primera comunión en el convento carmelita cercano a su casa, experiencia importante en su vida no solo por su primer acercamiento al Carmelo, además, porque aquel día, para quitarle los nervios del momento, una hermana le diría al oído: “¿Qué significa tu nombre?”. Isabel respondería: “No sé”. La monja entonces le reveló: “Casa de Dios”. Esta respuesta quedaría como un eco en el corazón de Isabel.

Desde entonces, comenzó en ella una revolución interior. Se dio cuenta de que si estaba inhabitada por Dios, no podía tener un carácter conflictivo. Inició así un proceso de autoconocimiento que le llevó a sentir, por primera vez, a sus escasos 11 o 12 años de edad, el deseo de ser religiosa.

En su juventud, Isabel pasó de ser una mujer aislada en su casa a una que cultivó muchas relaciones sociales. Sirvió en la catequesis y se formó no tanto en lo académico, sino sobre todo, interiormente. En esos años Isabel tuvo la certeza de que el auténtico mundo habita dentro de sí, por eso buscó más esa interiorización. Se hizo amiga de pasar bastante tiempo junto a la naturaleza, no para ensimismarse, pues fue una época en que más se relacionó con quienes le rodeaban.

Tomó la determinación de ser religiosa del Carmelo, pero no se lo permitió su madre. Esta incluso le buscó un marido para persuadirla. No obstante, en 1899 Isabel acordó con ella hacerse monja al cumplir los 21 años. Sin embargo, la madre mantuvo la esperanza que desistiera de la idea dentro de los dos años siguientes. Pero Isabel, en el año 1900, según ella misma cuenta en la séptima de sus Notas Íntimas (NI), tomó el voto personal para entregarse a Cristo. Se dio cuenta de que no tenía que ser monja para servir a Jesús; dentro o fuera de un convento se entregaría por completo a Él. Esos dos años de espera, lejos de quitarle la idea de ser religiosa, pareciera que le hicieron crecer más espiritualmente que dentro del convento.

Finalmente, en 1901, al cumplir los 21 años, Isabel entró al convento de las Carmelitas Descalzas tomando el nombre de Isabel de la Trinidad. Como era costumbre, en la entrevista para el ingreso al convento, le preguntaron a Isabel cuál era su idea de la santidad, a lo que respondió: “vivir de amor” (NI 12). Después, le preguntaron cuál era el camino hacia esa santidad. Ella dijo: “hacerse pequeñita y entregarse para siempre”.

El desenlace de lo que vino después no fue muy feliz. Las novicias no contaban entonces con formación. El ritualismo suplió en los conventos la experiencia espiritual. Y la escasa formación que había consistía en media hora de lectura de las constituciones. No se consideraba otros textos como los de de Santa Teresa o de San Juan de la Cruz.

Los escasos cinco años que vivió en el convento, fueron para Isabel de extremo sufrimiento, pero también de una plenitud completa. Por sus escritos, vemos que la futura santa sufre por la comunidad, por su madre, incluso llega a perder muchas cosas de sí misma: “Nunca volvió a tocar el piano”. Pero, quizás, lo que más sobresale es su sequedad espiritual. Isabel vivió en “noche oscura”, en la ausencia total de Dios, por el resto de su corta vida. Sin embargo, la confianza plena en la inhabitación de la Trinidad en su alma siempre estuvo presente. No la sentía ni experimentaba, pero confiaba en ello.

Isabel vivió en “noche oscura”, en la ausencia total de Dios, por el resto de su corta vida. Sin embargo, la confianza plena en la inhabitación de la Trinidad en su alma siempre estuvo presente. No la sentía ni experimentaba, pero confiaba en ello.

Isabel vivió una fe intensa, llena de amor y pasión por Cristo; pasión que la llevó a encontrar el sentido al mal de Addison, enfermedad que le trajo muchos sufrimientos físicos. Isabel pensó que, al igual que Pablo en su martirio, esta enfermedad era un modo de seguir a Jesús en su pasión.

Isabel de la Trinidad muere el 9 de noviembre de 1906 a los 26 años de edad, dejando algunos escritos más que nada personales en forma de reflexiones, cartas o textos espirituales surgidos durante sus ejercicios o en las noches cuando el dolor no la dejaba dormir.

Sus escritos son ligeros, pero profundos. Llegan al corazón y nos invitan a movernos. Su testimonio es importante, porque en la simplicidad de una vida que bien pudo haber pasado desapercibida, abrazó la santidad tal y como ella la entendía: “vivir de amor”.

Dediqué mucho espacio describiendo parte de la vida de esta futura santa, no así a su doctrina y sus escritos, a los cuales, animo al lector a adentrarse. ¿Qué puede enseñarnos sobre mística y espiritualidad una mujer que murió a los 26 años, sin formación teológica o filosófica, y que prácticamente pasó desapercibida? Quizás precisamente eso, que la santidad es tan simple como “vivir de amor”, y el camino es “hacerse pequeñita y entregarse para siempre”.

De sus textos, los cuales están publicados en unas Obras completas editadas por Monte Carmelo, recomiendo especialmente sus escritos espirituales como el Cielo en la Tierra (CT) y Últimos Ejercicios Espirituales (UE). Encontrarán reflexiones profundas y sencillas, en diálogo con autores como Juan de la Cruz, san Pablo y Ruusbroec.

Breve pincelada de su doctrina espiritual

A continuación, para animar su lectura y oración, abordaré algunos temas que son importantes en el pensamiento de Isabel de la Trinidad. Pero hay que tener en cuenta una clave, una con la que comencé este artículo: nuestra vocación, según nos dice Isabel, debe ser alabanza de la gloria de Dios.

Teresa de la TrinidadPara Isabel, “Dios es la forma del alma y Dios debe imprimirse en ella como el sello en la cera, como la etiqueta en su objeto” (CT). Y como Dios está de tal manera impreso en nuestra alma, para cumplir nuestra vocación de ser alabanza de Dios, hay que “permanecer a través de todo en presencia de Dios” (UE). En ese sentido, ser alabanza de gloria no consiste en alcanzar o conquistar algo de lo que carecemos, más bien, en actualizar algo que hemos sido siempre, que es nuestra auténtica vocación.

¿Cómo actualizar en nuestra vida la vocación eterna? Para Isabel, el camino es Jesús, porque Él es “Aquel que fue la perfecta Alabanza de gloria de su Padre” (UE). Estamos ante una espiritualidad totalmente cristocéntrica, basada en el seguimiento de Cristo hacia “donde Él mora, en la unidad del amor, que seamos, por decirlo así, la sombra de su ser” (CT). Isabel concluye que es necesario “estudiar este divino Modelo para identificarme tan perfectamente con Él que llegue a reproducirle continuamente ante el Padre” (UE).

Pero este seguimiento debe darse en el alma simplificada, desapegada y orante, pues una vez recogida la mirada hacia la interioridad, se “contempla en su propio abismo el lugar secreto donde se realiza el toque de la Santísima Trinidad” (CT). De este modo, el alma “descubre a su Dios presente y viviendo en ella.” (UE)

Isabel escribe en una carta, lo que creo, es una síntesis de lo que fue todo su proceso personal y su enseñanza:

“Esto es lo que yo voy a hacer que me enseñen: a ser imagen, a identificarme con mi Maestro adorado, el Crucificado por amor. Entonces podré cumplir mi oficio de ser alabanza de gloria y cantar ya el sanctus eterno, a la espera de ir a entonarlo en los atrios divinos de la Casa del Padre.”

En resumen, la experiencia fundante de Isabel, sentirse inhabitada por la Santísima Trinidad, se sustenta en una plena confianza que la lleva a entender que la vocación del alma, consiste en actualizar su imagen y semejanza divina. En otras palabras, ser un himno de alabanza de la gloria de Dios que llevemos dentro. El camino, la imitación de aquel que encarnó con perfección la gloria y la misericordia de Dios: Jesús de Nazaret.

Creo que estamos frente a una mística de los tiempos modernos, tal como lo señala von Balthasar. Una mística que difiere, tal vez, de aquellas que resaltan por su ruido, estilo y, me atrevería a decir, por su pomposidad. Hablo de Teresa de Jesús, Eckhart, Juan de la Cruz o el mismo Ignacio de Loyola. Isabel de la Trinidad no tiene la maestría de estos guías espirituales de la mística cristiana, pero no por eso es menos mística. Ella nos habla desde la mística cotidiana, simple, sencilla, desde la vida de una mujer que con 26 años, abrazó la vocación de nuestras almas: ser alabanza de la gloria de Dios.

Los invito a leer las obras de Isabel de la Trinidad, futura santa de la Iglesia Católica, para que nuestras vidas sean transparencia de nuestra vital vocación: ser alabanza de gloria.

[1] SOR ISABEL DE LA TRINIDAD, Obras Completas, Monte Carmelo, Burgos, p. 151.

Elías González Gómez. Mexicano. Estudió licenciatura en Filosofía y Ciencias Sociales en Guadalajara, México. Actualmente es estudiante del Máster en Mística y Ciencias Humanas en Ávila.

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