Amanece en la Iglesia Católica. Un testimonio de la participación en la Jornada Mundial de la Juventud

Tengo que reconocer que los primeros dos días de la Jornada Mundial de la Juventud me provocaron angustia. Las masas de jóvenes invadiendo la Cracovia histórica, caminando de ida y de vuelta hacia el parque de Blonia para escuchar al Papa Francisco, me parecían agobiantes. La cantidad de actividades religiosas y culturales inabarcables. El miedo entre los asistentes y la organización se palpaba: policía, helicópteros, ambulancias… todo estaba dispuesto para prevenir cualquier tipo de atentado terrorista. En medio de una asustada Europa, convocar a un millón y medio de jóvenes católicos de todo el mundo parecía una locura. Además, ¿qué sentido tiene? Si al Papa se lo escucha mejor desde la comodidad del sillón, en la televisión o las redes sociales. ¿Para qué viajar kilómetros y llenarse de incomodidades? ¿Sólo para verlo pasar por dos segundos en el papamóvil? ¿O para escuchar traducciones de su discurso por la radio? Para eso, mejor quedarse en la casa.

¡Cuántos misioneros de antaño estarían mirando desde el cielo el fruto inesperado y sorprendente de sus afanes! Mirar la pluralidad de la Iglesia me recordó aquello de la “comunión de los santos”, que nos hace estar conectados con las generaciones que nos precedieron.

Un ajuste en la mirada me hizo cambiar de opinión. La Jornada Mundial de la Juventud no se trata del Papa. La Jornada Mundial de la Juventud se trata de la Iglesia y de los jóvenes que han encontrado a Jesús y su Reino en ella. Quien nos convoca es el mismo Cristo, que prometió estar presente, “porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18,20) ¿Y cómo no iba a estar en medio nuestro en esta ocasión, cuando jóvenes de todo el mundo se daban cita en el corazón de la vieja Europa? Es un signo que no terminamos de valorar, el que jóvenes de todas las naciones, razas y colores se junten pacífica y alegremente a celebrar su fe. Fe que nos une fraternalmente, en un mundo marcado por la división, la exclusión y la guerra. La milenaria Iglesia europea recibió y acogió por unas semanas a la joven Iglesia mundializada, presente en todos los rincones de la Tierra. ¡Cuántos misioneros de antaño estarían mirando desde el cielo el fruto inesperado y sorprendente de sus afanes! Mirar la pluralidad de la Iglesia me recordó aquello de la “comunión de los santos”, que nos hace estar conectados con las generaciones que nos precedieron. Francisco Javier, Bartolomé de las Casas, Teresa de Calcuta, Carlos de Foucault y tantos y tantas santos misioneros, que dejaron las tierras europeas para compartir el mensaje de Cristo en los confines del mundo. Seguramente estuvieron ahí con nosotros, compartiendo la alegría de vernos juntos y de reconocer en esta reunión la promesa de una humanidad reconciliada.

Mientras caminaba en medio de la enorme caravana humana que participó en la Vigilia, recordé que Jesús no sólo nos había hermanado entre nosotros, sino con toda la humanidad, y, en especial, con la humanidad sufriente. Caminar largas horas, con mala alimentación, dormir a la intemperie… ¿No es algo que viven cotidianamente millones de desplazados y refugiados? Aquello que para nosotros fue un día excepcional y único, es para muchos seres humanos su vida cotidiana. En silenciosa oración, encendí mi vela, y me uní a tantas personas expulsadas a los márgenes de la globalización.

Fue ahí cuando comprendí que a este Papa no se le puede escuchar desde la comodidad del sillón. Sólo recibiremos su mensaje, que es el mensaje del Evangelio, si nos dejamos incomodar: “Amigos, Jesús es el Señor del riesgo, del siempre “más allá”. Jesús no es el Señor del confort, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados, por caminos que abran nuevos horizontes, capaces de contagiar alegría, esa alegría que nace del amor de Dios, la alegría que deja en tu corazón cada gesto, cada actitud de misericordia.”[1]

Mientras caminaba en medio de la enorme caravana humana que participó en la Vigilia, recordé que Jesús no sólo nos había hermanado entre nosotros, sino con toda la humanidad, y en especial, con la humanidad sufriente.

Seguir a Jesús hoy implica desafiar nuestros límites, para encontrarnos cara a cara con los demás. Dejar de mirar el mundo desde la pantalla del celular e involucrarnos, construyendo comunidad y siendo solidarios con los marginados: “Ir por los caminos siguiendo la “locura” de nuestro Dios que nos enseña a encontrarlo en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el amigo caído en desgracia, en el que está preso, en el prófugo y el emigrante, en el vecino que está solo. Ir por los caminos de nuestro Dios que nos invita a ser actores políticos, pensadores, movilizadores sociales. Que nos incita a pensar una economía más solidaria. En todos los ámbitos en los que ustedes se encuentren, ese amor de Dios nos invita llevar la buena nueva, haciendo de la propia vida un homenaje a él y a los demás.”[2]

Superando mis propios límites, recibí el regalo de vivir por unos días el gozo de ser parte de una Iglesia plural. Recibí la invitación de dejar mi comodidad para comprometerme con los demás, en las fronteras de la exclusión. Me reencontré con ese cristianismo cargado de utopía que tanta falta nos hace. Ojalá que todos podamos dejar de lado la falsa felicidad del sillón, para adentrarnos en la honda alegría de una vida compartida y entregada, la alegría de quien se deja incomodar por el siempre nuevo mensaje del Evangelio. Sólo así podremos experimentar que, a pesar de todo, vuelve a amanecer en nuestra Iglesia y en la humanidad.

[1] Discurso del papa Francisco en la vigilia de oración con jóvenes en la JMJ Cracovia 2016.
[2] Ibid.

Chilena. Historiadora y profesora UC. Magíster en Historia por la UAH y estudiante de Teología en el Boston College, EE.UU.

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