Amarillos y amarillos

Buscando en internet el origen del término amarillo que utilizamos frecuentemente para descalificar a algunas personas por la ambigüedad de sus opiniones, descubrí que, a comienzos del siglo XX, el líder sindicalista francés Paul Lanoir lideró la unión federativa de sindicatos y grupos obreros profesionales de Francia y las colonias, más tarde, conocidos como “Sindicatos Amarillos”. Pocos años después, en 1908, Benjamín Vicuña Subercaseaux, en su libro: El socialismo revolucionario y la cuestión social en Europa y en Chile, haría referencia a él:

“El fundador de los sindicatos amarillos, que se han modificado infinitamente, es un francés, un señor Lanoir y tiene un programa cuya esencia es ésta: El capital trabajo y el capital dinero son dos fuerzas igualmente indispensables a la vida social y se completan, la una con la otra. No conviene, ni a obreros ni a patrones, vivir alejados unos de otros, en estado de desconfianza y guerra. El deber de todos consiste en buscar, cada vez que un desacuerdo se presente, un punto de contacto y de concesiones; buscándolo amigablemente y de buena fe, nunca se dejará de encontrar. Esto es lo que deben el empleado y el patrón[1]”.

Los amarillos, entonces, eran quienes pertenecían a estos sindicatos. Cuenta la leyenda que esto del color se debe a que en un comienzo las ventanas del local de reunión estaban tapadas con papel amarillo. Después, para distinguirse de los sindicatos socialistas que estaban asociados al color rojo, tomaron el amarillo como bandera. De esta manera, existían Sindicatos Rojos y Sindicatos Amarillos. Prontamente el contexto socialista asociaría despectivamente el término amarillo a la actitud condescendiente y dócil del obrero con el patrón. Hoy en día, quizás esta distinción entre amarillos y rojos nos puede quedar añeja, sin embargo, creo necesario proponer una nueva distinción entre Amarillos y Amarillos.

La ausencia de opinión, evidentemente, no es criticable per se, pues es legítimo y esperable que no opine quien no se encuentra en conocimiento de un asunto o, por otra parte, no le es pertinente porque no le afecta. Sin embargo, con desprecio llamamos amarillos a quienes, teniendo conocimiento del asunto, y habiendo una expectativa justificada por su opinión, deciden no emitir palabras, o hacerlo de modo obscuro, con el secreto propósito de cuidar su posición o no verse perjudicados. Este tipo de actitud respondería de buena manera a la caricatura socialista de los amarillos.

Condenar a priori posturas e ideas que no responden a un patrón polarizado, propicia los teñidos artificiales, alejando aún más los polos en los grupos sociales, no a partir de las ideas, sino desde la desinformación y la indiferencia.

Quizás sea posible teñir del mismo amarillo otro tipo de posturas, que al igual que la antes señalada, parece esconder la comodidad y el egoísmo. Por ejemplo, en un contexto polarizado, en que una gran mayoría ha abrazado un color, lo reprochablemente amarillo puede ser esconderse en la masa, sin desarrollar una particular opinión. Tiñéndose de un color, que no se sabe si le es propio, la persona se puede reconocer más cómoda y segura. Para estos individuos puede resultar fácil esconderse detrás de los aplausos, al decir aquello que todos querían escuchar, replicando, retuiteando o compartiendo eslogans. Esta actitud, que en lo íntimo esconde la más cruda indiferencia, es cobarde y egoísta. Parece importante entonces buscar con inteligencia y discernimiento los propios caminos que nos llevan a configurar una opinión. Esto no quiere decir que sea ilegítimo acoger el pensamiento de otro, sino que, al acogerlo, hacerlo en la medida en que son mis propias convicciones las que me mueven en esa dirección, y no el puro acto camaleónico.

Existe, sin embargo, otro tipo de opiniones que lejos de encontrar necesario tomar una u otra postura polarizada, intentan proponer una posición intermedia, que recoja, critique y mejore ambos polos, a partir del diálogo y el discernimiento colectivo, con la altura de miras que implica la capacidad de renunciar y acoger. Puede que este tipo de opiniones se aproximen al ideal de Lanoir.

Condenar a priori posturas e ideas que no responden a un patrón polarizado, propicia los teñidos artificiales, alejando aún más los polos en los grupos sociales, no a partir de las ideas, sino desde la desinformación y la indiferencia. Es de suma importancia tomar conciencia de que no tenemos la verdad por propiedad: ningún sector político, ningún miembro de la Iglesia, nadie, ni rojos, ni amarillos, ni verdes. Del mismo modo, nadie puede apropiarse de la bondad y separar el mundo entre buenos y malos, ya que, ni los nobles son garantía de nobleza, ni los criminales de maldad.

Mirar nuestra existencia de modo binario ha traído, trae y lamentablemente traerá pésimas consecuencias. En una sociedad democrática y justa, como la que todos deseamos construir, las ideas nunca podrán tener valor en sí mismas, sino en la medida en que vayan ordenadas al fin, es decir, cómo aportan al bien común. Así, una postura siempre está llamada a dialogar, evolucionar e incluso cambiar, cuando el fin así lo requiera.

Puede ser tenue la diferencia entre ambos amarillos. Entonces, es fundamental reconocer el deber que implica la educación y el interés por la información: no por ésa que llega de rebote, sino aquélla que busco, considero y pongo en diálogo. Así también, es importante el valor de la humildad, que permite reconocer la fragilidad de mis ideas y la fortaleza en las ideas del otro. Siendo fiel a la referencia a los colores, es posible proponer que no debemos agotarnos buscando tomar una bandera, roja, rosada, verde o amarilla y, obcecados, enarbolarla toda la vida, creyendo que eso expresa la coherencia personal y el compromiso con la sociedad. Sino más bien caminar para encontrar coherencia y radicalidad en el valor que implica aprender juntos a discernir, desde nuestros múltiples colores, la sociedad que queremos.

[1] Vicuña, Benjamín, El Socialismo Revolucionario, (Soc., Imprenta y Litográfica Universo, Santiago de Chile, 1908) p.130

Jesuita. Estudia Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile y colabora pastoralmente en el Hogar de Cristo.

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