Andy y el misterio de la creación de Dios

La creación de Dios es maravillosa. Así lo profesamos cuando repetimos en la Vigilia Pascual “y Dios vio que todo estaba muy bueno”, (Génesis 1). La creación nos sobrepasa. Sobrepasa la imaginación y la comprensión de la criatura. Es misterio. A pesar de toda nuestra investigación, a pesar de saber calcular la velocidad de las estrellas, a pesar de conocer los movimientos de las bacterias y de las células, es misterio. Somos bendecidos de que sea así, que no sepamos explicar todo, que la creación, en el fondo, se resista a nuestro intelecto, que no nos quede otra que mirar y admirar con el corazón.

Chile conoció recientemente a Andy, una niña transexual de cinco años. A través de un reportaje del programa Contacto, supimos que no fue autorizada a seguir en su colegio. ¿La razón? Hasta el año pasado, Andy iba con el nombre de Baltazar, con el que nunca se sintió identificada. Según los criterios internacionales que establecen médicos y psicólogos, Andy es una niña transexual. Siente, sueña, tiene gustos de niña, pero tiene el cuerpo de un niño.

Andy nos invita a mirar con el corazón lo que le pasa y lo que no entendemos; lo que no saben explicar los médicos, ni psicólogos, ni psiquiatras. Tampoco los teólogos. Ella tiene el cuerpo de un niño. Pero, desde que puede expresarse, nunca se ha sentido niño. Ser tratada como tal, la hizo sentir más y más triste. Soñaba vestirse como se sentía: niña. Soñaba tener un nombre de niña. Soñaba tener una pieza de niña. Preguntó a su mamá por qué Dios le hizo verse por fuera como un niño si ella era niña.

Considerando que una actitud patologizante de una identidad que no se puede cambiar, tiende a dañar al pleno desarrollo de la persona, dejémonos invitar a conocer y amar lo que no conocemos del todo desde la apertura al misterio y a la humanidad del otro, y no desde las categorías abstractas. Dejemos que el Creador nos sorprenda.

Los papás escucharon con susto y miedo. Escucharon su deseo: que lo de afuera se vea como su adentro, porque ese adentro no se quiso –o nunca se pudo- ajustar al afuera.

Como familia, se embarcaron en un camino nuevo, desconocido, que cuestiona todos los conceptos que hemos utilizado para definir quiénes somos, obviamente hombre u obviamente mujer. Enfrentaron los propios sueños y tristezas en relación a su hijo Baltazar, y decidieron que ante el altísimo y comprobado riesgo de suicidio de las personas transexuales, y la visible y duradera infelicidad de su niña, ellos, como padres, le acompañarían en este proceso y le ayudarían a vivir plenamente su sueño. Después de un largo diagnóstico, hicieron una fiesta de bienvenida a Andy. Decidieron que preferían enfrentar a la sociedad antes que ver a su niña infeliz. El colegio no permitió que fuera vestida de niña, ni que le llamen Andy, por lo que buscaron otro establecimiento donde poner a sus tres hijos.

Veo en ellos a un papá y a una mamá que pusieron la felicidad de su hija por sobre las expectativas sociales, por sobre una sociedad que aún se resiste a mirar la diversidad de la creación con ojos de niño: maravillados, asombrados, expectantes. Veo en ellos la valentía de quienes actúan movilizados por el amor y el regalo de la creación; no desde el deber ser ni desde la ansiedad de llenar de contenidos o conceptos lo que no comprenden. Veo en ellos el amor de un padre y una madre que, ante todo, permiten que su hija siga siendo un misterio. Que busque su felicidad, inscrita en sus deseos más profundos y duraderos. Sueños que no hacen daño a nadie, pero que se acomodan a las expectativas que se habían hecho.

Cuando grande, Andy nos podrá decir lo que piensa al respecto de su historia y qué palabras le quiere poner. Dirá si la única manera de ser feliz a los 5 años, fue también la que la hizo feliz toda la vida. Quisiera que lo pueda hacer, para que los médicos, psicólogos, psiquiatras y teólogos, puedan contrastar los conceptos que tenemos sobre quiénes son las personas transexuales, las explicaciones y las hipótesis que se han desarrollado, más o menos afortunadamente, alrededor del misterio que aún es la transexualidad[1]. Algunos de esos conceptos se confirmarán, otros no. Creo que el desarrollo de éstos, nunca debe anteponerse al de las vivencias de las personas.

¿Por qué siento que algunos conceptos de la teología nos impiden maravillarnos ante los misterios de la creación? Todo esto me recuerda una contemplación que relató el biblista alemán Fridolin Stier -preguntón, admirador de la creación, sacerdote de pueblo- en su diario, sobre Tomás de Aquino después de su muerte: el gran teólogo estaba sentado delante de un pulpo gigante, tremendo, demasiado grande para analizarlo, demasiado bello y tremendo en su forma inexplicable, para no sentir la reverencia ante la creación y su Creador. Stier imaginó que Tomás de Aquino se quedó sin palabras, admirado, maravillándose en el temor de su Creador.

Andy encontrará su camino, y lo digo como creyente, con la ayuda de Dios. Ojalá sus papás sean fortalecidos por sus amigos y su familia, para acompañarla con una sabiduría que no la atrape en moldes para ser feliz.

Me encantaría que aprendamos a maravillarnos y admirar los misterios de la creación. Que sepamos respetar la dignidad de ese llamado a la felicidad que puede ser distinto para mí que para ti. Solo Dios sabe. Si no podemos curar la transexualidad [2] -para quienes piensan que es una enfermedad-, ¿qué razón tendríamos para prohibirles que sean felices a su manera, si no dañan a nadie? Y si no es una enfermedad, como piensan otros, menos razón tendríamos para prohibirles. No hay en este momento consenso en la psicología y en la medicina, en qué categorías hablar de la transexualidad. Considerando que una actitud patologizante de una identidad que no se puede cambiar, tiende a dañar al pleno desarrollo de la persona, dejémonos invitar a conocer y amar lo que no conocemos del todo desde la apertura al misterio y a la humanidad del otro, y no desde las categorías abstractas. Dejemos que el Creador nos sorprenda.

[1] Sobre los conceptos, ver también mi columna anterior en Territorio Abierto.

[2] Un caso impactante fue reportado hace unos meses desde Estados Unidos, Leelah Alcorn, 17 años, se suicidó porque sus papás le prohibieron vivir cómo adolescente mujer, le castigaron por “querer ser mujer”, ver por ejemplo, www.sinetiquetas.org/2015/01/02/la-carta-de-leelah-alcorn-que-todo-padre-debe-leer/

Alemana, vive en Chile y es miembro de la CVX adultos. Cientista Político por la universidad Johannes Gutenberg, de Mainz, Alemania, y Doctora en Derecho por la universidad de Essex, Reino Unido. Académica, especialista en derecho internacional y derechos humanos.

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