Animar la esperanza, animados por la esperanza

La carta que el hermano Obispo de Roma, Francisco, envió a la Conferencia Episcopal Chilena y que ha sido recientemente dada a conocer, nos llega en un momento crítico como Iglesia chilena. Parece que estamos, usando la imagen del filósofo Franco Volpi, como parados en una placa de hielo que se desintegra amenazándonos con botarnos al agua congelada. Los escándalos del círculo de Fernando Karadima, las acusaciones contra los Hermanos Maristas, los Salesianos o los Jesuitas, parecen como un largo invierno en el cual nos cuesta reconocer la verdad y la justicia. ¿Hay esperanza en la Iglesia chilena?

Y es en medio de estas situaciones en las cuales la carta de Francisco nos llega como aliento de esa misma esperanza que parece desvanecerse. Qué providencial ha sido que ella nos encuentre en medio de la esperanza de la Pascua y qué significativo que llegue junto con la proclamación de la Exhortación sobre la santidad en nuestro tiempo. Hay una maravillosa síntesis entre esperanza, santidad y Pascua: la esperanza brota del Santo entre los Santos que resucitó glorioso destruyendo la muerte, nuestra muerte. Hay santidad en cada signo pascual que invita a mantener la esperanza en medio de los “ojos que no pueden ver” de Emaús (Cf. Lc 24), en medio de la falta de pesca (Cf. Jn 21). Hay esperanza en una Iglesia que es santa y pecadora, necesitada constantemente de purificación (Cf. Lumen Gentium 9), de una Iglesia que es de Jesús y no exclusivamente nuestra. Una Iglesia que es Pueblo de Dios donde los Pastores también se equivocan y piden perdón. ¡Y qué bueno que lo hagan! (Muchas veces endiosamos a los líderes, no solo de la Iglesia sino a nivel de organizaciones humanas) ¡Qué necesario es escuchar el perdón de pastores y laicos! Una Iglesia que comprende, con dolor y conversión, que la autosuficiencia, las búsquedas de poder y del instalarse en los “castillos de invierno” (Francisco en su carta), son signos claros de una traición al Evangelio de Jesús de Nazaret. Son esos signos de ausencia del Espíritu, de un desoír la fuerza del Resucitado que nos sorprende en la sala común y nos anuncia su paz (Cf. Jn 20).

En medio de la alegría de la Pascua, hemos de aprender a animar la esperanza y a ser animados por la esperanza. ¿Hay esperanza en la Iglesia? Por la fe creemos que mientras Jesús resucitado envíe constantemente su Espíritu sobre nuestras comunidades, la esperanza será un estímulo constante para vivir nuestro cristianismo.

La Iglesia se ha remecido con la carta de Francisco y con su reconocimiento de que las heridas deben sanar, no como “acto poético” o discursivo, sino como el surgimiento de una práctica y una atención pastoral, pero ante todo humana, de ponerse del lado de las víctimas. Utilizando la expresión del teólogo alemán Juan Bautista Metz, hemos de crear entre todos una “mística sensible al sufrimiento”. Metz hace una teología que reconoce en Auschwitz y en el Holocausto un punto de inflexión. Dice que no se puede ser cristiano “de espaldas al dolor”. Hoy, la Iglesia chilena dice: “no podemos seguir siendo Iglesia de espaldas al sufrimiento de las víctimas”. Hemos de crear, concretamente, espacios de encuentro, de libertad, de cuidado pastoral, de escucharnos y reconocer/denunciar estas situaciones que ennegrecen a la Iglesia, a esa comunidad de creyentes que es “oscura pero hermosa” (Cf. Ratzinger, El nuevo Pueblo de Dios, 185).

En medio de la alegría de la Pascua, hemos de aprender a animar la esperanza y a ser animados por la esperanza. ¿Hay esperanza en la Iglesia? Por la fe creemos que mientras Jesús resucitado envíe constantemente su Espíritu sobre nuestras comunidades, la esperanza será un estímulo constante para vivir nuestro cristianismo. Hemos de aprender a reconstruir nuestras confianzas, a reparar nuestras caídas y dolencias. Hemos de vivir una fe desde la espiritualidad del samaritano que se acerca a las heridas de los desconocidos, que las cura y que los acompaña hasta la posada, hacia el “hospital de campaña” como la llama Francisco. Sólo desde estos gestos concretos, que nacen como impulso misionero del Espíritu de Dios, podremos mantener viva la esperanza. Sólo desde la gracia de Dios que actúa objetiva y concretamente a pesar de la idoneidad moral del ministro y de los fieles (una de las bellezas de la teología sacramental y de nuestra fe cristiana), podremos caminar en esperanza. Sólo desde este Dios de la esperanza vivida en la historia de todos los días podremos anunciar un renovado cristianismo, un seguimiento de Jesucristo que “nos precede en Galilea” (Secuencia de Pascua).

“No quebrará la caña doblada y no apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia; y las naciones pondrán la esperanza en su nombre” (Mateo 12,20-21). Hoy la mecha humeante protesta porque no quiere apagarse, aunque algunos soplen y soplen. Parece que la están avivando. Hoy las cañas dobladas por la violación, por el temor, por la manipulación de conciencia perpetradas por algunos ministros y laicos, se resisten proféticamente a caer y quebrarse. De esas cañas dobladas y de esas mechas humeantes, el Espíritu suscitará nuevas cosas. La esperanza hoy nos llega como anuncio pascual. La esperanza brota de la muerte y del dolor como anuncio de vida y “vida en abundancia” (Jn 10,10).  Las acciones de Monseñor Scicluna y del Rvdo. Bertomeu, el encuentro de mayo en Roma con Francisco, el movimiento de Laicos de Osorno, las acciones silenciosas de cientos de comunidades cristianas convencidas del Evangelio, nos permiten respirar el buen olor de la esperanza. ¡Cuánto hay que aprender de este momento clave en la Iglesia chilena! ¡Hay que abrir los ojos a la acción de Dios que quiere purificarnos! Ahora, queda avivar la fe y “pedir insistentemente” (1 Tesalonicenses 5,17) para que “el Espíritu que habla a las Iglesias” (Apocalipsis 3,11) haga brillar el sol de justicia.

Profesor de Religión y Filosofía. Magíster en Teología Fundamental. Académico UC-UAH.

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