Aquella peligrosa “meritocracia”

(cc) Fernando de Pablo

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Innumerables reacciones causó hace algunas semanas el video con que Laurence Golborne se presentaba al interior de la Alianza como precandidato a la presidencia del país. Al margen de la discusión que provocó, el video puso otra vez en la palestra un concepto que ha acompañado, explícita o implícitamente, la política chilena en los últimos años: la meritocracia.

Para muchos, la meritocracia es un verdadero anhelo: llegas a donde llegas no por tus apellidos o contactos, sino por tu trabajo. Sin embargo, este concepto también puede llegar a ser tremendamente peligroso para nuestros ideales de sociedad.

La meritocracia entendida como la noción que premia el esfuerzo y capacidades desarrolladas por  un individuo, no podría ser considerada por sí sola como una idea reprochable. De hecho, toda persona trabaja y se esfuerza con la esperanza de que este trabajo sea reconocido y recompensado. La distorsión ocurre justo cuando entra en juego la idea de libertad con que se le asocia, ya que una noción de libertad en que predomina la falta de interferencia, es decir, el que me “dejen ser” lo que yo quiero, hace descansar exclusivamente en cada persona la responsabilidad de destacarse para lograr algo. Así, los que son considerados derechos básicos, como la educación y salud, pasan a ser algo que tenemos que ganarnos.

Esto es lo que se conoce como “libertad negativa”, distinta de la “libertad positiva”, que hace referencia a la capacidad que tiene una comunidad de autogobernarse. La denominada “libertad negativa” implicaría poder actuar sin la interferencia de otros, poder perseguir cual sea el objetivo o actividad que cada quien se proponga “sin la ayuda de otros”.

El predominio de esta segunda visión con respecto a la libertad en las sociedades actuales no es casualidad. Ella acompaña a la corriente de pensamiento liberal que se expresa en los sistemas de gobierno imperantes en la mayor parte del mundo.

Más que demostrar que la idea de libertad negativa está mal en sí misma, es necesario manifestar que su concepto, puramente aplicado, y la distorsión de ésta, constituyen un problema central.

Que nuestra libertad sea sinónimo del desarrollo individual para alcanzar lo que para cada cual constituye una vida plena, permite evitar intolerancias y problemas de homogeneización. No obstante, tenemos un problema cuando este desarrollo personal implica una despreocupación por quienes también tienen el derecho de desarrollarse en sus capacidades individuales y llevar a cabo esa noción de vida buena.

Se nos inculca por todos los medios -está instalada la idea de que la flojera causa la mayor parte de los males- que está en nuestras manos ser los mejores estudiantes o trabajadores, que el esfuerzo es el que posibilita que cada persona pueda llegar a tener esa vida con la que sueña. A aquéllos que tienen menos recursos se les enseña que tienen que esforzarse el doble si quieren llegar a acceder a una buena educación, para “merecerse” una beca.

Al depositar en cada uno de nosotros el rol de garantes de ese desarrollo personal, de esa “libertad negativa”, el Estado y las instituciones se transforman en meros mediadores. Así, el problema pasa a convertirse en un escenario aterrador.

Y es que la meritocracia, que premia a quien alcanza sus metas, al que es el mejor trabajador, al que tiene el mejor puntaje, nos hace ciegos ante una realidad presente no sólo en nuestro país: la de una desigualdad aberrante. La meritocracia en sí misma podría tener cosas beneficiosas, pero tiene la dificultad de que para aplicarse de buen modo debería contar con un conjunto de personas capaces de acceder de manera igualitaria a las oportunidades presentadas por las instituciones.

Se nos engaña haciéndonos creer que todos tenemos las mismas posibilidades de elegir. Existe hoy un número inmenso de personas que tiene que contentarse con acceder a la educación, salud, cultura y deporte, que su presupuesto puede costear. Si es que no queremos ser verdaderamente ciegos ante la desigualdad no podemos intentar convencernos de que un sistema basado en los méritos individuales puede llegar a ser el adecuado.

Los criterios con los que funcionamos están cambiados. Alteramos el orden de las cosas y hemos generado un círculo enormemente vicioso que reproduce la desigualdad, porque tiene barreras de entrada basadas en esa idea del “merecer”. En educación, seguimos otorgando becas y beneficios según desempeño de los alumnos, como si éstos hubiesen recibido igual o al menos similar calidad de educación como para “competir” en términos justos. Peor aún, generamos una confianza en valores que en nada propician la preocupación por el otro, sino que estimulan el individualismo.

Sin embargo, el panorama no es tan fatídico. Los asomos de conciencia común del último tiempo han sido notables, porque son signos de una lucha que se quiere dar contra esta idea general de libertad que me reduce a mi propio espacio, permitiendo también reconocer el rol que le cabe a las instituciones como garantes de necesidades mínimas para cada persona, sin importar si es que ha trabajado por ellas.

Debemos buscar el modo de ir más allá, de escapar de aquella visión que pone el mérito y el desarrollo de las capacidades personales por sobre otros valores más centrales, como la preocupación por otros y la conciencia de que todos merecen tener garantizada una vida digna. Debemos impulsar un cambio en el discurso que nos empuje hacia el reconocimiento de derechos y deberes más que libertades individuales y, con ello, no olvidar cómo el mérito perpetúa la desigualdad. Ése debiese ser el centro de la discusión.

Chilena. Cientista Político UDP, Magíster en Pensamiento Contemporáneo y Filosofía Política UDP, Magíster en Teoría Política de la Universidad de Sheffield (Inglaterra) y candidata a Dra. en Filosofía de la Universidad de Glasgow (Escocia).

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