“Arrival” o el intento de superioridad estadounidense

Es uno de los símbolos que al hombre
da el hado o el azar para que un día
de exaltación gloriosa y de agonía
pueda escribir su verdadero nombre.

(Jorge Luis Borges, La luna, 1960)

No bastaba con tener a Donald Trump al mando de la Casa Blanca. En la película Arrival el poder de los estadounidenses se quiere mostrar también en la dimensión más elemental de nuestras vidas: el lenguaje. El filme en cuestión ganó el Oscar a la edición de sonido y era uno de los candidatos a Mejor Película. La trama, que comienza como una más de todas las películas de extraterrestres que amenazan la vida de la Humanidad, y, al mismo tiempo, parece anticipar un típico final de salvación apocalíptica por parte del gobierno norteamericano, esta vez da un giro y nos presenta un argumento más para sostener la autoimagen de superioridad de los EE.UU. respecto del mundo.

Una connotada lingüista y un científico son llamados para ayudar al gobierno a mantener comunicación con alienígenas que se han apostado en doce diferentes puntos del planeta. La película se gesta en una lentitud atractiva y finaliza con una nueva mentalidad de la lingüista protagonista. Al lograr comprender el lenguaje de los intrusos, se da cuenta que puede percibir el mundo y el tiempo como ellos, es decir, que el conocimiento de un lenguaje determinó su forma de concebir la realidad. Es interesante, entonces, la propuesta que realiza el director, porque sustenta el relato fílmico en la llamada Hipótesis del relativismo lingüístico de Sapir y Whorf. Sin entrar en mayores detalles o tecnicismos académicos, basta decir que dicha hipótesis sostiene que existe una relación estrecha entre el lenguaje de un sujeto-sociedad y la forma en que este concibe la realidad-mundo.

La película no solo nos muestra un interesante proceso investigativo y una forma didáctica de explicar complejas hipótesis lingüísticas, sino que, además, nos permite establecer la primacía de una lengua por encima de otras; dicho de otra forma, levanta una suerte de nacionalismo lingüístico. Así, los estadounidenses se posicionan en el filme como poseedores de la lengua desde la que se compara su par alienígena, y es la que ofrece la “salvación” a la Humanidad desde la no aceptación de las diferencias culturales.

Aunque es un planteamiento interesante, porque permite identificar diferencias culturales y asociarlas a diferencias entre los idiomas, no es una oferta del todo correcta. La hipótesis deja de lado estudios en terreno para, por ejemplo, comprender las lenguas indígenas, y también omite el hecho de que existe una base cognitivo-lingüística universal, que es posibilidad de la traducción y el diálogo intercultural. Por tanto, esta propuesta no contribuye a sostener la diversidad cultural, y permite establecer patrones de culturas más sofisticadas y mejores que otras, pues serían capaces de “pensar mejor”.

En este último punto radica el problema mayor. La película no solo nos muestra un interesante proceso investigativo y una forma didáctica de explicar la compleja e invalidada hipótesis que hemos abordado, sino que, además, nos permite establecer la primacía de una lengua por encima de otras; dicho de otra forma, levanta una suerte de nacionalismo lingüístico. Así, los estadounidenses se posicionan en el filme como poseedores de la lengua desde la que se compara su par alienígena (pongámosle, si se quiere, el nombre de cualquier otro sistema lingüístico: indígena, español, latinoamericano, africano, asiático…) y es la que ofrece la “salvación” a la Humanidad desde la no aceptación de las diferencias culturales. Al abordar esta idea, podemos, incluso, llegar a sostener que la cinta nos conduce por una vía que termina en una sociedad que salva a otras, porque es capaz de imponer su modo de pensamiento; esto es, su concepción del mundo, sin reconocer las diferencias y sin llegar totalmente a aceptar los puntos comunes en toda construcción de la lengua.

Los estadounidenses no solo nos salvan por las armas, como se podría anticipar en el comienzo del filme, o por sus mecanismos de control político y económico -como lo vivimos a diario-, sino que también nos “salvan” al elaborar un lenguaje que determina nuestra forma de pensar y concebir el mundo. Más allá de la ficción, ¿no es esto lo que hacen expresiones como Happy hour o Black Friday? ¿O será que no tenemos la posibilidad de ser felices por más de una hora o de evitar el robo de los grandes capitales al pueblo empobrecido por más de un día, si es que ellos (los estadounidenses) no nos lo permiten?

El movimiento del relato es atractivo, tanto en la propuesta teórica que realiza como en el modo en que los militares van solicitando información rápida que les permita entrar en negociaciones políticas con las potencias amenazadas por la presencia extraterrestre. Sin embargo, como todo aquel que no está familiarizado con los fenómenos de comunicación, el gobierno estadounidense olvida que todo sistema lingüístico debe seguir un orden para presentarse a otras culturas y para ser re-conocido por ellas, y que esta actividad reviste paciencia y tiempo, así como criterios opuestos a los de dominación a los que está acostumbrado el sistema económico y social del neoliberalismo. Reconocer al otro es diferente a dominarlo.

Tal vez, la lucha por la liberación no debemos darla solo en los niveles políticos, militares y económicos. Tal vez la primera lucha debemos darla en favor del respeto invaluable a todas nuestras tradiciones culturales y, por lo mismo, lingüísticas. ¿Quién queremos que tenga el poder sobre nuestros procesos sociales y la construcción de nuestras identidades? Quizás esa misma intención podrían haber tenido los alienígenas del relato audiovisual… quizás esa misma idea surge como desafío para nosotros: no someternos inocentemente, ni dejar que otros se entreguen sin juicio a la prevalencia de algunas sociedades; porque, aunque no siempre querer es poder, el lenguaje sí lo es.

Jesuita chileno. Profesor de Lengua Castellana y Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Estudia Teología en el Centro Interprovincial de Formación Santo Inácio, Belo Horizonte, Brasil.

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