AUC: Una ley para tod@s

“Hay que cuidar esto, Doris. Es una cosa delicada el amor”. Gabriela Mistral.

Después que leí el discurso de la Presidenta Bachelet, pensé en mis sobrinos Agustín y Vicente. En la conversación que tendrían con mi hermana y mi cuñado, y en lo contento que estaría Agustín cuando sepa que LA Presidenta (le tiene un respeto enorme a todos esos señores que “viven” en La Moneda) hizo una ley para que las personas puedan vivir felices junto a quienes aman.

Pensé también en la oportunidad que tendría de contarle mi propia versión de los hechos: recordarle cuando fuimos a marchar juntos por la Alameda y mostrarle la foto que nos sacamos con una bandera color arcoíris mientras lo llevaba al apa en medio de mucha gente. Le diré que esa vez marchamos para que todas las personas puedan ser respetadas y tratadas con cariño, para que nadie se sienta solo por ser quién es y para que todos puedan andar de la mano por la calle, como lo hacen sus papás y sus tíos.

Hace un tiempo, mi hermana me contó que Agustín ya sabía. Sabe que dos hombres también pueden pololear y que eso no es muy distinto de lo que sienten sus papás. Lo supo mientras jugaba a los autos en la casa de su abuela y se le ocurrió casarlos entre sí. Quedaron dos autos azules y no había otros de distinto color con los que emparejarlos. Ahí fue cuando dijo que también podían casarse porque “este auto azul con este otro auto azul, también se quieren”. Así de simple.

Si (mis sobrinos) me preguntaran por qué costó tanto, partiría diciéndoles que antes que nosotros, hubo muchas personas que tuvieron que luchar para convencernos que el amor entre dos hombres y dos mujeres “está bien”. Les diría que a mí también me costó entenderlo y que a sus papás también.

Lo que Agustín y Vicente no saben es que en nuestro país esos dos “autos azules” no pueden casarse aún. Que tuvimos que ponernos de acuerdo para decir que el amor entre dos hombres y dos mujeres “está bien”. Que muchos no quisieron que la Presidenta firmara la ley de Unión Civil y que, quizás, algunos de sus compañeros de curso le dirían que está mal que dos autos azules se casen. Lo que ambos saben sobre el amor y el cuidado es mucho más potente y sé que lo defenderán con fuerza cuando les toque dar testimonio de lo que han aprendido. Es su tesoro, el nuestro, el de todos. Nadie ni nada se los podrá quitar.

Si me preguntaran por qué costó tanto, partiría diciéndoles que antes que nosotros, hubo muchas personas que tuvieron que luchar para convencernos que el amor entre dos hombres y dos mujeres “está bien”. Les diría que a mí también me costó entenderlo y que a sus papás también. Que a diferencia de ellos, cuando nosotros éramos chicos nunca nadie nos habló de estas cosas y que nunca vimos a dos mujeres o dos hombres en nuestra casa dándose un beso y diciéndose que se quieren. Les diría que lo que pasó en “la casa de la Presidenta” nos ayudará a ser mejores personas, a cuidarnos y respetarnos.

Agustín y Vicente pueden ser, también, otros niños y niñas que escuchan por primera vez a una Presidenta decir que existen parejas heterosexuales y homosexuales (me imagino, también, las preguntas que siguen después: ¿qué es gay, lesbiana, homosexual?). Jóvenes y adultos que han vivido sus amores en secreto y que por primera vez se atreven a expresar lo que sienten delante de sí mismos y frente a los que quieren. Familias completas que nunca pensaron que uno de sus hijos les diría que es homosexual, que jamás pensaron que este país sería capaz de cuidarlos y decirles que sí pueden ser felices junto a quienes aman.

Mis sobrinos me llevaron a mirar mi historia nuevamente, la de mi familia y la de mis amigos, la de quienes murieron en el camino y la de tantos más que nadie recuerda. Son ellos los que me permiten resolver las discusiones en las que suelo enredarme cuando intento explicar aquello que no necesita ninguna teoría para existir y legitimarse. Las palabras que ellos usan son las mismas que leí en el discurso y que muchos ya pronunciamos hace tiempo: cuidado, amor y respeto. Las mismas que usan para reconocer a quienes los quieren y protegen, los que los acompañan cuando se sienten solos y tristes, los que saben cómo sacarles una sonrisa y armarles el mejor panorama cuando están aburridos. Son las palabras que usan para referirse a su familia y sus amigos, las que escuchan de su papá y su mamá cuando se abrazan y se dan un beso, y las que les permitirán conectarse con sus recuerdos cuando sean grandes y tengan que tomar decisiones sobre sus vidas y las de otros.

Si me preguntaran por qué estoy tan contento con todo esto, les diría que si yo hubiese tenido la edad que tienen ellos, me hubiese gustado mucho saber que en mi país el amor se cuida y se respeta, que lo que sentí y descubrí de grande no fue muy distinto de lo que otros ya habían vivido, y que ese amor del que nos hablan Gabriela y Doris estuvo siempre presente en el testimonio de quienes me enseñaron a cuidar y amar a otros: su Ita, su mamá y sus tíos.

Psicólogo Clínico. Docente del Centro Universitario Ignaciano (CUI) de la Universidad Alberto Hurtado.

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