Miguel Jesús Pedreros, SJ.

Jesuita chileno. Actualmente trabaja en el colegio San Ignacio de Concepción.

Hablar de la crisis

Tras días pensando y debatiéndome entre mis tendencias o a callar o a tratar de decir algo brillante sobre lo que estamos viviendo, me di cuenta de la trampa. Es la misma dinámica que ha enfermado a nuestra Iglesia. Es la inclinación a callar todo aquello que no se puede decir con finura o de manera claramente explicativa. Es la fantasía autocreada de que si hablamos, debe ser con altura moral, casi sin imperfecciones, desde arriba del púlpito, con inusitada claridad. Es la trampa del ego que esconde una interioridad dañada y frágil.

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La espiritualidad ignaciana y su contribución a la democracia

El discernimiento ignaciano asume el conflicto, la ambigüedad de nuestra carne, del pecado, y, sin embargo, se dirige al amor y el servicio. Aprender a vivir en tensión, siempre discerniendo cómo afrontar el permanente conflicto de intereses, la ambigüedad de nuestros medios, debería ser un valor apreciado en nuestros días. El diálogo se hace desde aquello en lo que no estamos de acuerdo, aquello que marca nuestras diferentes posiciones como sujetos.

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Recuperar la política, remirar el conflicto

Un modo de vida bueno para todos debe ser construido entre muchos. Se necesitan muchos sueños y mucho acuerdo para construir, juntos, otros modos de vida posible. Quizás el desafío es configurar una sociedad que dé cabida a diversos modos de vida, que puedan convivir con sus desacuerdos y con sus elementos comunes.

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La riqueza del conflicto

En ocasiones el consenso es solo un disfraz de estabilidad, donde los más pequeños quedan fuera. Cuando Jesús sana al leproso y se atreve a tocarlo, a pesar de las sanciones establecidas, no lo hace con violencia, sino con amor, con compasión, con verdad. La construcción del Reino implica cierto nivel de lucha; pero una lucha de amor y libertad.

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