Bailando entre mujeres

Dedicado a las mujeres de la Ronda San Miguel.

“Cada persona es reflejo de la música que escucha”

John Lennon

Hay algo en las personas que dedican parte de su vida y su tiempo a las danzas contemplativas; en este caso, a las danzas circulares. Hay en sus ojos bondad, en su tacto calor y en su presencia un movimiento continuo. Pareciera que los sonidos de acordeones, gaitas y tambores hubieran recorrido un largo camino desde tiempos ancestrales y hubieran llegado hasta nuestros días a través de muchos cuerpos que han sido capaces de oír la música y bailarla. Estas personas se convierten en receptoras y actualizadoras de esa herencia humana y divina.

“Ya hacíamos música antes de conocer la agricultura” dice Jorge Drexler en “Bailar en la cueva”. La música tiene la capacidad de movernos, de hacer que nuestros juicios den lugar a los músculos. Según Drexler, se trata de “no estar en, sino ser el movimiento”. Es darse la oportunidad de cambiar de postura existencial ante los diferentes roles que asumimos en la vida cotidiana; es “cerrar el juicio, cerrar los ojos, oír el clac con que se rompen los cerrojos”, dice el cantautor uruguayo. Bailar es caminar, pero de modo diferente: bailar es caminar con belleza.

Estamos viviendo un “cambio epocal”. Lo percibimos en muchos de los acontecimientos globales y locales. La Tierra también hace lo suyo: está regenerando, por medio del dolor, la piel que la cubre y, con ello, todo está cambiando. Para bien, por su parte, las mujeres están tomando el mundo en sus manos y con ello nos ofrecen la posibilidad de conocer experiencias que no habíamos sido capaces de experimentar como humanidad.

Ayer, especialmente a la hora de bailar en ronda, me sentí en un ambiente notablemente femenino. En primer lugar, porque la mayoría eran mujeres y, segundo, porque a la hora de danzar eran más que un grupo de mujeres expandiéndose del centro hacia afuera y alrededor: éramos espacio, ritmo y movimiento; y yo era junto con ellas.

Hubo un momento en el que la danza proveniente de los Balcanes se volvió festiva, eufórica. Como parte de la danza, de sus bocas salían gritos breves, repetidos, ligados y agudos… sagrados. Denotaban libertad y gozo profundo; sus rostros no mentían. Hacer ese grito para mí fue difícil; de hecho, no lo intenté. Después, la focalizadora[1] explicó que ese grito corresponde a las mujeres, y las animaba a hacerlo desde las entrañas. En cuanto a los hombres, el grito era otro, como de un águila, más breve. El de las mujeres era como una gaita que sube y baja sigilosamente, pero ascendente hasta el júbilo. Cuando todos nos movíamos y ellas proferían ese grito de euforia, experimenté varias cosas: fue un gran asombro, pues nada superaba el grito de ellas juntas; era imparable y expansivo, era hermosamente festivo. Sus rostros, mientras bailaban y gritaban, también me hacían contemplar una fuerza que no venía violenta, aunque sí avasalladora. Era una vitalidad festiva que denotaba esa alegría parecida a lo que los antiguos griegos llamaban música. Para ellos la música, más que la melodía, era también movimiento, la expresión del rostro, armonía, éxtasis[2]. La música era algo así como “ser poseído por las musas”. Y, ante eso, yo sonreía.

Seguí, con mis movimientos, los movimientos de las mujeres. Ellas me enseñaban, estaban detrás de mí, delante, al lado… una me guiaba con su mano, otra me seguía. El momento me hizo recordar las manos de mujeres que han estado en mi vida sosteniéndome, alimentándome, guiándome, haciéndome cosquillas, enseñándome a escribir, señalando dónde está alguien, tocándome el rostro, etc. Di gracias por ellas y también pedí perdón pues sentí la dificultad que podemos experimentar los hombres para dejarnos guiar por ellas y reconocerles su alteridad. Ellas nos guían y nos ayudan a profundizar en la vida del Espíritu; no solamente los sacerdotes. Ellas guían parte de la agenda pública y política, no solamente los varones. Ellas pueden danzar y nosotros podríamos hacerlo junto con ellas, para ser testigos del movimiento armónico en que nos convertimos. El número de hombres que participamos en la danza (y en muchos otros espacios de espiritualidad) da cuenta de que ellas tienen una gran capacidad de acoger lo espiritual y de buscar con mayor hondura -más allá de lo institucional-, lo que conecta con lo trascendente y lo sagrado.

La mayoría de los entornos en los que me muevo son notablemente masculinos, y, como sabemos, tienen sus propias dinámicas. Por eso, bailar entre ellas me ha permitido relacionarme de otro modo. Con ellas aprendo a ser fuerte sin perder la ternura, a ser festivo y saber del dolor, a ser visto como compañero y no como amenaza. Como hombres, ojalá que podamos abrirnos a la experiencia de dejarnos conducir por ellas, a convivir con ellas y, así, juntos reconstruir nuestras relaciones, para que nuestro mundo sea más justo, lleno de cuidado para con todos los seres y abierto a la belleza de estar vivos. Para que algún día se haga vida la consigna con la que terminamos cada jueves de danza: “La Paz permanece en la Tierra, y en nosotras. La Paz permanece en la Tierra y en nosotras. La Paz permanece en la Tierra y en nosotros. Así es y así será”.


[1] Persona que guía la danza circular. Ayuda a que las demás personas aprendan los pasos que lleva cada canción.

[2] En lengua griega significa estar fuera de sí. Es salida de uno mismo o uno mismo en salida.

Jesuita mexicano. Estudia Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile y colabora apostólicamente en el trabajo con jóvenes en la parroquia San Ignacio de Loyola, de Padre Hurtado.

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