Bautizados en el Espíritu

Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo. Marcos 1:8

La Renovación Carismática Católica nació al poco tiempo después del Segundo Concilio Vaticano como una iniciativa para recuperar una tradición católica antigua, la experiencia pentecostal. Surgió en Estados Unidos, como contrapunto a las prácticas frías y excesivamente formales de la iglesia norteamericana. Su punto de referencia fue el pentecostalismo protestante. Las iglesias pentecostales norteamericanas, en la tradición de los cuáqueros [1] y pasando por el pentecostalismo afro-americano, tenían espacios para las antiguas prácticas como el don de lenguas y el descanso en el espíritu, frecuentemente instrumentales para la conversión inicial del sujeto. En 1967, algunos teólogos católicos, impresionados con las conversiones reales de las ovejas perdidas de los centros urbanos por medio de esas experiencias, pidieron a Dios que se manifestara en ellos con los mismos dones, y así fue.

La Renovación fue recibida con cautela por la jerarquía, pero con alegría por los fieles, especialmente en América Latina, donde la calidez expresiva de la cultura se prestaba para un culto más alegre y comunitario que la costumbre barroca tridentina heredada. Fue una bendición mezclada. El culto carismático cautivaba los corazones de muchos que se habían apartado de la fe por causa de la frialdad formal y autoritaria acostumbrada. Por otro lado, los grupos carismáticos tendían a encerrarse y, a veces, descuidaban la catequesis y los sacramentos, porque daban prioridad a sus experiencias identificadoras.

Se temía por la desunión, por el fundamentalismo y por el culto de la personalidad. Si cada comunidad renovada “obedecía al Espíritu” a su manera, la iglesia se fragmentaba. Esa es la realidad de las iglesias protestantes. Cada iglesia es independiente. El catolicismo supone la unión porque reconoce un solo Señor, una sola fe y un solo Espíritu que a todos mueve y a todos nos une, (cf. Efesios 4:1-6). Al igual que San Pablo, los obispos tenían que aprender a aprovechar los dones pentecostales en bien de la comunidad entera, y enseñar al pueblo a vivir la experiencia como algo que los vinculaba a la comunidad universal, (cf. 1 Corintios 12:1-11).

El problema es que se puede cumplir con las formalidades protocolares, sin que afecte mayormente al fenómeno masivo. A veces, colocan el Santísimo como un adorno, y le dan la espalda. Hacen el mismo encuentro pentecostal de siempre, con música fuerte, amplificación al máximo y griterío general como si no hubiera nada sagrado ahí.

En Brasil la Renovación Carismática tiene mucha fuerza, por la afinidad cultural. Al mismo tiempo, el pueblo está virando masivamente al evangélico, de acuerdo a los últimos datos del censo. La Conferencia Episcopal (CNBB) observó que la práctica religiosa y doctrinal de los movimientos pentecostales católicos era idéntica al culto protestante, y que eso podía ser un factor que contribuyera a la fuga de los fieles. [2]

Para cuidar el catolicismo de sus integrantes, la Conferencia pidió a los movimientos carismáticos que se esforzaran por evitar mención del demonio, que se cuidaran del rigorismo ético, y que incluyeran tres elementos bien católicos a sus encuentros de oración. Primero, recuperar la veneración a la Madre de Dios. Luego, rezar el credo en cada encuentro, para dar garantía de solidez doctrinal. Finalmente, incorporar la adoración al Santísimo, cuando sea apropiado, para destacar la presencia real de Cristo y la importancia de los sacramentos.

El problema es que se puede cumplir con las formalidades protocolares, sin que afecte mayormente al fenómeno masivo. A veces, colocan el Santísimo como un adorno, y le dan la espalda.  Hacen el mismo encuentro pentecostal de siempre, con música fuerte, amplificación al máximo y griterío general como si no hubiera nada sagrado ahí.  Al volverse idéntico al culto protestante, se fomenta la fuga de los fieles.  Es la misma “religión”, pero el pastor promete favores, prosperidad y milagros, sin llamarlos al compromiso solidario con los desposeídos.

Parte del problema es que las comunidades católicas (y en especial, las que no son carismáticas) suelen dar la bienvenida a los fieles exigiendo cumplimiento minucioso de todos los rigores canónicos y protocolares. Los secretarios se dedican a inventar impedimentos. Los catequistas excomulgan a los que faltan a una reunión. Los jóvenes con tatuajes o piercings no pueden entrar a misa. Cada bebé necesita dos padrinos católicos, apostólicos, romanos y confirmados para bautizarse, y no hay dos confirmados en un radio de cien kilómetros. La regularización de las situaciones matrimoniales es sólo para los que viven en la ciudad con tiempo libre y dinero para hacer un año de trámites en la curia diocesana.

Si la Iglesia Católica está preocupada por los fieles que se hacen protestantes, debería preocuparse primero por tratarlos bien. El Papa Francisco ha observado que ahogamos la fe de la gente sencilla con un protocolo bizantino, fariseo y policial. Los tramitamos hasta el cansancio y por eso se van. No es que crean que la doctrina protestante es mejor. No tiene idea del protestantismo hasta llegar allá, y llegan ahí porque fueron mal recibidos en su propia iglesia. [3] Podríamos preocuparnos, también, de fomentar una experiencia de la fe, pues, estamos más preocupados de asegurar una experiencia de los reglamentos.

Pero hay otro elemento fundamental que hace la diferencia entre el pentecostalismo protestante y su manifestación católica: las obras. Los obispos se olvidaron de ese punto. El Espíritu puede mover el corazón a la alabanza, pero si es el verdadero Espíritu Santo que viene del Padre y del Hijo, no van a quedar ausentes las manifestaciones solidarias. Como decía el Padre Hurtado, el pobre es Cristo. El Espíritu también inspira para cumplir su justicia, para ser luz de las naciones, para abrir los ojos a los ciegos, para sacar a los presos de la cárcel, y del calabozo a los que yacen en la oscuridad.

Muchas veces, la experiencia carismática es auténtica. Rescató a la Iglesia de su frialdad protocolar. El problema es que los movimientos se quedaron pegados en su rutina y se cierra a los otros dones, dones de servicio y compasión, dones de inteligencia y comprensión, dones solidarios en bien de los marginados y olvidados. En el fondo, habiendo nacido como una fuerza renovadora, el movimiento carismático se acomodó en su rutina. Se rigidizó en una práctica ritual inflexible, y por eso, puede perder relevancia en el mundo actual, igual que la piedad popular preconciliar.

Estadios llenos para vivir el fervor de la alabanza, miles de fieles haciendo procesiones en la calle con la imagen de Nuestra Señora, pero son contados en la mano los que “tienen tiempo” para ayudar a los niños en riesgo, para atender a los abuelos abandonados y visitar a los enfermos del hospital. No estamos dejando al Espíritu actuar. Le tenemos el guion preparado. Somos poco consecuentes con el evangelio que profesamos. Por eso que el pueblo se hace protestante.

En los Ejercicios Espirituales, San Ignacio de Loyola nos habla del buen espíritu que suele actuar de diversas maneras. En las personas que están en vía de conversión, los arrebata con lágrimas, alegrías y emociones intensas. Luego, progresan a una quietud y paz que desemboca en la misión. [4] La experiencia pentecostal tiende a quedarse pegada en las primeras.[5] Tiene que abrirse a la consolación silenciosa, a la paz interior y al llamado a salir en misión. Así seremos hijos e hijas en el Hijo, sobre quien descendió el Espíritu para que cumpliera su misión salvadora en el mundo.

[1] Quakers (o, Amigos) es una secta pentecostal anglicano del siglo XVII que emigró de Inglaterra al Nuevo Mundo en busca de libertad religiosa. Su culto se centra en la palabra inspirada y el testimonio personal de la experiencia de fe. Los Shakers se separaron de los Quakers en el siglo XVIII porque daban prioridad a las manifestaciones histriónicas; el don de lenguas, la danza y los arrebatos. Hasta el día de hoy, los Amigos, siendo pocos, son conocidos por sus obras solidarias en todo el mundo.

[2] CNBB, Documento 53

[3] Muchas veces, los más duros, aquellos que exigen cosas que los fieles son incapaces de cumplir, no son los párrocos, sino los “mandos medios”: las secretarias, los coordinadores y los catequistas.

[4] Ejercicios Espirituales, 1-20, 313-336.

[5] De hecho, los integrantes de movimientos carismáticos, muchas veces, tienen que ir a los encuentros para “convertirse” semana tras semana durante muchos años. ¿Será que pierden el camino cada semana? Eso explicaría la tendencia al fundamentalismo ético. Hay que crear nuevos detalles, finuras y prohibiciones, todas de importancia exagerada, para motivar cada “conversión”.

Jesuita, ha trabajado muchos años en Chile y Brasil, en pastorales diversas. Actualmente está de sabático en Texas, EE.UU., su tierra natal.

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