Beber de los Padres de la Iglesia en América Latina

La moción de retornar y revisar nuestras raíces para saber de dónde venimos, y así clarificar nuestro objetivo de vida, es un ejercicio fundamental de autoconocimiento. Además, me atrevo a decir que hasta está de moda en nuestras sociedades. Durante mucho tiempo, el pensamiento de carácter científico-técnico se sintió desligado de la historia, buscando un progreso lineal ascendente y desinteresado por el pasado.

Esta ideología del desarrollo se tradujo muchas veces en una explotación de los recursos naturales y, en el caso específico de nuestra América, significó la marginación no solo de los pueblos originarios, sino también, de cualquier otro pensamiento que no encajara con el ideal del progreso.

Ante la desilusión de este “progreso” que nunca llega y el supuesto bienestar que iba a traernos, es muy común escuchar hoy el llamado a mirar atrás para ver qué “hicimos mal”, o qué podemos repensar y rehacer. Las religiones, en general, no son la excepción. Históricamente, todas las reformas que acontecen en los tiempos de crisis en las distintas religiones están ancladas en “los orígenes”, es decir, en lo que en un principio fue lo más importante.

La Iglesia Católica no es la excepción. Por ejemplo, Francisco de Asís, quizás uno de los grandes místicos y profetas del catolicismo, fue una voz que clamaba la sanación para una Iglesia que enfrentaba tiempos de crisis. Esa sanación se lograba mediante el retorno a la pobreza evangélica, es decir, a las raíces. También hoy en el catolicismo, contamos con un referente hacia el cual retornar la mirada en momentos de crisis: los Padres de la Iglesia.

No es nada nuevo. El mismo Lutero se alimentó de los textos patrísticos, algo que también hicieron y se estudia en Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Santa Teresa escribe en varias ocasiones que su lectura de San Agustín la sacaba del desconsuelo. Incluso, grandes teólogos del siglo pasado como von Balthasar, Jean Daniélou y Karl Rahner bebieron fuertemente de la fuente patrística.

Desconozco la influencia de los Padres en San Ignacio de Loyola, que junto a Santa Teresa y San Juan de la Cruz, representan la Contra-Reforma, pero no dudo que existiera. San Ignacio, como todos los grandes reformadores, ocupa temas siempre presentes en la espiritualidad, pero no necesariamente para cambiarlos, sino, que volviendo a su sentido profundo, los relee a la luz de las exigencias de su tiempo para encontrarle sentido.

Gregorio de Nisa, obispo en Capadocia a finales del s. IV d. C., fue el primero en hablar de la tensión existente dentro del ser humano y que San Ignacio llamará “Buen Espíritu y Mal Espíritu”. El capadocio, en su tratado “Sobre la vida de Moisés”, habla más bien de un ángel y un demonio, pero al final estamos hablando de la misma enseñanza. Les dejo el texto literal, pues creo que es de sumo interés darse cuenta que el discernimiento ignaciano, que tanta vida nos ha dado en los Ejercicios Espirituales, tiene tan antiguos y vivos antecedentes:

“tras la caída de nuestra naturaleza en el pecado, Dios no contempló nuestra desgracia indiferentemente, sino que colocó cerca, como ayuda para la vida de cada uno, a un ángel que ha recibido una naturaleza incorpórea; y que en la parte opuesta, el corruptor de la naturaleza maquinó algo parecido, dañando la vida del hombre mediante un demonio perverso y malvado.”[1]

Incluso, podríamos ir más atrás. Esta idea puede remontarse a San Pablo y al mismo Evangelio. Volver a las raíces es un movimiento necesario y una estrategia usada por los grandes místicos que han ayudado a cambiar el rumbo de una Iglesia en crisis.

Nuestra cultura latinoamericana está muy cimentada en quienes nos precedieron, porque experimentamos una relación intensa con nuestros padres y abuelos, vínculo fundante para nuestras vidas. Qué decir de los pueblos originarios en los que, aún más expresamente que el resto de los latinoamericanos, sostienen su ser y su quehacer en la tradición venida de los antepasados.

Nuestra cultura latinoamericana está muy cimentada en quienes nos precedieron, porque experimentamos una relación intensa con nuestros padres y abuelos, vínculo fundante para nuestras vidas. Qué decir de los pueblos originarios en los que, aún más expresamente que el resto de los latinoamericanos, sostienen su ser y su quehacer en la tradición venida de los antepasados.

Desde esta particular mirada sobre las raíces en que hemos cimentado nuestra cultura latinoamericana, hago un paralelo con los Padres de la Iglesia. Ellos representan para el cristiano la fuente más directa e inmediata en los orígenes después del Evangelio y las cartas de los apóstoles. Con esta perspectiva me atrevo a preguntarme: ¿sirve pensar en los Padres de la Iglesia como referentes a los cuales mirar para conocer nuestras raíces latinoamericanas? ¿Tienen algo que decirnos, a pesar de que pertenecieron a una cultura quizás lejana a los católicos latinoamericanos del s. XXI?

Mi respuesta es sí, sabiendo que la reflexión podría dar para libros enteros; sin embargo, me aventuraré a tratar tres enseñanzas de los Padres que pueden ser fructíferas en nuestro continente.

La primera es lo que Gregorio de Nisa llama “epéktasis”, la cual entiendo como “la meta es el camino”. Gregorio dice nunca termina el conocimiento y el encuentro con Dios, Él siempre es más, es infinito, por eso el creyente o la comunidad están invitados a caminar y profundizar más. Significa que la fe no es un estado permanente y apacible, sino, usando la terminología de Gregorio, un deseo intenso y ardiente en el corazón, un deseo de conocer y amar a Dios que nos lleva a salir a su encuentro. La meta del camino espiritual sería precisamente el caminar mismo, un peregrinar hacia Dios, pero sintiéndonos acompañados y confiados en que hemos emprendido la marcha.

Gregorio de Nisa expone principalmente su doctrina sobre la epéktasis en el libro que ya cité “Sobre la vida de Moisés”. Creo que esto es muy sugerente para Nuestra América. El libro del Éxodo ha sido uno de los textos que más han iluminado la reflexión y la praxis liberadora de la teología y las comunidades eclesiales, por su contenido de promesa y de pueblo peregrino hacia la liberación de la opresión. Reflexionar desde nuestro continente la epéktasis, personal y comunitaria, como búsqueda y deseo del corazón del pueblo representado en campesinos, indígenas, obreros, grupos de mujeres, misioneros, teólogos, académicos, profesionales y más, es sabernos caminantes hacia la justicia y la paz. Esta búsqueda y deseo que es ya encuentro con Dios.

Una segunda enseñanza sería el uso que los Padres de la Iglesia, especialmente Orígenes, hacen de la alegoría, metodología para leer las Escrituras que busca un sentido más profundo de las mismas. Creo que esta enseñanza cobra mucho sentido en nuestra América, porque enfrentamos lo mismo que los Padres en su tiempo: el peligro de una interpretación literal de los textos bíblicos ante la realidad que vivimos. Los Padres se aventuraron a buscar sentidos más profundos. Por ejemplo, Gregorio de Nisa, hace una teología mística de la narración del Éxodo, y Orígenes, encuentra en el Cantar de los Cantares la expresión máxima de amor entre Dios y el alma, y entre Cristo y la Iglesia. En nuestros países y comunidades, vivimos situaciones muy particulares que, bajo la tenue luz de la literalidad de la Escritura, no podemos entender. Pero por medio de la alegoría, de la búsqueda de su sentido profundo, es posible actualizar la enseñanza para que dé frutos en abundancia a nuestros pueblos.

Finalmente, como tercera enseñanza puedo decir que la realidad socio-cultural de los Padres de la Iglesia y la latinoamericana tienen un punto de encuentro muy interesante: ambas comparten una coyuntura en la que, dos o más culturas, chocan buscando la propia identidad.

En el caso de los Padres, ellos bebían de la fuente del Evangelio y del judaísmo, fuentes más que nada semitas, con valores y narrativas específicos, en medio de un mundo dominado por el pensar greco-latino y una filosofía platónica, junto con la gnosis, corrientes estoicas y epicúreas. Los Padres hicieron, lo que hoy llamamos, un diálogo intercultural, pues abrazaron un mundo platónico desde el cual trabajaron. El resultado fue poner a dialogar el Evangelio con las fuentes filosóficas griegas. En América Latina nos encontramos en similar coyuntura. Dominados por un prevaleciente pensamiento occidental, estamos obligados a buscar la autenticidad de nuestro pensamiento sabiendo que existe el imperativo de dialogar. Al igual que los Padres lograron construir y forjar un pensamiento auténticamente cristiano en un mundo dominado por la filosofía griega y la religión judía, y lo hicieron no desdeñando ni rechazando ninguno de los dos pensamientos, sino, iluminándolos a la luz del Evangelio. Creo que América Latina puede y, de hecho, hay grandes ejemplos de ello-, dialogar con las grandes filosofías europeas imperantes, lo mismo que con nuestro bagaje indígena, para constituir un pensamiento cristiano latinoamericano auténtico.

Aun con todo el rico material de reflexión que nos puede brindar la Patrología antes mencionada, me parece necesario preguntarnos de qué fuentes, además de los Padres de la Iglesia, podemos beber los cristianos latinoamericanos. Existe una sazón propia, que se adivina en los recovecos de nuestro continente, aderezada de múltiples ingredientes que, sin duda, potenciarán cualquier análisis de la realidad. Hablo, por ejemplo, de la fiesta, de la opción por el más pobre, y de la ecología; en otras palabras, temas que nos ayuden a dotar de sentido a la pregunta por ¿qué significa eso de “nuestras raíces” cuando nos lo preguntamos nosotros, los católicos latinoamericanos?

 

[1]GREGORIO DE NISA, Sobre la vida de Moisés, Introducción, traducción y notas de Lucas F. Mateo-Seco, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1993, p. 122.

Elías González Gómez. Mexicano. Estudió licenciatura en Filosofía y Ciencias Sociales en Guadalajara, México. Actualmente es estudiante del Máster en Mística y Ciencias Humanas en Ávila.

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