Brasil: Los 20 centavos de la revolución

(cc) 20minutos.es

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Hace una semana en Brasil no sucedía nada. Digamos, no sucedía nada que sacara de la rutina a un país que espera una copa de fútbol. Menos, si esa copa será en el país mundialista por excelencia. Pero Brasil no es solo fútbol y samba. Bastaron 20 centavos para hacer la diferencia.

Hace exactamente una semana, y justificada en la gran inversión que significó reformar el transporte público, se propuso un alza de 20 centavos en los pasajes en San Pablo. Casos recientes de corrupción (Mensalão, Cachoeiras, y otros famosos) ya habían debilitado la imagen del poder público. También estaba extendida la impresión que la copa del Mundo era un negocio que estaba llenando de dinero a unos pocos. Por eso, si venir a pedir dinero a las personas “de la calle” para cubrir esas “inversiones”, ya es ofensivo; utilizar la fuerza pública para reprimir la oposición volvió la situación insoportable.  (Entre otras desproporciones, los policías tomaban detenidos quien tuviera vinagre en su mochila, lo que llevó crear grupos de “legalización del vinagre”)

La base del malestar está en el uso de fondos públicos para fines privados; es decir, que la FIFA y sus amigos ganen mucho con el dinero de todos los brasileros (suena como AFP chilena). Pero hay dos situaciones que lo agravan: 1) la ofensiva desproporción entre el mínimo gasto para garantizar derechos sociales básicos: salud, educación y vivienda; y las cifras siderales que se han invertido para la Copa, (especialmente en la construcción de estadios) 2) el uso de la fuerza pública para reprimir y la imagen internacional del país para cubrirlo. Los carteles en las calles son elocuentes: “si su hijo está enfermo, llévelo al estadio”; “queremos educación, salud y vivienda según los estándares FIFA”; “¡mientras nos roban tú gritas gol!”.

No sé si alguien pudo prever esta situación, pues en los datos generales resultaba impredecible. Todo hacía parecer que esta Copa del Mundo sería el acto de clausura que dejaría a Dilma definitivamente en la historia de Brasil como la primera presidenta, la más popular de la historia (recuerden que alcanzó un 75%) y la que trajo la Copa (de regreso) a casa. Ella misma había declarado, con base indesmentible, que ha disminuido la pobreza extrema y aumentado la clase media. Amplió la cobertura de salud y educación, al mismo tiempo que el país se instaló como la sexta economía del mundo. ¿Qué podría explicar el malestar?

Hay dos razones a las que se recurre con frecuencia: esta generación que hoy sale a la calle fue formada en una cultura democrática y es, al mismo tiempo, la que le tocó la ampliación de la cobertura de educación (y salud). Esto para decir que es una generación que no tiene miedo, y que, por su formación, comprendió que aquello que les dijeron que eran beneficios sociales (con un tono de bondad) son en realidad derechos que pueden exigir. No están dispuestos a ser testigos del crecimiento del país con beneficios para unos pocos dueños del capital, a cambio de migajas para las mayorías trabajadoras. Como en otros países del mundo, no es un asunto de simple distribución de ingresos, es un asunto de dignidad.

Es difícil predecir lo que viene para adelante. Estamos en el momento en que la movilización crece. Se han sumado todas las capitales del país y muchas ciudades del interior. Las marchas están siendo casi todos los días y las redes sociales se llenan de llamados a participar y “memes” explicando las demandas y razones. Poco pueden hacer por ahora los deslegitimados representantes formales. Ya han dicho que no aceptarán banderas de partidos políticos y se están presentando amplios pliegos de peticiones. La prensa, por su parte, cambió el discurso. Lo que al comienzo era presentado como desmanes en la vía pública, ahora se va aceptando como reivindicaciones.  Seguirán aprovechando el marco de la Copa Confederaciones para visibilizar sus demandas. Para hoy, juego de México con Brasil, proponen cantar el himno de espaldas a la cancha.

Dicen que el fútbol no es el problema, sino la corrupción. Que Brasil no despertó, sino que siempre estuvo ahí, pero no había sido escuchado. Solo faltaron 20 centavos para demostrarlo.

* Juan Diego es chileno, jesuita, abogado de la Universidad de Chile, y actualmente estudia Teología en Belo Horizonte, Brasil.

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