Buscando elementos para la recreación eclesial

(cc) Josh Kenzer

Está muy bien encarar la verdad y buscar la justicia, está muy bien. Es preciso llamar las cosas por su nombre: victimario, víctimas, delitos, penas. Es necesario hacer protocolos, dejar establecidos los procedimientos y precauciones para que los abusos de todo tipo no vuelvan a pasar. Todo eso está muy bien. Pero no es suficiente. Ante el inmenso número de abusados por sacerdotes y religiosos alrededor del mundo. Ante la magnitud de las respuestas insuficientes, tardías e inadecuadas hechas por pastores, sacerdotes, religiosos y laicos. Ante la propagada ceguera eclesial de tantos religiosos y laicos frente a hechos que merecían una negación más decidida. En fin, ante la dimensión de la crisis es insuficiente quedarse en acciones para enfrentar sólo la contingencia. Hay que dar otros pasos. Es necesario ir más al fondo.

Es preciso crear, junto con el Espíritu, una Iglesia nueva. Para esto no tenemos que ir tan lejos, los caminos están más cerca de lo que pensamos. Me refiero a aplicar de una vez por todas a la vida eclesial las aspiraciones y cambios del Concilio Vaticano II.

Propongo aquí, y sin ánimo de agotar la lista de temas, tres cambios que se vivieron en el Concilio y que están también en sus documentos.

1. Otra manera de estar en el mundo.

El Concilio se planteó frente al mundo de un modo totalmente revolucionario. Ya no se trataba de blindar a la Iglesia de todo lo que pudiera venir desde fuera, como había que hacerlo sobre todo después del terremoto que significó la Revolución Francesa. Había que abrir los espacios para dialogar, para trabajar junto con otros, para ofrecer el Evangelio en un mundo plural.

Dos ejemplos, aparte de la importancia evidente de la constitución Gaudium et Spes. Primero, el discurso de Juan XXIII en la apertura del Concilio, en el que clama: “Sentimos que tenemos que estar en desacuerdo con los profetas del pesimismo, que siempre están anunciando desastres… La Iglesia tiene que mirar al presente, a las nuevas condiciones y formas de vida que han sido introducidas en el mundo moderno, las cuales han abierto nuevos caminos para el apostolado Católico”. Y, por otra parte, el discurso de Pablo VI a la Asamblea General de la ONU en 1965, donde dice: “De hecho, no tenemos nada que pedir, ninguna cuestión que plantear; a lo sumo, un deseo que formular, un permiso que solicitar: el de poder serviros en lo que esté a nuestro alcance, con desinterés, humildad y amor”. Es esta manera abierta de ser Iglesia la que debiera impregnar nuestro tiempo.

Tenemos mucho que aprender del mundo, no olvidemos que ella es parte del mundo, porque todos sus miembros lo son. Este último tiempo hemos tenido que aprender a regañadientes: verdad, transparencia, justicia. Pero tenemos otras cosas que traer desde la sociedad civil: democracia, pluralismo, participación y un largo etcétera.

2. Otra manera de ejercer la autoridad.

Uno de los temas más candentes durante el Concilio fue el de la participación dentro de la Iglesia. Esta preocupación de muchos obispos y teólogos derivó en múltiples cambios, énfasis y nuevas prácticas. Entre ellas encontramos la centralidad que le da el Concilio a la colegialidad de los obispos del mundo. En cada diócesis la Iglesia entera está presente, por lo tanto los obispos ejercen su autoridad como colegio con una cabeza que es el Obispo de Roma.

Durante el Concilio los obispos rechazaron, liderados por obispos como Raúl Silva Henríquez, los documentos que la Curia de ese tiempo les presentó para que casi sin discusión los firmaran y despacharan. Lo que querían esos Obispos, y finalmente se hizo, era abrir el diálogo, escucharse y darse tiempo para que los temas aparecieran en su real dimensión. Se ejerció la colegialidad, y gracias a ello se produjeron las reformas que hoy conocemos.

Esto mismo hoy no está pasando regularmente en la Iglesia. Muchas veces por un centralismo y un primado Papal mal entendido, los sínodos y asambleas regionales de obispos siguen la agenda de Roma. De hecho, hay un ejercicio deficiente de la colegialidad; así no es posible que los temas, miradas y soluciones sean realmente de toda la Iglesia. Ejercer la autoridad colegiadamente es un tema pendiente en los Obispos, pero lo es también para toda la Iglesia, a nivel parroquial, diocesano y regional.

3. Otra manera de ser sacerdote.

El Concilio subordinó todo ministerio en la Iglesia a la noción de Pueblo de Dios. La Iglesia nace cuando cada creyente es bautizado y por medio de ese bautismo adquiere un estatus que le otorga una igualdad primordial con los otros miembros: ha pasado a ser sacerdote, profeta y rey como Jesucristo. Es desde esta igualdad donde nace todo carisma, don y misión que el Espíritu dona a cada bautizado. Dentro de ellos el sacerdocio ministerial es uno más. Por lo tanto, cada carisma o servicio eclesial debiera vivirse en relación con los demás; siendo animado, desafiado y mantenido por los otros.

Esta noción de Pueblo de Dios no es algo anexo en los documentos conciliares, es centralísimo. Los obispos al escribir los documentos decidieron, por mayoría abrumadora, que “Pueblo de Dios” es la principal imagen para definir la Iglesia. Al principio de la discusión esto no tenía un lugar privilegiado; llegó a tenerlo como una decisión deliberada. Por lo tanto, esto no es una imagen más que si se quiere se toma. La Iglesia es Pueblo de Dios. No hay alternativa, ésta es su constitución fundamental. Un Pueblo que vive en comunión, un Pueblo donde hay igualdad de trato, conocimiento y formación.

Cuán distinto sería el sacerdocio si viviera en permanente contacto con los otros carismas: laicas y laicos, matrimonios, religiosos y religiosas. Cuántos abusos sexuales y de poder, malas prácticas clericales y fidelidades mal entendidas se evitarían si el sacerdocio ministerial se dejara impregnar por este llamado universal a ser Pueblo de Dios. Aunque también, cuánto de esto se evitaría si laicos y laicas tuvieran el espacio para ser realmente esos bautizados adultos que viven su propia vocación con madurez espiritual e intelectual y que ayudan a los sacerdotes a ser esos ministros que la Iglesia necesita.

Estos tres temas, junto con muchos otros, pueden ayudar a ir abriendo camino para este ineludible segundo paso. Una muy buena idea es comenzar por el Vaticano II; y me refiero no sólo a sus documentos, sino también el espíritu de lo que se vivió ahí, que igualmente es muy decisivo.

Para recrear esta Iglesia nuestra hay que atreverse a cambiar; algunos cambios están enunciados más arriba. El Cardenal belga Leon J. Suenens, uno de los héroes del Concilio, dijo años después: “Creo en las sorpresas del Espíritu Santo. Juan XXIII vino como una sorpresa, y el Concilio también. Felices los que sueñan sueños y están dispuestos a pagar el precio de hacerlos realidad”. Para el dialogo que se viene: ¿cuáles otros sueños de cambio tenemos que atrevernos a considerar?

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.