Carta a una amiga que está enferma

Sucre, octubre de 2018

He recibido noticias acerca de ti. Parece que no has estado bien en este último tiempo. Discúlpame por no haber ido a verte de inmediato. Estuve con trabajos de la universidad y en actividades pastorales.

Leí algunos mensajes donde me cuentas que estuviste internada en un hospital. Parece que fue muy grave. Pero lo que te tiene mal ahora no es eso, sino algunas preguntas e ideas que tienes sobre ciertos acontecimientos en tu vida. Las malas noticias, el dolor y la incomprensión suelen hacernos reflexionar sobre cuestiones muy íntimas, temas que están en lo más profundo de nuestra condición humana.

Deseo ir a visitarte y llevarte algo que te guste. Y aunque no siempre puedo acertar en lo que te agrada, me arriesgaría a llevarte algo. Sé que no te gustan las palabras disfrazadas. Odias las verdades a medias. Te ponen de mal humor los consuelos baratos. Sería, sin embargo, un intento y un atrevimiento que estaría dispuesto a tomar al ir a verte.

Antes de hacerlo, quiero compartir contigo algunas reflexiones sobre este tiempo que te toca vivir. No las llames consuelo, llámalas simplemente vivencias o experiencias compartidas desde la fe; pues, al igual que tú, yo también he experimentado algo de lo que te pasa. Agruparé todo en cinco puntos para exponerlo mejor.

Una fe que nos moviliza

Todos los días me alisto para ir a trabajar, ir a clases, salir de casa. Me visto para “estar bien” con el mundo y conmigo mismo. Un poco de esto, otro poco de aquello. A veces me pregunto por qué he aumentado de talla y me enfurece que mis prendas favoritas ya no me entren. Hago dieta y comienzo a hacer ejercicios, o por lo menos tengo el deseo de hacerlo. Mi imagen siempre estuvo ahí y no percibía que algo podría pasarle en el futuro.

Las heridas que puedo causarme, por caídas o pequeños accidentes, no me afligen. Pero cuando visito a un médico por causa de una enfermedad que ya no se puede curar con paracetamol, me asusto y me pregunto sobre el pasado, ¿qué hice mal?, ¿quién tuvo la culpa? Y mi mirada hacia el futuro ya no es la misma.

Miro fijamente mi reflejo en el espejo, y me pregunto ¿por qué me estoy haciendo esto? ¿Por qué me está pasando esto? Perdiendo la mente en un error diminuto, dejando tu verdadero yo en el estante. ¿A quién acudir? ¿Quién me mostrará la salida? A veces, es en ese momento que tus preguntas más íntimas son respondidas desde una presencia, desde otro. Dios te acompaña, lo ha estado haciendo antes. Pero comprenderlo es difícil.

No pierdas a quién eres en el aspecto borroso de las estrellas. Ver así es engañarse, soñar así es creer que está bien no estar bien. A veces es difícil seguir a tu corazón. Pero las lágrimas no quieren decir que estés perdiendo. Todo el mundo sufre. Simplemente sé fiel a quien eres.

Ante la felicidad, la paz y la alegría, corro la tentación de creer que por siempre estaré instalado en esa situación. En vez de movilizarme a dar, hacer algo por mí mismo y por los demás, me acuartelo y pongo trincheras para asegurarme de que nada me aleje de sentir esa felicidad, esa paz o esa alegría a veces tan esquiva. Pienso que ocurre de la misma manera con la tristeza, la consternación y la oscuridad. Me instalo en ella y, aunque crea en Dios, esa fe se convierte en un consuelo atroz que me hace verle a Él como alguien sádico, como si le complaciera mirarme en este estado. Suelo decir que es Su voluntad, que es una prueba, e insisto, como si a Él le complaciera verme así.

Cepillándote el pelo, ¿eres perfecta? Te olvidaste de lo que tienes que hacer para ajustarte al molde de la sociedad, de la religión, de ser un modelo de cristiana. Cuanto más lo intentas peor te sale, porque todo dentro de ti grita: ¡No!, ¡no hay nada malo con quién eres! ¡Sí!, ¡no a los egos baratos!, ¡shows de mentira como fuegos artificiales!

Déjame mostrarte a quién seguimos, a Ése que nos acompaña y está presente en nuestra historia: al Emmanuel.

Él es Dios, está contigo

En mis plegarias, casi siempre rezo por los demás, por los que sufren. Le pido a Dios que los cure y/o que haga algún milagro para ellos. Pienso que eso está bien, pues muestro que tengo la experiencia de que Dios se preocupa por los demás. Pero las plegarias pueden ser respuestas a una sociedad moralizada que ve la enfermedad como algo malo, y que por eso hay que pedirle a Dios que la erradique, que la elimine, que cure para estar sanos y volver a ver a un Dios bueno. Creo que Dios va más allá de esa simple visión moral sobre la enfermedad.

Dios es el primero, es el que se anticipa a mi plegaria. Él, como tú y yo, se escandaliza ante el dolor humano, ante la enfermedad que nos lastima. Como enferma puedes escuchar que Él te dice que no puede comprar tu amor, que ni siquiera quiere intentarlo; que algunas veces la verdad no te hará feliz. Él no te va a mentir, pero nunca le preguntes si su corazón late sólo por ti, pues descubrirás que late sólo por ti.

Tengo la tentación de buscarlo en lo perfecto, en lo sano, en lo bueno. Y ahí es donde la sombra de la duda me cubre. Me hace pensar que no soy bueno, que mi enfermedad es un castigo, que estoy pagando algún mal que hice. Y Él vuelve a pronunciarse para decirme, con sinceridad y verdad: “estoy lejos de lo que comprendes como perfecto; no soy un mago para cumplir tus deseos; no te prometo las estrellas, mas mi corazón late sólo por ti. Porque cuando te estás dando por vencido, cuando no importa lo que hagas, y parece que nada es lo suficientemente bueno; cuando nunca pensaste que pudieras llegar a este pensamiento, es entonces cuando sientes mi amor”.

No hay requisitos para experimentar a Dios de esta u otra manera. Nuestras vidas están cargadas de un sinfín de experiencias; la enfermedad es una de ellas. Creemos en Dios, pero también creemos en su presencia que nos acompaña en estos momentos, en nuestra pequeñez y en nuestra debilidad. Por eso el rostro de Dios es Jesús, un hombre que experimentó en carne propia las maravillas de la vida humana, y en ella también la debilidad, el fracaso y la muerte. Al igual que nosotros, Jesús tiene esperanza en un futuro, donde los cojos andan, los ciegos ven y los muertos resucitan.

En comunión con Él

Te preguntarás, ¿cuándo va a actuar Dios? Como otro, diferente a ti, Él sabrá cuándo actuar. Pero una voz dentro de ti grita convencida, con una sabiduría que escapa a la racionalidad: Él ya está actuando; está aquí. No necesito maravillarme con eventos extraordinarios, pues lo siento muy cerca.

Su imagen es la de todos los tiempos, es la tuya y la mía. Su rostro no se circunscribe a una sola imagen. Son todas y es la que tú estás experimentando ahora. Nunca podrás decir de dónde viene, pues el ayer no importa, si ya se fue, mientras el sol está brillante; o en la noche más oscura, nadie sabe, viene y se va. ¿Quién puede ponerle un nombre? No preguntes porqué necesita ser tan libre, te dirá que ése es el único camino, que su presencia no puede ser encadenada a una vida donde no hay ganancias si nada se pierde.

No podemos ajustarlo a nuestra medida, Él está presente como Dios, como hombre. Sólo la fe nos puede hacerle descubrir en nuestra historia, aún en medio de esta enfermedad, donde ya las  buenas noticias no existen.

Contigo, con los demás

No quiero darte noticias falsas, consolarte de manera que mis palabras suenen como conceptos o ideas teológicas. Al igual que tú, quiero que llegue el momento en que ya no deba tomarme mis medicamentos, que ya no tenga el malestar que me provocan, que ya no tenga que hacer citas con los médicos, que ya no tenga que preocuparme por los análisis de laboratorio. Quiero que llegue el día en que, como antes, pueda vivir sin esas preocupaciones.

Pero en la enfermedad no experimentamos la idea de un Dios benevolente, sino de alguien que se compromete hasta las últimas consecuencias con nosotros. De alguna manera, esa presencia se hace concreta. Su presencia ahora es curación, comprensión, oración, satisfacción. El misterio que se hace presente rebasa lo que somos y nos impulsa a vivir con los demás, para los demás. Ya no es desear tener, ahora es desear dar.

Los demás se hacen próximos y ya no los vemos como simples dolientes por nuestra situación, como a personas que desean compartirnos algo profundo de ellos, pero que no pueden expresar. Ahora ya no somos sólo recepcionistas de sus consuelos. En nuestra comprensión de la situación que enfrentamos, desde la experiencia de que no estamos solos, que Dios participa de nuestra historia y que los demás están a nuestro alrededor, se nos descubre el misterio, y ayudamos a los demás a comprender nuestra situación, como “enfermos”, y la de ellos, como “cercanos”.

En esa sintonía con los demás, con el Otro, puedo preguntarles y decirles: ¿qué harías si cantara fuera de tono? ¿Te levantarías y me dejarías solo? Presta atención y te cantaré una canción e intentaré no desafinar. Me las puedo arreglar con un poco de ayuda de mis amigos. Lo intentaré. ¿Qué hago cuando mi amor se ha ido? ¿Cómo me siento al final del día? Trataré de salir adelante con un poco de ayuda de mis amigos.

Jesús, el Emmanuel, el Dios con nosotros, se hace más evidente. Su presencia no es el concepto de la plegaria seca. Es Él, el que fue tentado, incomprendido, tachado de borracho y comilón, el que fue traicionado y entregado para que lo maten. Él, el que a pesar de esto confía en sus discípulos, el que va a buscar a la oveja perdida, el que perdona pecados, el que pide amar al prójimo, el que ama hasta el extremo y el que vence a la muerte.

Sólo desde su experiencia encarnada, Jesús puede hablar de tu dolor, de tu sufrimiento y del gozo que sientes al descubrir que tienes mucho para dar. Él es tu modelo, el que te muestra tu humanidad. En sus múltiples rostros puedes encontrar tus certezas, las respuestas a tus preguntas.

En Él

El mal es innegable. El sufrimiento y el dolor son experiencias que han marcado tu vida. Dios es consciente de tu dolor, y está presente y activo en tu historia, no como el dios moralizante, sino como el misericordioso. No es el legislador y juez. Junto a Él puedes comprender que está y estará presente con nosotros, hasta el último día.

Él se anticipa a tu dolor. Ha luchado contra la muerte y la ha vencido. Gracias a Jesús podemos tener la esperanza de que la muerte no tenga la última palabra. Sólo desde esta esperanza podemos reconocer la promesa de Dios: de que nos resucitará. El pasado y el presente son leídos ahora desde una dimensión esperanzadora: la FE.

Ya no sé qué más decirte. A veces el silencio es más expresivo ante los acontecimientos difíciles que nos toca vivir. Mis palabras quieren mostrarte el cariño que te tengo. No las tomes como consuelo. Ya nos veremos pronto.

Hasta que nos encontremos,

Hermano jesuita y bachiller en Teología de la P. Universidad Católica de Chile. Trabaja actualmente como capellán de primaria, en el colegio del Sagrado Corazón de Sucre.

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