Caso Penta: Los mercaderes de nuestros tiempos

Hemos asistido, en los últimos 40 años, a una reducción significativa y constante del rol del Estado en la sociedad. El neoliberalismo, ideología impuesta primero por una dictadura, abrazada después por una clase política embrujada por sus resultados económicos, nos convenció de que mientras más pequeño el Estado, mejor. Éste solamente debería corregir pequeños errores y subsidiar lo que el mercado no lograra cubrir. De esta forma, el mercado pasó a tener un rol rector no sólo en la economía sino en toda la sociedad. Para la ortodoxia neoliberal, el mercado sería ese sistema perfecto en el cual, si cada uno se preocupa de su interés particular, todos saldrían automáticamente beneficiados. Así la sociedad progresaría ilimitadamente y nos incorporaríamos en poco tiempo al exclusivo club de los países desarrollados. El mercado sería mucho más eficiente que el Estado para distribuir los bienes de la sociedad según el mérito y el esfuerzo de cada uno. Esta idea, convertida con el tiempo en sentido común, hizo que todo tuviera un precio, y que todo se convirtiera en negocio: el agua, la energía, la educación, la salud, la vivienda.

Desde el comienzo, existieron voces críticas a este modelo. Hoy, dichas voces se agudizan; el consenso en torno a la bondad intrínseca del mercado se debilita; la ciudadanía ya no acepta la tiranía del dinero. Y es que la utopía neoliberal no se ha realizado y los intereses particulares no nos han llevado al bienestar social. La codicia de los poderosos y el carácter interesado de una ideología que nos presentaron como el orden natural de las cosas se vuelve demasiado evidente.

Necesitamos una nueva cultura política basada en el fortalecimiento y respeto de lo público, de lo que es de todos y que ponga en primer lugar el interés de los marginados y excluidos, y no más el de los que ya han ganado más que suficiente.

La reducción del Estado y de lo público, y la exaltación del Mercado y lo privado, ha generado también una fuerte despreocupación por los mínimos de convivencia. Nos hemos olvidado de que no vivimos solos y para nosotros mismos, sino que con otros y para los demás. Las boletas falsas, la evasión de impuestos y el aprovechamiento de las propias redes políticas para hacer negocios millonarios son síntomas de una misma enfermedad: el descuido total de lo que es de todos. Los casos Penta y Caval tienen en común este descarado aprovechamiento de lo público en pos del enriquecimiento privado. La clase política calla, los empresarios callan, los poderosos están en silencio, pues son muy pocos los que están libres del pecado expuesto por los medios de comunicación estos días. Es de esperar que esta racha de injusticias se rompa con el proceso judicial al que están sometidos los involucrados en el caso.

Por las redes sociales la gente expresa una indignación que las instituciones no son capaces de asumir, procesar y convertir en cambios de fondo. Al mismo tiempo, se opone al malestar expresado por los medios de comunicación una cotidiana sumisión de la mayoría al orden establecido, la indiferencia convertida en rutina, la rabia masticada en silencio por la ciudadanía.

El Evangelio del domingo nos mostró a un Jesús que, indignado, expulsa a los mercaderes del templo de Jerusalén. ¿Cómo expulsar a los mercaderes de nuestros templos? Tenemos que rebelarnos como Jesús, pues la vida humana, que es sagrada, se ha convertido en mercancía. Nuestros templos se han llenado de mercaderes, que transan, negocian y sacan provecho de nuestros derechos, de nuestras necesidades y de nuestra confianza. La indignación es sana y necesaria, pero es solo el punto de partida para el surgimiento de algo nuevo. Necesitamos una nueva cultura política basada en el fortalecimiento y respeto de lo público, de lo que es de todos y que ponga en primer lugar el interés de los marginados y excluidos, y no más el de los que ya han ganado más que suficiente.

¿Qué hacer ante las conductas indignantes de las que hemos sido testigos los últimos días? Exijamos políticos que vean su trabajo como un servicio a la sociedad y empresarios que sean responsables del país en el que viven. Aunque creamos que desde nuestra cotidianidad no podamos hacer grandes cambios, partamos por generar conciencia y por reprochar estas conductas en todas sus formas. No se puede seguir administrando el dinero y el poder solo desde el interés particular. La justicia tiene que actuar. Las personas, la ciudadanía tienen que volver a estar al centro.

Chilena. Historiadora y profesora UC. Magíster en Historia por la UAH y estudiante de Teología en el Boston College, EE.UU.

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