Católicos por esta reforma a la educación

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CC: Radio U. de Chile

¿Debieran los católicos apoyar, no una reforma a la educación, sino esta reforma a la educación que hoy se discute en el Senado? Por supuesto que sí. Estoy convencido de que este proceso no es solo lo más relevante que ha sucedido en beneficio de la educación escolar desde la obligatoriedad de la educación básica en Chile, sino que además significa una oportunidad única para la Iglesia de ponerse más radicalmente al servicio del país y vivir desde su vocación más profunda. Estas reflexiones, escritas por un católico, van dirigidas a católicos y no católicos.

Como Iglesia, hemos sido una pieza fundamental en el desarrollo de la educación escolar en Chile. Con la misma fuerza, creo que en esta reforma podemos encontrar la posibilidad de salvarnos de nuestras propias incoherencias, ya que ella configura una nueva estructura para evitar que niños y niñas sean excluidos arbitrariamente de ciertos colegios. Yo alcanzo a distinguir tres:

Tenemos que mejorar la calidad de la educación que entregamos. Estoy convencido de que la sociedad chilena se puede beneficiar no solo del ejemplo de integración que podríamos llegar a dar, sino también de la innovación educativa en la que podríamos incursionar.

  • Creemos estar con los más pobres, pero no lo estamos. La educación pública y los evangélicos están más comprometidos que nosotros. Hay excepciones notables, pero la gran mayoría educa a los Félix y a las Anitas Herrera, y otros pocos se encargan de quienes dirigirán el país.
  • Aunque muchos crean que lo hacemos, no propiciamos una verdadera integración que vaya en contra de la segregación social. No es fácil, es cierto, determinar cuál es el óptimo de la integración a que debiéramos llegar. Sin embargo, el programa de televisión Contacto hace un par de años atrás, mostrando las respuestas a asesoras del hogar que pedían entrevistas en colegios particulares pagados deja más o menos claro el panorama. No nos vendamos cuentos.
  • No tenemos la libertad suficiente para hablar de justicia y equidad en educación, lo cual es muy grave. Muchas veces es esa falta de libertad, expresada en competición probadamente malsana para la educación, la que nos enceguece frente a nuestra incoherencia, haciéndonos creer que tenemos la misma autoridad para hablar de educación como la que tenía el Cardenal Silva Henríquez para condenar la violación de derechos humanos. Esta, y no otra reforma, con todas sus imperfecciones y tensiones, nos está encarando y nos lleva a reflexionar sobre nuestras prácticas tan alejadas de lo único a lo cual debemos serle fiel en primer y último término: el evangelio de Jesús que libera de todo lo accesorio.

Tenemos que mejorar la calidad de la educación que entregamos. Estoy convencido de que la sociedad chilena se puede beneficiar no solo del ejemplo de integración que podríamos llegar a dar, sino también de la innovación educativa en la que podríamos incursionar. Cómo no va ser desafiante pensar que ante un ambiente más integrado, dado por la no selección de nuestros estudiantes y la eliminación del copago, nuestras comunidades tendrán que aprender a hacer las cosas en algún sentido nuevas. Los directores y profesores que siempre han educado a los mismos, ahora tendrán que aprender a manejar, motivar y soñar con grupos un poco más diversos.

Acostumbrados a hacer siempre lo mismo, aun cuando algunos nos creamos los Steve Jobs de la educación escolar, nos veremos desafiados a educar de una forma nueva. Por supuesto que tiene una cuota de riesgo y vértigo, pero me pregunto: ¿Hubo algún paso que el mismo Jesús diera hacia lo desconocido que no tuviera algo de riesgo y vértigo? Es esta reforma la que nos puede orientar, aunque sea a la fuerza, en esa dirección.

La elección que hacen los padres del colegio de sus hijos, es otro tema del cual podemos desentramparnos de una buena vez. Nosotros le exigimos al Estado que no limite la capacidad de elección de los padres. Primero, me parece que no nos haría nada de mal exigirlo también al mercado, sobre todo a ese que hace daño y que el Papa Francisco dice que mata. Segundo, considero que es muy de Padre Gatica pedirle algo al Estado que nosotros mismos no hacemos, pues nosotros también limitamos la elección de los padres que decimos defender. Esta reforma radicalizará esa opción de los padres al eliminar el financiamiento compartido y la selección.

Hay dos actitudes posibles frente a este panorama. Una, es dejarse envolver como católico en pensamientos que dicen: “Que haya tenido que venir el Estado a decirle a la Iglesia que asuma lo obvio”, y volverse loco dándole me gusta y no me gusta a cuanta cosa tenga que ver con la Iglesia en Facebook, o simplemente seguir llenando la lista de las cuentas que le vamos pasando a la Iglesia. Otra, que me gusta a mí, es volverse radicalmente espiritual y creer lo que nos sugiere el Concilio Vaticano II: “La Iglesia reconoce agradecida que tanto en el conjunto de su comunidad como en cada uno de sus hijos, recibe ayuda variada de parte de los hombres de toda clase o condición. Porque todo el que promueve la comunidad humana en el orden de la familia, de la cultura, de la vida económico-social y de la vida política, así nacional como internacional, proporciona no pequeña ayuda, según el plan divino, también a la comunidad eclesial, ya que ésta depende asimismo de las realidades externas. Más aún, la Iglesia confiesa que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todavía de provecho la oposición y aun la persecución de sus contrarios”. En eso estamos.

Jesuita. Sociólogo y Master en Teología. Hace estudios de doctorado en Educación en la Universidad de California, Berkeley y colabora en la Red de Colegios Cristo Rey en San José, California.

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