Potlatch de Navidad

Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se llamará, Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz. Isaías 9,4

Las tribus habitantes de las costas del Pacífico norte tenían una fiesta ritual, en la cual, se comía y se bebía todo lo que había. Luego, un integrante de la comunidad regalaba absolutamente todas sus cosas a los amigos y parientes en un arrebato de generosidad para celebrar algún acontecimiento notable como, por ejemplo, el nacimiento de un niño. Se llamaba potlatch. Fue prohibido por los gobiernos de Canadá y Estados Unidos porque, sin entender el sentido cultural que tenía, encontraban un gran desperdicio de bienes materiales.

Actualmente, los antropólogos reconocen que son muchas las tribus que practican alguna forma de potlatch, incluyendo los Mapuches del sur de Chile, donde la fiesta se llama guillatún. Es una celebración anual para agradecer tanto bien recibido y rogar por una semejante prosperidad a futuro. Suele ser al final de diciembre, con las primeras cosechas.

La Navidad es el potlatch de la civilización occidental moderna. La costumbre de hacerse regalos enraíza en la historia de los reyes magos que llevaron oro, incienso y mirra al niño Jesús. También, la tradición dice que San Nicolás colocaba frutas y nueces en los zapatos de los niños pobres en la noche de Navidad. En todo caso, el comercio ha expropiado la tradición. Muchas tiendas venden más en diciembre que todo el resto del año. Y el pueblo gasta más que en todo el año. A veces, de hecho, paga todo el año siguiente, porque cae en la trampa del crédito pagando hasta tres veces el valor, por los intereses.

El potlatch navideño es la consumación de nuestra cultura materialista. Poco tiene que ver con la fiesta religiosa, con el misterio de un Dios que tanto amó el mundo que envió su propio Hijo para nacer en pobreza, morir perseguido, y resucitar para salvarnos.

El potlatch navideño es la consumación de nuestra cultura materialista. Poco tiene que ver con la fiesta religiosa, con el misterio de un Dios que tanto amó el mundo que envió su propio Hijo para nacer en pobreza, morir perseguido, y resucitar para salvarnos. Más adelante, los antropólogos resolverán cual fue la función cultural de la histeria anual por consumir. Por ahora, el pueblo se siente obligado. Si no gasta al límite de su solvencia para comprar cosas que no necesita, podría ofender al patrón o herir los sentimientos de un familiar. Si no le compra lo más caro para sus hijos, se va a sentir un fracaso como padre. Tal vez, el juguete caro es un sustituto por el amor a diario que, en muchos casos, está ausente.

A algunos, la manía del consumo le da cargo de consciencia. Aparecen gestos simbólicos de Navidad para los pobres. Una vez en el año, vamos a cantar villancicos al asilo de ancianos. Un día en el año, llevamos pan de pascua a las personas que viven en la calle y regalos a los niños de las poblaciones periféricas. Algunos niños pobres tienen que aparecer en tres o cuatro “navidades” para aceptar regalitos de los viejitos pascueros de empresas, parroquias y municipalidades. Mientras tanto, sus padres se empobrecen cada día más. Apenas les da para preparar la cena en la noche del 24.

Y, ¿qué comen las personas en situación de calle el resto del año? Los postrados, presos y ancianos, ¿no pasan solos los otros 364 días?

Dom Helder Cámara, Padre Alberto Hurtado y Monseñor Oscar Romero compartían una misma experiencia. Cuando ayudaban a los pobres, les decían, santos. Cuando preguntaban por qué tenemos tantos pobres, les decían, comunistas. Bien en el fondo, la cultura occidental ha determinado que quienes sufren la pobreza se lo merecen.

Para amortiguar el remordimiento de conciencia por la injusta distribución de bienes en el mundo actual, los atendemos, selectiva y excepcionalmente, con lo que sobre del potlatch navideño, pero el resto del año es problema de ellos. No es una idea muy cristiana, que digamos. El niño Dios nació no para condenar, sino para salvar al mundo.

El potlatch tradicional mexicano no tiene mucho que ver con regalos. Es más cuestión de tamales y piñatas. Las posadas recuerdan la peregrinación de María y José, desde Nazaret a Belén, donde buscan hospedaje para esperar el nacimiento del niño Jesús. A partir del 16 de diciembre y hasta la misma noche del 24, los santos peregrinos llegan como si fuera de sorpresa, a una casa diferente. Llegan cantando: En el nombre del cielo, yo les pido posada; pues, no puede andar, mi esposa amada.

Desde dentro, la familia anfitriona responde: Aquí no es mesón, sigan adelante. No les puedo abrir; no vaya a ser un tunante. Los santos peregrinos intentan por todas las puertas de la casa, hasta que los “convencen”, para que entren los santos peregrinos.

Su tradición llama la atención en un mundo con tanto migrante y refugiado buscando posadas después de ver sus hogares destruidos por la guerra, la sequía o el colapso económico. A los habitantes del mundo acomodado, los que están comprando i-phone y cachemira para Navidad, les cuesta hacer un lugar a esos santos peregrinos en su momento de necesidad.

Un candidato presidencial en Estados Unidos ha llamado a cerrar todas las fronteras, construir un muro alto y prohibir la inmigración, en especial, de todas las personas que profesan la religión islámica. La demonización demagógica del extranjero saca aplausos, ganar elecciones y provoca guerras. Ese pueblo comprador de juguetes caros no está sintonizado con la voluntad divina de salvar al mundo. Sólo quiere salvarse a sí mismo del resto del mundo que considera enemigo. No es el estilo del Dios-con-nosotros.

Son actitudes no solamente injustas, sino contraproducentes. Un amigo comentó en su editorial de un diario norteamericano: “¿cómo es que se puede derrotar ISIS? Atacando su narrativa. Ellos dicen que occidente es su enemigo. ¿Cómo se ataca su narrativa? Dando la bienvenida a todos los refugiados y tratándolos con compasión y respeto. Con eso, ISIS se derrumba por dentro, porque su causa vaporiza.”[1]

Cuando entran los santos peregrinos, el mundo se salva. Si las puertas no se abren, seguimos perdidos.

[1] Joe Zarantonello, The Kentucky Standard, 11 diciembre 2015. http://www.kystandard.com/content/how-do-you-defeat-isis-attack-their-story

Jesuita, ha trabajado muchos años en Chile y Brasil, en pastorales diversas. Actualmente está de sabático en Texas, EE.UU., su tierra natal.

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