Coleccionistas de promesas incumplidas

Un niño grita, llora y golpea todo a su paso. Una mujer mayor, que trabaja hace más de 15 años en la residencia donde hace siete vive el menor, recibe improperios y patadas al intentar “contenerlo”, lo que desata la furia de los demás menores que se lanzan a defenderla atacando al niño. Ella ahora no solo recibe los golpes y salivazos de uno, sino que intercepta otras tantas patadas, que desde sus protectores iban dirigidas a su victimario. La mujer quedó en medio de una escaramuza, que jamás le fue propia, protegiendo a su agresor de sus propios defensores.

¿Cómo se originó todo? Lo que comenzó como una pequeña conversación entre dos menores, luego se transformó en una discusión que terminaría en un griterío que llegaría a su clímax con la frase: “Por lo menos a mí me vienen a ver huacho culiao”, lo que dio por terminado el momento de las palabras e inauguró el tiempo de la violencia física. Cuando la mujer estaba en el epicentro de las agresiones, ya nadie recordaba, ni tampoco importaba, la conversación inicial.

El niño de 12 años llevaba más de la mitad de su vida entre esas paredes. Se cuenta que alguna vez lo fue a ver su padre, con quien vivió en la calle hasta poco antes de llegar a la residencia, pero hace varios años que nadie lo visita. ¿Qué vio? ¿Qué escuchó? ¿Qué experimentó en su cuerpo y consciencia? Son preguntas difíciles de contestar y mucho menos es posible comprender las consecuencias actuales de aquellas experiencias. Él no lo recuerda, pero alguna vez su padre le prometió cuidarlo. Tiempo después un juez le prometió que estaría bien en un hogar y que jamás volvería a vivir lo que vivió.

Ambos han pasado la vida esperando algo que solo conocen de oídas, saboreando promesas de tiempos mejores. Desesperanzados caminan la vida cabizbajos, de vez en cuando recuperan la esperanza, pero más seguido la vuelven a perder. Al mirarse entre ellos, en el silencio se reconocen como coleccionistas de promesas incumplidas.

La mujer de 62 años tiene tres hijos grandes criados con mucho esfuerzo y en soledad. No terminó el cuarto medio y desde muy joven gana poco más del sueldo mínimo. Trabajó de asesora del hogar durante muchos años, pero desde hace 15 que hace turnos de 12 horas criando niños ajenos en una residencia. Ella día a día viaja dos horas desde su casa al trabajo y viceversa. Cuando necesita ir al médico, pide el día sin goce de sueldo para luego esperar y esperar, hasta ser atendida. Esta mujer, que jubiló hace dos años, necesita seguir trabajando pues no le alcanza para vivir con la pensión. Ella nunca ha sido promovida en un trabajo y jamás ha recibido una capacitación. Fue abandonada por un hombre que prometió cuidarla, su empleador le promete constantemente mejoras en su situación laboral y los niños poco antes de golpearla le prometieron amor eterno. Ella no lo recuerda, pero también le han prometido mejoras en el transporte, una jubilación justa, una mejor educación para sus hijos y un mejor acceso a la salud.

Ambos han pasado la vida esperando algo que solo conocen de oídas, saboreando promesas de tiempos mejores. Desesperanzados caminan la vida cabizbajos, de vez en cuando recuperan la esperanza, pero más seguido la vuelven a perder. Al mirarse entre ellos, en el silencio se reconocen como coleccionistas de promesas incumplidas. Los más inexpertos, con prohibición de llorar, son “contenidos”, mientras los demás, quienes están acostumbrados a esperar, viven resignados a mantener sus trabajos antes de darse permiso para llorar. Todos guardan bajo sus lenguas un grito, que tarde o temprano gritarán en la cara a la vida, cuando la vida tome un rostro.

La vida es sabia y siempre toma el rostro de los pobres, son ellos quienes dan la cara y reciben los gritos. La mujer mal tratada recibe la patada del niño, el gendarme mal pagado recibe el golpe del privado de libertad, el carabinero raso recibe el piedrazo y la cajera explotada los insultos del consumidor estafado. Así el pobre terminó dando la cara en nombre de quien fue escondiendo el rostro. ¿En nombre de quién la mujer cuida al niño? ¿En nombre de quién el carabinero golpea a su vecino? ¿En nombre de quién la cajera niega la devolución? ¿Quién es el cobarde que transformó a los pobres en coleccionistas de promesas incumplidas y los puso a dar la cara en su nombre? Puede que nos sea más fácil identificarnos con las víctimas, quizás lo hayamos sido, pero nos aterra el murmullo que delata nuestra presencia diluida y escondida detrás del rostro valiente de los pobres.

Foto: Caro Spark.

Jesuita. Estudia Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile y colabora pastoralmente en el Hogar de Cristo.

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