Colombia: Una verdad pacífica

El pasado dos de octubre de 2016 Colombia vivió un acontecimiento sin precedentes en nuestra historia del conflicto armado que supera ya el medio siglo. Después de cuatro años de diálogos entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y los dirigentes de la guerrilla de las FARC-EP, se suscribió un acuerdo entre las partes y se convino que éste sería sometido a refrendación mediante plebiscito nacional.

Durante el periodo de diálogos, y en especial en los últimos meses, los colombianos experimentamos una atmósfera de optimismo y esperanza respecto del futuro; los medios de comunicación daban cuenta de las grandes expectativas a nivel internacional; soñamos las grandes oportunidades que un cese al fuego definitivo traería en beneficio del país. Sin embargo, al terminar el escrutinio de la votación, con gran dolor y sorpresa escuchamos el anuncio de que el No se imponía sobre el Sí, por un poco menos de 60.000 votos.

El desconcierto general elevó de inmediato una cuestión que quienes apoyamos el Sí no podíamos ignorar: ¿Acaso Colombia no quiere la paz? Un mirada rápida sobre el censo electoral permitía ver que por lo general las zonas donde se ha experimentado con mayor agresividad la violencia de la guerra, fueron lugares donde el Sí se impuso ampliamente sobre el No; y, curiosamente, en otros lugares, algunas ciudades grandes donde el conflicto armado no se ha sentido con la misma agresividad, se imponía el No. Este dato nos podría ofrecer una perspectiva más amplia sobre el resultado final del plebiscito. Sin embargo, y sin necesidad de esperar un mayor estudio sociopolítico del fenómeno, yo estoy convencido de que Colombia sí quiere la Paz, y es por ello que quiero compartir con ustedes una experiencia personal de cercanía con la violencia; una historia que me exige, como ser humano, no renunciar a la necesaria tarea de trabajar por la tan anhelada Paz.

Todo comienza en 1990, año en que me encontraba cursando cuarto grado de primaria. Ese año llegó a mi curso de escuela una niña grande, de unos 12 años aproximadamente, y posiblemente de una familia desplazada del campo a la ciudad por la violencia. Rápidamente aquella niña se ganó el cariño de todos mis compañeros de curso, y para mí comenzó a ser una persona importante. De algún modo, recuerdo hoy que aquella niña era como una hermana: dulce, serena, y, sobre todo, muy cercana. Yo le tomé un cariño inmenso y los días que restaron para culminar el año escolar se hicieron muy especiales por su cercana presencia. Culminó el año escolar, y ella, a pesar de haber ingresado tarde, logró muy buenas calificaciones. Durante las vacaciones de ese año no tuve noticias suyas; sin embargo, la esperaba con mucha ilusión el año venidero.

Llegó el nuevo año escolar; comenzaron las clases, pasaron los días y ella no llegó. Cada día, durante las primeras semanas, esperé con anhelo a que apareciera un día por la puerta del aula. Pero nunca volvió. Como cualquier niño de nueve años, al pasar varias semanas me entretuve con otras experiencias y aventuras. Pasó el tiempo y ocho años después (1998), era ya un joven de 16 años de edad. Me encontraba en mi primer año de universidad, inscrito en el programa de Ingeniería. Eran tiempos de mucho estudio y dedicación. Fue así como la noche del 16 de mayo me encontraba preparando junto a un grupo de compañeros una prueba de Cálculo Diferencial. Mientras intentábamos resolver problemas matemáticos, estábamos lejos de imaginar que a tan solo vente minutos de distancia, una joven, la misma niña que yo había conocido en la infancia, estaba a punto de enfrentarse a un problema que le costaría la vida.

Esa madrugada, mientras regresaba -como de costumbre- a mi casa en un taxi, sin saberlo había cruzado por la misma ruta un grupo de camiones que trasportaban a varias docenas de hombres armados, al margen de la autoridad, como efectivos de guerra. Cuenta el relato que se ha podido elaborar desde la comisión inter-eclesial de justicia y paz, que hacia las 8:30 de la noche, entraron al pueblo. Aquella noche sería recordada como la trágica noche del 16 de mayo; noche en que no sólo más de 30 familias perdieron a sus seres queridos, sino todo un pueblo perdió la paz y la confianza. El miedo cundió, y nuestras calles ya no contaron más sino con la compañía de la solitaria luna que iluminaba con pena y tristeza aquellas noches de espera y dolor.

Paradójicamente, el No se presenta, en medio de la crisis, como un nuevo llamado, para identificar las raíces que estructuran y alimentan nuestra exacerbada intolerancia respecto de la diferencia; y, con la conciencia de ésta, la invitación a vivir un proceso de cambio y conversión que nos lance a revelar una verdad incluyente y pacífica.

Son muchos los relatos que hoy nos ayudan a descubrir el horror de ese 16 de mayo y entre éstos hubo uno que a mi vida llegó con dolor. Un par de hermanos, ella, la niña que a mi escuela había llegado, y su hermano gemelo, caminaban de vuelta a su casa por las oscuras calles del pueblo, cuando se encontraron con estos camiones llenos de hombres armados. Uno de ellos los alcanzó, y de inmediato tomaron por la fuerza al joven para subirlo al camión; pero ella, su hermana, mi amiga de la infancia, a su hermano se aferró. Los hombres le gritaban, “¡china!” (término popular con que se refiere a una mujer joven a la cual no se llama por el nombre), “¡china, el problema no es con usted, sólo nos lo llevaremos a él!” Pero ella gritaba una y otra vez, ¡si se lo llevan a él a mí también! Ése fue el último grito que mi amiga elevó; es lo último que sabemos expresó. Aquella noche, la niña que un día su alegría me regaló, en aquella hora su vida entregó. Donó su vida para acompañar a su hermano, un gesto de amor y con dolor.

No me enteré del detalle de los acontecimientos sino hasta varios años más tarde. Exactamente nueve años después, ingresé a la vida religiosa en la Compañía de Jesús. Mi vida tomaría un rumbo distinto; mi mirada sobre la realidad se ampliaba en un modo nunca antes imaginado. Entre tanto, al revisar la historia personal, la desaparición de mi amiga comenzó a aparecer como un hito importante en mi vocación. No sabría yo sino hasta muchos años después lo profundo y significativo que la entrega de su vida aportaría a la historia de nuestra salvación. Hoy lo digo con el sentido de la fe, que Jesús ha venido tres veces a mi vida en el rostro de María Alejandra, y siempre me ha mostrado la gratuidad del amor.

Que Colombia no quiere la paz porque varias generaciones han nacido y crecido entre el fuego cruzado y nos hemos acostumbrado a vivir en medio de la guerra sería una respuesta poco suficiente.

Hoy, a mis 34 años de edad, 18 años después de la tragedia de aquel oscuro 16 de mayo, como colombiano, pero sobre todo como ser humano, me aborda la cuestión de la Paz en mi país. Que Colombia no quiere la paz porque varias generaciones han nacido y crecido entre el fuego cruzado y nos hemos acostumbrado a vivir en medio de la guerra sería una respuesta poco suficiente. Es desde aquí que apelo a la memoria, al rostro de aquella niña, e imagino su grito de angustia mientras sentía cómo le arrebatan a su hermano de las manos. Por ella y por todas las víctimas que padecen el dolor y el abandono, es que me resisto siquiera a pensar que en Colombia no queremos la Paz.

El No a la refrendación del acuerdo no necesariamente significa un No a la Paz, más si nos pone frente a nuestra historia de tragedia y de exclusión. El No registra la aguda desinformación respecto del contenido del acuerdo, pero sobre todo es la expresión de una profunda crisis humanitaria que nos pone en situación de indiferencia frente al dolor del otro. Paradójicamente, el No se presenta, en medio de la crisis, como un nuevo llamado, para identificar las raíces que estructuran y alimentan nuestra exacerbada intolerancia respecto de la diferencia; y, con la conciencia de ésta, la invitación a vivir un proceso de cambio y conversión que nos lance a revelar una verdad incluyente y pacífica.

Una verdad incluyente, que haga partícipes a todos y a cada uno de un relato creíble de los hechos violentos, y que emerja victoriosa desde un proceso de diálogo. Una verdad así nos aportará el sentido de lo humano que nos haga solidarios del dolor de las víctimas. Una verdad inclusiva que se hace sabiduría y llega a revelarnos que lo auténtico y legítimo no se conforma con el dictamen jurídico de la justicia humana, sino que se convierte en Vida que escucha el grito del corazón sufriente, y se entrega para rescatarla del miedo y la muerte.

Una verdad pacífica, por la compasión y la acción. Una verdad que supera la perspectiva retributiva del castigo y la reparación material, porque nos exige a todos preguntarnos a fondo si no conviene más bien pensar en una justicia centrada en la gran riqueza de la persona. Porque hemos constatado que la justicia humana, cuando no está centrada en lo humano, termina alejándonos del sentido más auténtico de la dignidad, que todos, siendo iguales en derechos, somos, al mismo tiempo, singulares. Una verdad pacífica es una que no ignora ninguno de los ámbitos que constituyen el amplio dinamismo de lo humano, un criterio que nos hace comprender que una paz duradera y sostenible pasa necesariamente por la experiencia del reconocimiento de la propia singularidad como capacidad para vivir desde el respeto al encuentro con el otro.

Finalmente, cuando son las víctimas las que ofrecen sincera y gratuitamente su perdón, revelan una verdad incluyente y pacífica que supera todo criterio jurídico de justicia, y nos pone en la perspectiva del perdón y la reconciliación como máxima expresión del amor. Entonces, esa verdad trasciende la necesidad y se transforma en don, pues no es otra que aquélla que libera del odio y el deseo de venganza, que cura las heridas causadas a nuestra dignidad. Porque tenemos derecho a conocer qué sucedió con nuestras víctimas, tenemos derecho a llorar su pérdida y a tejer un relato que libere nuestra libertad, para volver a soñar en una nación renovada en su espíritu de respeto, solidaridad y gratuidad. Es en este horizonte que la Palabra de la persona de Jesús de Nazaret resuena, aquella víctima que con su grito entregó su espíritu de Paz, para recordarnos hoy que solo la Verdad nos hará libres.

 

 

 

Jesuita colombiano. Actualmente se encuentra cursando estudios de teología en la P. Universidad Católica de Chile. Además, colabora en la parroquia San Ignacio, de Padre Hurtado.

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