Como Él nos amó

Ámense los unos a los otros como yo los he amado. Juan 15:12

Hace poco, un estudiante universitario me hizo la siguiente consulta. Resulta que un compañero evangélico andaba diciendo que los suicidas no tienen salvación, que Dios los manda directamente al infierno, sin perdón, sin compasión y sin preguntas. Le parecía un poco extremo. Su intuición le decía que así no es el Dios de Jesús, y tenía razón.

Curiosamente, la enseñanza católica del siglo XIX no era muy diferente. El evangélico suele catalogar a ciertas personas como insalvables, predestinadas por un Dios de amores selectivos a condena eterna. Es la enseñanza de Calvino, el presupuesto de mucho sermón protestante y fundamento de la discriminación social en el mundo moderno. En el esquema de Calvino, el suicida cae fuera del círculo cerrado de la salvación. Igual que el preso, el pobre, el adicto, el negro, el feo y el enfermo crónico. Parece absurdo, pero el moralismo católico de la teología neo-escolástica llegaba al mismo destino por otra vía.

Los filosóficos padres de antaño juzgaban que todo error, y toda oveja perdida, tiene perdón de Dios, siempre y cuando se observa la forma canónicamente establecida por las autoridades debidamente acreditadas. Eso quiere decir, si un bautizado comete pecado, no importa la gravedad, tiene recurso al sacramento de la reconciliación. Si se arrepiente, se confiesa, cumple su penitencia y recibe la absolución, puede recuperar su estado de gracia y acceder a la salvación. El caso del suicida, sin embargo, presentaba un problema técnico que el legalismo eclesiástico fue incapaz de resolver. Con su pecado, el suicida acaba con su vida. Por ende, no tiene como pasar por el confesionario antes de llegar al juicio final.

Quienes no logran superar la mentalidad condenatoria de su religión moralizante, no han aprendido a amar como Cristo amó. Quien no ama, no conoce a Dios. Para proclamar la buena noticia del amor infinito, hay que conocer la fuente.

Antiguamente, se negaba el rito de sepultura católica a los que se habían quitado la propia vida. Ni una palabra de consuelo. Qué falta de caridad. La comunidad que Cristo fundó para salvar a toda la humanidad negaba la compasión básica a los familiares en su momento de mayor necesitad. Una iglesia así no podía decir que las alegrías, esperanzas, penas y angustias del pueblo son las mismas de los discípulos de Cristo. Su compasión se demostraba selectiva, sólo para los elegidos, los preferidos y apitutados. Pero así no es como Cristo amó.

Asistí al funeral de dos amigas que se lanzaron de la azotea de un edificio en 1993. El Padre Cánepa celebró la misa. Fue un momento de quebranto total para las familias y para la sociedad. Nadie entendía cómo habíamos llegado a eso. En su homilía, el Padre dijo así: “Sólo Dios puede juzgar estos acontecimientos. Nuestra fe es que Él juzgará con infinita compasión y misericordia”. Esa es la esencia del evangelio, la intuición católica recuperada en la breve primavera post-conciliar. Hace falta reabrir ese Concilio, para rescatar el amor de Jesús, secuestrado por consideraciones técnicas y jurídicas de quienes piensan mucho y aman poco.

Más allá de la ansiedad rigorista de algunos, la enseñanza actual de la Iglesia católica sobre los casos de suicidio es fundamentada en el amor. El aporte de la ciencia es que el suicida, por lo general, no es una persona que actúa con libertad. El neo-escolasticismo más retrógrado y perverso reconoce que la libertad es necesaria para que un pecado grave sea imputable como culpa mortal. La medicina moderna señala que existe una enfermedad muy grave que se llama depresión. Puede ser fatal. El suicida es una persona que sucumbe a su enfermedad de una manera triste e incontrolable, y no por eso debe ser considerado una paria de la sociedad ni de la religión, sino objeto de compasión y solidaridad.

Aquí, la teología católica tiene algo para aprender de Martín Lutero. Chateado con el tecnicismo legalista y el paganismo ritual en la Iglesia de su época, Lutero dijo: “Deja que Dios sea Dios”. O sea, no es el pueblo, ni el catequista, ni el misionero, ni el pastor quienes tienen que andar por el mundo enjuiciando a los hermanos. Solo Dios tiene la compasión infinita que permite juzgar a la raza humana en toda su flaqueza y dolor.

La forma canónica de la reconciliación es para ordenar la vida pastoral en la iglesia. Es para crear un espacio real a la misericordia divina para que los fieles puedan acceder a ella y quedar en paz. No es un decreto humano que Dios está obligado a obedecer.

Dios es Dios. Él es Señor, libre, bondadoso y soberano. Tiene muchas formas para perdonar. Su bondad no es reglamentada por ningún protocolo institucional. Cristo dio la vida para mostrar al mundo que su compasión es infinita. Que se haga su voluntad.

Mi pregunta es por el afán de condenar. Me inclino a no contestar la pregunta teológica sobre quien va al infierno porque encuentro que la pregunta es errada. Sin embargo, es la obsesión de catequistas católicos y pastores evangélicos. La misión no es esa. No estamos aquí para discutir las finuras técnicas de las penas eternas. El misterio de nuestra fe no va por ahí. Jesús no marchó por Galilea decretando las penas del infierno. ¿Por qué lo hacen los predicadores?

La Iglesia santa que Cristo instituyó está en el mundo para salvar. No para salvar de las sentencias despiadadas de Dios. Su justicia es su misericordia. Esa es la buena nueva, y fuimos enviados para compartirla. Estamos en el mundo para amar; para salvarnos, los unos a los otros, de prisión, pobreza y enfermedad. No vivimos para condenar a los hermanos, sino para rescatarlos. Para abrir el camino a una vida mejor.

Quienes no logran superar la mentalidad condenatoria de su religión moralizante, no han aprendido a amar como Cristo amó. Quien no ama, no conoce a Dios. Para proclamar la buena noticia del amor infinito, hay que conocer la fuente.

Esa fue la invitación del Concilio en 1963. Aun no entramos al banquete.

Jesuita, ha trabajado muchos años en Chile y Brasil, en pastorales diversas. Actualmente está de sabático en Texas, EE.UU., su tierra natal.

Sus columnas en TAbierto

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.