Cómo llegar a Belén sin pasar por el mall

D65-554680No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo. Lucas 1:31-32        

“Todo niño que nace trae al mundo el mensaje de que Dios no se ha cansado del hombre”, (Tagore). Cuando ese niño que nace es el mismo Dios, quiere decir que toda la humanidad es tan importante que Dios no quiere vivir sin ella.

La Navidad suscita en cada uno una gran nostalgia, una añoranza que lo llama a volver a la casa donde se sintió querido y aceptado en su fragilidad de niño. La víspera de Navidad es el día del año que más se viaja, no sólo por los caminos de la tierra, sino sobre todo por los senderos interiores del alma en busca de las raíces por las que el ser humano vuelve a la infancia, a los orígenes de su ser, donde encuentra su identidad y su pertenencia.

Navidad es la fiesta de los niños; no sólo de los que tienen pocos años, sino de todo ser humano en quien siempre habita un niño, independiente de los años que tenga. En esa intimidad duerme un ser inocente que busca alguien que lo comprenda, donde pueda descansar al abrigo de un cariño que lo envuelve con su manto.

El Señor nos quiere comunicar una gran noticia. Nos llenará de alegría. Nos tiene un gran regalo que nunca se podría merecer. El regalo es Él mismo. Se entrega en amor incondicional para sanar las heridas y curar las faltas.

Pero, ¿qué sucede en verdad en los días anteriores a la Navidad? La gente se vuelca a las calles recorriendo los centros comerciales. Se agolpa ante las vitrinas y escaparates radiantes de luces y campanitas. Los niños observan absortos con mirada ávida de ilusión, o de tristeza, los juguetes increíbles de la técnica moderna que podrían tener, o nunca tendrán.

Se podría pensar que las grandes tiendas se han convertido en verdaderos templos de la piedad popular. Junto al infaltable pino iluminado y al Viejito hipócrita que engaña a los niños y enfurece a los papás, se levantan pesebres con reyes magos y pastorcitos. Los ángeles con voz celestial entonan Noche de paz, envolviendo el recinto comercial en un falso clima devocional. Se cambió al Niño Dios por el Papá Noel. Ofrece regalos, con tal que le paguen.

Los comerciantes se empeñan en abrir el corazón de sus feligreses a la generosidad cristiana. Ciertamente, logran abrir los bolsillos de muchos para gastar lo que no tienen. Es el tiempo del año en el que se vende más mercadería, en que se pierde más tiempo en vanidades y se acumulan más rabias. Y también se reviven muchas penas.

Una Navidad así no tiene nada de cristiano. No hay allí la paz ni el amor que proclaman los ángeles a los hombres de buena voluntad. Es una Navidad cruel, no sólo para los niños que no reciben juguetes, sino también para los que reciben muchos regalos y poco cariño.

¿Cómo nos podemos preparar para celebrar una verdadera Navidad cristiana en la que nazca en cada uno la verdadera persona que es, en la que se puedan establecer los verdaderos vínculos que nos unen al resto, en la que experimentemos la presencia de ese amor eterno que anhelamos, el amor que se hace presente en la fragilidad de un niño?

¿Cómo podremos disolver las rabias, apagar las penas, soltar las tensiones? ¿Cómo espantar los cansancios acumulados durante todo el año, sin necesidad de romper los vidrios, oídos y corazones de nuestros semejantes?

En medio del silencio de una plácida noche campesina se les comunica a unos pobres pastores que vigilan sobre su ganado que el Verbo eterno de Dios ha hablado por el llanto de un niño que nace. Dios quiere al ser humano en su misma debilidad. Se identifica con él en su pobreza y fragilidad. La omnipotencia del amor de Dios se manifiesta en la pequeñez de una frágil criatura. Para encontrar al Señor de la vida, hay que saberlo descubrir en un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Vayamos a Belén a ver lo que ha pasado”, (Lc.2,15). Vayamos a Belén con los pastores y entremos al establo. Ellos nos invitan y nos conducen. Vayamos llevando el regalo de nuestra pobreza. Vayamos sin miedo a no sentirnos dignos, con el rostro sucio de cicatrices. Vamos cargando el peso de las culpas acumuladas, los combates inútiles y las batallas perdidas.

El Señor nos quiere comunicar una gran noticia. Nos llenará de alegría. Nos tiene un gran regalo que nunca se podría merecer. El regalo es Él mismo. Se entrega en amor incondicional para sanar las heridas y curar las faltas. Todos nos podemos aproximar al Señor del universo que escogió un establo prestado para nacer. Así lo hicieron los pastores que vigilaban en la noche y los sabios que estudiaban las constelaciones. Todos le podemos hacer un regalo, aunque sea un queso de cabra, un cuero de oveja, o un cantarito de greda con miel.

Paz en la tierra a los hombres que ama el Señor. En ese niño indefenso descubrimos la dignidad de todo ser humano por indigente que sea, porque Dios está con él. En todos se revela el poder del amor que Dios nos tiene.

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