Comunidad política y desconfianza

La decepción que hoy nos genera el abuso de poder por parte de individuos e instituciones de todos los sectores políticos, tiene consecuencias que aún no podemos calcular. Sin embargo, el mayor impacto dice relación con la percepción respecto del valor de la democracia. No sólo desconfiamos de nuestros representantes, sino que de cualquier discurso que nos llame a formar parte de un colectivo, o a tener un rol activo en la sociedad. La democracia, tal como la conocemos, limitada a depositar toda la responsabilidad de la toma de decisiones en nuestros representantes, es -y ha demostrado ser- insuficiente. El problema es que en lugar de motivarnos a transformar esa democracia restringida, los atropellos han generado impotencia, así como el fortalecimiento de la idea de que cada quien tiene que luchar por defender sus propios intereses, además de la consolidación de la apatía y la desconfianza entre lxs mismxs ciudadanxs. Así entonces, a pesar del descontento con nuestros representantes y las instituciones, somos incapaces de descubrir el valor que hay en salir a buscar las mejoras que anhelamos, de manera colectiva.

Uno de los principales obstáculos tiene que ver con un factor del que cualquier comunidad pareciera depender: encontrar un elemento compartido. Se asume que una comunidad sólo puede emerger sobre la base de una misma cultura, o bien, de rasgos de algún tipo que propicien una homogeneidad básica para establecer vínculos. Ante la diversidad cultural, sexual, religiosa y política de las sociedades contemporáneas, tal intento de establecer -aunque sea levemente-, un sentido de bien común sujeto a acuerdos, resulta muy complejo y parece peligroso. Desatender las diferencias que, en algunos casos pueden ser profundas, puede efectivamente arriesgar el compromiso con un ideal de libertad que impulsa hacia el respeto por las distintas concepciones de lo que constituye la vida buena para cada persona.

No obstante, descartar la idea de construir una comunidad política por miedo a perder el respeto por el pluralismo de valores, ha llevado a que seamos incapaces de acercarnos a implementar el ideal de la democracia como se pensó en sus orígenes; es decir, como autogobierno colectivo.

El conflicto y el disenso son necesarios para incluir a las diversas concepciones de bienestar en las decisiones que se tomen, pero estamos acostumbradxs a la competencia que termina en “acuerdos”, porque asumimos que la única manera de promover nuestros propios intereses es si logramos que éstos ganen. O sea, cada toma de decisión es un “gallito” que prueba las fuerzas e influencias desiguales de quienes apoyan una u otra postura. Si, en cambio, pudiésemos reconocer el valor de cada uno de los diversos intereses, no nos importaría tanto establecer acuerdos que no son tales, sino que buscaríamos fomentar políticas que atiendan a dar cabida a todas las preocupaciones.

Uno de los principales obstáculos tiene que ver con un factor del que cualquier comunidad pareciera depender: encontrar un elemento compartido. Se asume que una comunidad sólo puede emerger sobre la base de una misma cultura, o bien, de rasgos de algún tipo que propicien una homogeneidad básica para establecer vínculos. Ante la diversidad cultural, sexual, religiosa y política de las sociedades contemporáneas, tal intento de establecer -aunque sea levemente-, un sentido de bien común sujeto a acuerdos, resulta muy complejo y parece peligroso.

A la base de esta última idea, por lo tanto, hay dos concepciones importantes: el igual valor moral de cada ciudadanx y un concepto distinto de democracia. La igualdad entre cada persona, no sólo de cada ciudadanx, es lo que motiva la idea de ciudadanxs con igual estatus, porque esta igualdad justifica repartir el poder político (usualmente en la forma de un voto) también de manera igualitaria. Así, mi intención es enfatizar que una de las cosas que implica ser moralmente iguales tiene que ver con entregar la misma consideración a los problemas que aquejan a cada quien. La igualdad de valor necesariamente debiese expresarse en igual acogida en lo político a la diversidad de problemáticas. A su vez, la idea de democracia asociada a esta noción destaca la capacidad y el derecho de cada persona de ser el propio autor de su vida, por medio de un sistema que reconoce y traduce esa igualdad en participación. Esto quiere significar el autogobierno colectivo; tomar conciencia de ser iguales en valor e impulsar colectivamente los cambios necesarios en el espacio de lo político.

En conclusión, lo que nos limita para poder generar cambios reales, entonces, parece no sólo ser una estructura institucional que “no da el ancho”, sino que la desconfianza entre nosotrxs, lxs ciudadanxs de a pie, porque nos fijamos más en las diferencias que en la propia capacidad colectiva de impulsar esos cambios. Sólo al reconocernos iguales, no en intereses sino en cuanto a los derechos que nos confiere nuestra condición de ciudadanxs, podremos recuperar una democracia que hace mucho tiempo nos dejó mirando, desde la galería, a lxs protagonistas del quehacer político que ya no somos nosotrxs. La categoría de ciudadanxs debería, sin lugar a dudas, expandirse y reinventarse, para ser más inclusiva, pero especialmente, ser sinónimo de un estatus que otorga protagonismo y, con ello, una responsabilidad que va más allá de mostrar el descontento. Ser comunidad política tiene que involucrar reconocernos como iguales y movilizarnos por los intereses de todos, exigiendo por distintos medios (partidos políticos, fundaciones, universidades, trabajos y un largo etcétera) el país que queremos.

La idea de ser iguales entre todxs, hermanxs, no es ni puede ser privativa de nuestra religión o cualquier otra, y tiene que permear el ámbito político para reconocer el rol que nos cabe e ir más allá del cuidado de los intereses particulares. Entonces, la clave para avanzar hacia una comunidad política que ya no descanse tanto en sus representantes, es reconocer el pie de igualdad que el espacio de lo político nos debiese garantizar; ése que no significa ni requiere igualdad de intereses, sino más bien un deseo compartido de asegurar las condiciones que permitan el goce de las distintas versiones de la vida buena que cada quien tenga. Aprovechemos la difícil coyuntura política para cuestionar nuestras propias ideas de comunidad política y dejar a un lado la desconfianza.

Chilena. Cientista Político UDP, Magíster en Pensamiento Contemporáneo y Filosofía Política UDP, Magíster en Teoría Política de la Universidad de Sheffield (Inglaterra) y candidata a Dra. en Filosofía de la Universidad de Glasgow (Escocia).

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