Confianza y credibilidad, la ecuación necesaria

(cc) edufinanzas.com.gt

Una de las cosas que más llama la atención en nuestras sociedades modernas es la cantidad de información que circula por todos lados. Los medios son tan diversos, y de tan variadas tendencias, que uno puede darse el trabajo de comparar informaciones provenientes de distintos rincones y enfoques ideológicos. Si se pudiera seguir la misma noticia en distintos medios, rápidamente saltaría a la vista que las opiniones varían dependiendo de dónde se mire la situación. Por ejemplo, frente a los casos de abuso sexual de algunos sacerdotes católicos, la visión que un católico practicante tenga (obviando en este caso la diversidad de modos de ser católico), será muy distinta a la de un no creyente que, además, no tiene nada de cariño por la institución eclesial.

Otro tanto sucede cuando uno se relaciona desde el prejuicio y no desde la posibilidad de que lo otro, distinto a lo mío, también pueda ser válido. Lo percibimos, por ejemplo, en la sensibilidad política que cada uno tiene, y que ciertamente marca una manera de acercarse a la realidad: entraña una visión de mundo, de país, de relaciones interpersonales, de la economía, etc.

Lo que estoy diciendo no es ninguna novedad, pero me parece importante recalcarlo, pues es muestra de que hemos construido las bases de un mundo en el que se respira desconfianza. La información circula tan rápidamente que las cosas se saben, se comentan, se tergiversan inmediatamente. ¡Quién de nosotros no se ha acercado al periódico o a Internet, y no se ha preguntado, ¿será cierto?, ¿quién dirá la verdad?, ¿cuál será la versión correcta? Este ejercicio de nuestra racionalidad, que puede ser muy válido, nos puede llevar a vivir en medio de una desconfianza radical, y nos lanza a una pregunta igual de radical: ¿A quién le creemos verdaderamente?

Hay que cuidar la credibilidad, y, también, cultivar el ojo atento y generoso para atreverse a mirar de otra manera, como el Señor Jesús, que ve cosas que otros no ven: en ciegos, sordos, paralíticos y leprosos ve a alguien a quien sanar; ve personas en mujeres adúlteras a punto de ser lapidadas, en viejecitas pobres, en cobradores de impuestos que engañan al pueblo, en hombres revoltosos, en centuriones necesitados, en discípulos cobardes, en rígidos religiosos; es capaz de perdonar, incluso a los que le quieren cortar el cuello.

Curiosamente, aunque Jesús sea bastante creíble, hay quienes no le creen: “Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo? Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él” (Jn 6, 60.66). Parece que no sólo basta con ser creíble, sino que también se requiere, en cada persona, el trabajo de confiar y creer, aunque no sea posible entender todo de una sola vez.

Pero dirán los lectores, ¿cómo creer en alguien que ha estafado a otros? ¿Cómo fiarse de alguien que ha abusado de aquellos a quienes debía cuidar? ¿Cómo confiar en aquellos que no hacen bien su trabajo? Es cierto. Volver a confiar no es sencillo, pero ¿acaso no hacemos a cada momento un acto de confianza en distintas personas, incluso desconocidas? ¿No confiamos todos los días en el chofer que maneja el autobús o el taxi? ¿No confiamos en que la gente de la panadería tendrá el pan a la hora para tomar desayuno y salir a trabajar? ¿No hacemos confianza en los profesores de nuestros hijos? ¿No confiamos en que nuestros políticos de una vez por todas solucionarán los problemas que más nos aquejan? ¿No confiamos en el amor de nuestra pareja, de los hijos y de las amistades?

Por eso es tan grave cuando alguien rompe las confianzas; porque genera una inseguridad tan grande que nos deja en medio de una gran incertidumbre. La experiencia de Jesús nos enseña a mirar: “El Señor se volvió y miró a Pedro. Recordó Pedro las palabras que le había dicho el Señor: ‘Antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces’ y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente” (Lc 22, 61-62). Y Pedro amaba y creía en Jesús.

Parece que para volver a confiar es necesario dejarse mirar y reconocer las propias limitaciones que cargamos como exigencias sobre los demás. Para ser creíbles, ayuda mucho ser sencillos y abiertos con todos, sin ver al otro como adversario, sino como a alguien que me interpela.

Puede que estas palabras suenen a prédica. Quizás lo son. O quizás es mi intento por entender cómo poder confiar y ser confiable en el reducido mundo en el que me muevo. Para algunos éstas serán palabras ingenuas. Pero si ser ingenuo significa confiar en los demás y cuidar la credibilidad, sin pensar a priori que el otro tiene dobles intenciones, prefiero seguir siéndolo.

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.