Conocerse para amar

Una de las características actuales de los medios de comunicación, es que nos invaden con propaganda mercantil. Nos ofrecen desde lo más necesario hasta lo más superficial, provocándonos el deseo de comprar lo que vemos. Sin embargo, ¿a cuántos les ha pasado que cuando ven, tocan y sienten esos productos de cerca, cambian de opinión y ya no los quieren más?

Afortunadamente, las personas no suelen ofertarse en propagandas publicitarias. Quizás no hay para qué, pues estamos en continua relación todo el tiempo. Aun sin conocernos, nos relacionamos siempre: cuando preguntamos la hora, cuando pagamos una sopaipilla, en el supermercado, etc. En estos casos, no conozco a la persona con quien interactúo, y tampoco ella nos conoce, pero sí nos percibimos. No somos, pues, esos objetos que se exponen para vender: si lo fuéramos, necesitaríamos tocarnos, vernos de cerca y palparnos; cual producto, para apropiarnos los unos de los otros.

En nuestra historia, contamos por lo general con un círculo de personas con quienes compartimos la vida; ellas son testigos de lo que somos… de quiénes somos. Al mismo tiempo, también nos hacemos testigos de quienes son estos cercanos. No sólo sabemos quiénes son ahora, sino también de dónde vienen, cómo llegaron hasta aquí, y hacia dónde van.

El reto de la sociedad de Chile, de América y del mundo entero es abrirse a ese conocimiento del Otro. Un Otro que es extranjero, de otra ciudad, de una comuna diferente o de otra cultura. Debemos disponernos a experimentar junto al Otro el regalo de lo distinto. Sólo así podremos conocer a Dios; quien se hizo hombre en este mundo en el que convivimos con los otros.

Cuando se entra en el lenguaje del amor, el conocer se hace crucial. En el evangelio de Juan (8, 12-20), los fariseos piden argumentos para saber quién es Jesús. Él responde: “no me conocen a mí ni a mi Padre; si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre”. Creemos saber quién es una persona con pequeños datos -que en su mayoría corresponden a cuestiones externas-. Creemos que podemos hablar con autoridad por decir que vienen de aquí o de allá, el color de su piel, cómo habla, sus gustos, cómo piensa con respecto a cierto tema, sus errores y sus debilidades. Pero esa persona no sólo es eso. La persona es un misterio; aun creyendo conocerla, es mucho más lo que se desconoce.

No deberíamos amar sólo lo externo, que en las parejas es lo primero que atrae; sino, deberíamos amar también lo interno de la persona que se ama: su historia, el entorno que la hizo así, las personas que la amaron antes que yo. Se ama lo que hizo posible que esa persona llegue a ser lo que es ahora, de cómo es esa persona ahora. Compartir la vida en amistad, fraternidad y amor es recorrer un camino que puede ayudar a sanar heridas, que nos  mueve a atrevernos a dar y recibir ayuda. En definitiva, a ser resilientes.

Con razón dice Lucho Espinal sj, en su oración “Misterio de la persona”: “Hay lágrimas detrás de muchos ojos al parecer risueños. Aún la persona más vulgar o despreciable encierra su misterio; si lo descubriésemos la llegaríamos a amar”. Porque amar es atreverse a dar ese paso de aceptación por la historia personal del otro, sin el morbo de saber o conocer sus heridas y debilidades, sino de cuánto amor rebosa en su vida.

En la oración ignaciana hay un motor que dirige ese momento de encuentro con Dios; lo llamamos “petición”. Y una petición que se encuentra en la Segunda Semana de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio señala “…pedir conocimiento interno del Señor que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga” (EE 104). Dios no toma ventaja en su creación, somos libres de relacionarnos con Él. Pero, ¿cómo puedo amar a un Dios que no conozco, o creo conocer superficialmente?

El conocimiento interno de Jesús, que nos revela al Padre, nos acerca más a Dios. Conocerlo, o intentar conocerlo, implica seguirle. Para conocer a alguien hay que estar con ese alguien, gastar la vida con ese alguien, seguir a ese alguien. Por lo tanto, la relación con las personas más próximas a nuestro entorno íntimo implica conocer parte del misterio que quieran revelarnos.

El reto de la sociedad de Chile, de América y del mundo entero es abrirse a ese conocimiento del Otro. Un Otro que es extranjero, de otra ciudad, de una comuna diferente o de otra cultura. Debemos disponernos a experimentar junto al Otro el regalo de lo distinto. Sólo así podremos conocer a Dios; quien se hizo hombre en este mundo en el que convivimos con los otros. Porque Él fue, en algún sentido, un Otro más.

En muchos casos, la mejor ayuda que podemos dar a las personas, es ser parte de un entorno que le ayude a crecer. Una ayuda que no anula a la persona. Una ayuda que se involucra en el amor y la hace libre, respetando su misterio. Nuestra presencia se hace agradable porque participamos en la experiencia de la revelación de Dios en su vida. De esta manera nos hacemos testigos… testigos del amor de Dios en el mundo.

Hermano jesuita y bachiller en Teología de la P. Universidad Católica de Chile. Trabaja actualmente como capellán de primaria, en el colegio del Sagrado Corazón de Sucre.

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