Consumo de droga, cuestión social

Las noticias internacionales respecto de la droga muestran que mientras en México son sistemáticos los secuestros y asesinatos de mujeres jóvenes utilizadas en el comercio sexual; en las favelas de Río de Janeiro se desata una batalla entre los carteles y la policía junto al ejército. En Chile no hemos llegado a eso; sin embargo, no podemos desconocer que hoy en nuestro país son miles las personas violentadas cotidiana y sistemáticamente por el negocio de la droga.

Las víctimas de este negocio son muchos más que los adictos: son todos los sometidos cotidianamente a los “sapos” en cada pasaje, a los jóvenes con armas, a las balaceras de cada fin de semana, al acoso por parte de los líderes del negocio, a la ausencia de locomoción. Allí no es extraño encontrar madres con depresión, viviendo con la constante angustia de que su hijo pueda ser reclutado por la droga, o que sea víctima de su violencia; escuelas con vidrios blindados, profesores y apoderados temerosos. Niños con armas “capturados” por estas bandas; venta en colegios, bebés desnutridos porque la mamá esta “pegada” en la esquina, jóvenes que desde temprano caen en centros de detención y luego a la cárcel por venta de droga; personas que no encuentran trabajo por venir de tal o cual lugar vinculado al narcotráfico.

Esto acontece hoy, a las doce del día, a las tres de la tarde o a las ocho de la noche. Se arma una balacera de tres tiros por lado entre dos bandos.  El que está en la calle debe esconderse donde sea; el que mandó a su hijo a comprar al almacén se muere de miedo; la señora que fue a la feria…no volvió. Esto ocurre hoy en todo Chile, sin ruido y bajo el eufemismo de “sectores vulnerables”.

Las estrategias contra el consumo de droga han apuntado a mostrar el daño a la salud que éstas causan, apoyándose en el bienestar individual del sujeto, en los costos y beneficios para quien consume; en definitiva, en la elección de riesgo individual. La estrategia apela al hombre como un ser egoísta que maximizará su propio beneficio, desafectándose de los demás. Mientras siga siendo así, el hombre seguirá haciendo funcionar la oferta y demanda (de droga), y mientras miles hagan uso de su libertad asumiendo “un poco más de riesgo” en su salud por un carrete estimulante a base de un pito, una línea, un ácido, éxtasis, etc.; otros miles vivirán violentados y oprimidos por el negocio drogadicto; de modo que el libre riesgo asumido por unos, seguirá financiando la opresión sobre otros.

El ser humano es más que sus intereses y deseos particulares, y no puede entenderse sino es en relación con los demás, pues es en esas relaciones donde nos dignificamos. Como sociedad, cada vez que nos hemos atrevido a mirar y tocar, a compartir y sentir con el que ha sido afectado por la injusticia, la desgracia o la violencia, la respuesta ha demostrado que sí somos capaces de sentir con el otro.  En esas ocasiones hemos podido entablar relaciones justas que dignifican a todos los partícipes de la relación, aportando al verdadero desarrollo del país; aquel que no se ve retrasado ni espantado por un terremoto, una mina derrumbada, o un aluvión, sino que justamente en esas ocasiones se puede mostrar con toda su fuerza.

Reconocer la sombra de muerte e inseguridad que deja la droga no es popular, aumenta los índices de inseguridad, disminuye la inversión y el turismo, y hace ver mal a quienes trabajan a diario para combatirla. Pero no reconocer la situación de violencia que viven cotidianamente miles de chilenos es sumar otra violencia contra ellos: la indiferencia. Es necesario sacar a la luz los rostros e historias de personas que deben soportar la violencia del negocio de la droga, para comprender que la cuestión del consumo es un asunto ético social, donde el ejercicio de la propia libertad procure fomentar relaciones de justicia y dignidad, en especial para los violentados y marginados.

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