Costadoat y el don de cuestionar

Me hice católica en la universidad gracias a un curso teológico que desafió mis ideas preconcebidas y me abrió a la posibilidad de la fe. No porque dicho curso fuera muy ortodoxo o porque haya tenido un profesor persuasivo que me convenciera con su habilidad de dogmas y verdades. Fue justamente la capacidad de crítica la que me abrió a la posibilidad de creer. Mi fe estaba enterrada bajo capas de rechazo al formalismo eclesial, a un Jesús dulcificado, privatizado, aguado. A la hipocresía de muchos miembros de una clase alta católica que va a misa pero no está dispuesta a cambiar una coma de su estilo de vida por el Evangelio.

Quitémonos el sombrero como signo de la apertura de nuestra racionalidad a la presencia de Dios. Pero no dejemos que nos corten la cabeza, pues sin ella nuestra fe se vuelve aguada, sentimentalista y superflua; la teología una disciplina inútil y la Iglesia una secta fundamentalista, incapaz de dialogar y transmitir el mensaje de Jesús en el mundo contemporáneo.

No fueron los bellos cantos de las misas de San Joaquín, ni las imágenes de la virgen María ubicadas en cada patio las que me abrieron a la fe. Fue un curso de Biblia, en el que pude aproximarme con libertad y capacidad de análisis a un texto complejo y rico, lleno de palabras de vida. Un libro en el que generaciones de creyentes dejaron plasmado su diálogo con Dios, diálogo existencial, profundo, cuestionador y marcado por circunstancias históricas y culturales diversas. Como estudiante de Historia, me fascinó la posibilidad de acercarme críticamente a unos textos de los que sólo había escuchado lecturas piadosas y moralistas. Esa experiencia no anidó en mi cabeza una verdad, sino una pregunta: ¿Se puede conversar con Dios? ¿Será cierto que no estamos simplemente arrojados y solos en este mundo sino acompañados por un Dios que quiere dialogar con nosotros? Esas preguntas, sembradas con inteligencia y pasión por mi profesor de Biblia, removieron mis certezas y me abrieron a la posibilidad de creer y de vivir acompañada por Dios.

Por eso duele cuando expulsan a profesores que plantean preguntas. Pues son las preguntas las que nos movilizan, nos abren a lo diverso, nos hacen pensar y comprometernos con la verdad; nos inspiran y nos impulsan a cambiarnos y a cambiar el mundo.

Mi profesor de Biblia fue expulsado hace años. Se le ocurrió ir a enseñar a Casa Central, y los abogados. Allí, muchos de ellos, al parecer más dueños de la verdadera fe que los teólogos, se encargaron de difamarlo hasta lograr expulsarlo de la Universidad Católica. Hace unos meses fue desvinculado de esta misma casa de estudios Patricio Miranda, profesor de teología y trabajo social. Su voz crítica, influida por un acercamiento intelectual y vital al pensamiento latinoamericano, le valió el despido luego de casi 20 años de servicio y méritos académicos indiscutibles.

Ahora expulsan al sacerdote jesuita Jorge Costadoat, teólogo apasionado por Jesús y por el Reino. Su fe en un Dios misericordioso, más atento a las personas y sus sufrimientos que a las normas y convenciones eclesiales, le costó su puesto de trabajo. El que nos ha acercado al rostro misericordioso de Cristo es impedido de enseñar de manera autoritaria y sin fundamentos válidos. ¿Puede llamarse Universidad a un centro académico en el que se vuelve prohibitivo preguntar y cuestionar? ¿Puede llamarse católica una institución que afinca su seguridad en un Dios aliado con el poder y el statu quo, que no permite cuestionamientos? ¿Pueden nuestras autoridades eclesiásticas defender la libertad de enseñanza y luego expulsar a un profesor por ser demasiado libre? El pensador inglés G.K. Chesterton decía: “Para entrar a la Iglesia hay que quitarse el sombrero, no la cabeza”.

De esta forma, quitémonos el sombrero, como signo de la apertura de nuestra racionalidad a la presencia de Dios. Pero no dejemos que nos corten la cabeza, pues sin ella nuestra fe se vuelve aguada, sentimentalista y superflua; la teología una disciplina inútil y la Iglesia una secta fundamentalista, incapaz de dialogar y transmitir el mensaje de Jesús en el mundo contemporáneo.

Chilena. Historiadora y profesora UC. Magíster en Historia por la UAH y estudiante de Teología en el Boston College, EE.UU.

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