Cristianos frente al horror en Colombia

Desde el año 2012 existe una mesa de diálogo para la paz entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en la ciudad de La Habana, Cuba. Pero la pregunta que surge ante tal situación es, ¿en qué estamos contribuyendo los cristianos?

“El grito de las víctimas es lo que posiblemente esté generando un desescalamiento de la guerra. El grito está generando una obligación ética”, comentó Emma Wills, del Centro Nacional para la Memoria Histórica, en un panel organizado por el Centro de Investigación para la Educación Popular (CINEP). Mientras le prestaba atención busqué en el diccionario la palabra desescalamiento: disminución, merma, reducción.

El diálogo continuó, y un señor de nombre Camilo González Posso, a quien presentaron como parte del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz, enfatizó: “Las víctimas colectivas, por regiones. Eso es lo que está presionando para que la paz ocurra”. Otra vez las víctimas.

Todas y todos podemos ser parte de ese diálogo de paz, incluso desde otras latitudes. Es cuestión de sumarnos a los que ya están aportando o generar nuevas propuestas. La mesa está puesta, es nuestra decisión colaborar.

Después vinieron intervenciones varias: “Hay cambios en los discursos, hay un lenguaje distinto en las negociaciones. Pero está el otro lenguaje que circula por la sociedad. No solo es desarmar al armado, sino desarmar lo de dentro, el marco interpretativo de quién es el bueno y quién es el malo”.

Me enteré, según lo que ahí se reflexionó, que en Colombia hay 52 zonas identificadas con minas antipersonales, que cobran vidas de personas inocentes. Un mes después leí en un periódico local que habían desactivado una gran cantidad de esas armas. También entendí la importancia de una señal de paz: decirle a los familiares de los desaparecidos dónde están los cuerpos con o sin vida.

Hay más de 8 mil detenidos en las cárceles a causa de la guerra, y los analistas se preguntan por la ruta que seguirán los tribunales colombianos en el marco del diálogo por la paz. Al parecer no hay una respuesta clara aún.

Otra situación alarmante en todo este contexto es una parte de la política económica en Colombia. El impulso de inversiones nacionales y extranjeras conocidas como megaproyectos en comunidades indígenas, afros y campesinas, está generando zozobra y división. En algunos casos, cuando las inversiones contemplan la compra de tierras de la región, hay resistencia por miedo a ser desplazados por estos proyectos. Algunos consideran que las negociaciones en los diálogos de paz deberían también incluir la búsqueda de soluciones a estas políticas que generan más conflictos.

En el mes de marzo, un reconocido filósofo, político y matemático, Antanas Mockus, encabezó una marcha cuyo lema fue “La vida es sagrada”. Estábamos en la Plaza Bolívar de la ciudad de Bogotá y cuando le tocó dirigir unas palabras, Mockus dijo: “Un día, en Colombia matar a una persona será tan inaceptable como acostarse con la mamá. Tenemos que grabar en nuestra piel, en nuestros músculos, el no matarás”. Así, directo y al afecto. El silencio en la plaza se hizo sentir. Y cerró su discurso haciendo un llamado al Magisterio nacional, los profesores del país que, según Mockus son los que cuentan con mayor confianza en la sociedad colombiana: “Hay que formar a la gente para que sea honrada, aunque pierda la fe”.

Después de la marcha, vino la Cumbre Mundial de Cultura y Arte para la Paz en Bogotá del 6 al 11 de abril. Luego, un espectacular partido de fútbol que se promocionó como “Un gol por paz”.

Antes todos estos hechos, hay una pregunta que todo cristiano debería hacerse: ¿Cuál es la actitud que nos toca asumir?, ¿cómo católicos, evangélicos, presbiterianos, pentecostales, todos seguidores de Jesús de Nazareth, podemos ser parte de la solución?, ¿nos toca ser cristianos espectadores ante el horror de la guerra?

El cristianismo está siendo confrontado por  el sufrimiento de las víctimas. La indiferencia puede ser cómplice del horror. El seguimiento a Cristo se encarna con más fuerza ahí  donde la hermana y el hermano claman por ayuda. Ya hay organizaciones y grupos de iglesia colaborando. Sin embargo, los que aún no contribuimos ¿hacia dónde tenemos que encaminar nuestra ayuda? Es un buen tiempo para reflexionar y empezar a ser parte de esa mesa de paz, que no solo está en La Habana, sino en cada rincón de Colombia. Todas y todos podemos ser parte de ese diálogo de paz, incluso desde otras latitudes. Es cuestión de sumarnos a los que ya están aportando o generar nuevas propuestas. La mesa está puesta, es nuestra decisión colaborar.

Mexicano. Abogado. Estudiante jesuita en la etapa de Teología.

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