Cuando Dios incomoda

CC: Vida Universitaria, Unab.

CC: Vida Universitaria, Unab.

Hace unos días acompañé a un grupo de estudiantes universitarios a un encuentro deportivo. Al tercer día del torneo noté que había mucho nerviosismo e inseguridad entre ellos, así es que decidí citarlos a uno de mis lugares “secretos”, donde recupero fuerzas y seguridad: la capilla universitaria. Tuvimos un diálogo honesto, compartimos cómo estábamos y nuestros deseos en esa justa deportiva. Uno de los compañeros presentes pertenece a otro grupo religioso, por lo que decidí no abordar temas explícitamente católicos, y  me referí  a los deseos de esperanza, amistad y compañerismo que estaban en nuestro interior. Al día siguiente ganamos el primer partido, precisamente al equipo campeón del año anterior. Como estaba contento por el resultado, decidí repetir el ejercicio. Terminando el desayuno de la mañana siguiente pregunté al equipo: “¿Qué les parece si antes del partido de hoy, nos reunimos nuevamente en la capilla?”. El silencio fue incómodo. Le dije a uno de los jugadores más destacados que decidiera, y con un gesto supe que “era mejor que no”.

La palabra “Dios” estorba, incomoda; cuando la imagen es de un ser superior que castiga y vigila, alguien que “por ti está ahí crucificado”, ese Dios al que de alguna manera asesinaste porque te dijeron “que murió por tus pecados”. Con ese Dios es poco probable que los universitarios se quieran relacionar.

Un semestre antes de este suceso, junto a un compañero jesuita ofrecimos un seminario abierto a toda la universidad sobre Jesús de Nazaret. Empezamos con una pequeña presentación sobre las intenciones del curso y la bibliografía, y dejamos que los asistentes eligieran la periodicidad de las sesiones y los horarios. Ese día nos esforzamos por presentar al nazareno como una figura interesante y polémica, queríamos que los estudiantes se sintieran atraídos hacia la figura de Jesús: “Ya verán como irán ganando libertad una vez que lo conozcan”, les decíamos. Se inscribió un número importante al curso, pero conforme avanzaban las sesiones nos quedamos con menos de la mitad de los alumnos. Es más, luego de varios intentos, ni siquiera pudimos evaluar el seminario por falta de quórum. Repetimos la invitación en una segunda convocatoria, el resultado ya se lo podrán imaginar.

Más allá de si el curso fue aburrido o si no les simpatizamos a los universitarios, lo ocurrido en el torneo deportivo me hizo comparar los hechos y preguntarme: ¿Acaso Dios incomoda en la universidad? Y ahora me contesto con la ligera sospecha de que sí. La imagen de Dios enseñada cuando eran niños y confirmada de adolescentes, es muy difícil de cuestionar. Está inoculada hasta el tuétano. La palabra “Dios” estorba, incomoda; cuando la imagen es de un ser superior que castiga y vigila, alguien que “por ti está ahí crucificado”, ese Dios al que de alguna manera asesinaste porque te dijeron “que murió por tus pecados”. Con ese Dios es poco probable que los universitarios se quieran relacionar. Es más, ya hasta de burla varios se han declarado “ateos”. Y con justa razón. En el fondo yo me digo: “Mira, Orlando, no creo que a Dios le importe que crean en Él, sino que amen”. Así resuelvo el asunto, pero me parece injusto que hayan tenido que crecer con esa imagen deformada de Dios.

En los primeros años de enseñanza cristiana urge un lenguaje nuevo que no transmita la idea de un Dios que intoxica y que no deja vivir. A ese lenguaje críptico e incomprensible para la infancia, es necesario inyectarle creatividad y una estructura novedosa a la hora de transmitirlo, de lo contrario, si creemos en esa imagen deformada de Dios, sería mejor declararse “ateo”.

Mexicano. Abogado. Estudiante jesuita en la etapa de Teología.

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