Cuando las injusticias nos paralizan

No sé si usted conoce esta sensación: Al darnos cuenta de tanta injusticia que nos rodea, quedamos perplejos, confundidos. Abrumados por la cantidad y complejidad de los frentes, como si el sentido de justicia no supiera a dónde dirigirse primero. Así me sentí esta semana, sin palabras. Paralizada.

Muere un subcontratista de Codelco en medio de una huelga. A los pocos días, queda con graves heridas un carabinero. Nos enteramos de que solo el 14% de las personas privadas de libertad completaron su escolaridad. Por otro lado, mientras estamos atentos a los debates sobre educación, salud, financiamiento de campañas políticas, corrupción, etc. -todos muy necesarios, por cierto- el gobierno tramita con urgencia la prórroga de la Ley de Fomento Forestal, que seguirá dejando a muchas comunidades del sur del país sin agua. De esto último ni nos enteramos.

Somos testigos cómo, silenciosamente, se muere la Creación y se altera su equilibrio por nuestras propias actividades contaminantes. Sequía, inundaciones. El desierto se acerca a Santiago. Los glaciares se retiran. El océano es un basurero de plásticos.

En el Medio Oriente y en África, lejos de nosotros, guerras, ejecuciones, tortura. Cientos de miles de muertos, refugiados, desplazados. Esclavas sexuales. Otros que mueren por ser cristianos, musulmanes moderados o, simplemente, a causa de la pertenencia tribal, como en la región de los Grandes Lagos, en el centro de África: guerras por materias primas que nos permiten tener nuestros smartphones. Europa dejando que se hundan miles de personas en el Mediterráneo con tal que no lleguen a las costas de un continente que se convirtió en fortaleza.

Cada uno de nosotros puede continuar la lista de acciones concretas y creativas, para que las injusticias que vemos día a día, no nos paralicen ni nos dejen mudos, sino que por el contrario, nos animen a actuar y luchar contra ellas. Es posible que no veamos los resultados; pero a lo mejor en algún momento nos llega un reflejo de lo que puede haber significado para otro ese cambio de estructuras, o una noción de cómo hubieran sido las cosas si no lo hubiéramos hecho.

En la Iglesia, estamos ocupados de salir al reencuentro con el Evangelio. Nos vemos exigidos por mantener un difícil balance entre examinarnos a nosotros mismos -para transparentar las propias estructuras de injusticia, abuso y encubrimiento-, y no dejar de atender el gran clamor por los numerosos atropellos de nuestros tiempos.

¿Son muchas palabras para haber experimentado esa parálisis que describía al comienzo de esta columna? Sí. Y si usted aún está leyendo, ¡qué pena! Porque lo que escribí, probablemente, ya lo sabía. Ninguna novedad. Mejor hubiéramos buscado el punto verde más cercano, calculado nuestra huella de carbono e ideado las formas de reducir y compensarla. Podríamos haber escrito a nuestro diputado o senador indicando que no debiera aceptar una reforma educacional que perpetúa la desigualdad, ni la Ley de Fomento Forestal que quita el agua a las comunidades. Mejor hubiéramos insistido ante el Ministerio del Interior que Chile acoja a refugiados del Medio Oriente, o haber interpelado a nuestro obispo, para fortalecer los mecanismos de prevención y, especialmente, de reparación para los abusos sexuales y de poder en la Iglesia. Porque no me quiero refugiar en las típicas frases como “estar informada de las injusticias”, o decir que no puedo hacer más que “ayudar a esa persona concreta que está a mi lado”.

Es normal que nos toque el corazón lo que pasa a nuestros hermanos y hermanas. Pero también es necesario que Dios nos mueva los brazos, el cerebro y los pies. Que nos dé lucidez y sabiduría para escoger nuestras luchas y nuestras acciones contra la injusticia. Que nos metamos de una vez por todas en la tarea ardua de cambiar las estructuras que parecen inamovibles. Que nos instale la esperanza y la creatividad de buscar nuevos caminos. Llámese organizarnos para abrir otro punto verde, reducir nuestra huella de carbono, participar del sindicato, buscar productos de comercio justo, o apoyar una organización que busque cambios estructurales contra nuestras injusticias.

No parecerá más imposible ni más loco que la esperanza de un hombre de Nazaret hace dos mil años que predicó la llegada del Reino de Dios, la liberación de los cautivos, el arribo del año de gracia, ante la ocupación romana, la colaboración de las elites con los ocupantes y la exclusión de la mayoría de la sociedad de su tiempo.

Cada uno de nosotros puede continuar la lista de acciones concretas y creativas, para que las injusticias que vemos día a día, no nos paralicen ni nos dejen mudos, sino que por el contrario, nos animen a actuar y luchar contra ellas. Es posible que no veamos los resultados; pero a lo mejor en algún momento nos llega un reflejo de lo que puede haber significado para otro ese cambio de estructuras, o una noción de cómo hubieran sido las cosas si no lo hubiéramos hecho. La apuesta ciertamente es a más largo plazo de lo concretamente visible.

Alemana, vive en Chile y es miembro de la CVX adultos. Cientista Político por la universidad Johannes Gutenberg, de Mainz, Alemania, y Doctora en Derecho por la universidad de Essex, Reino Unido. Académica, especialista en derecho internacional y derechos humanos.

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