Cultivar la esperanza. Comentario al Evangelio del primer domingo de Adviento.

En mi comunidad tenemos la sana costumbre de comenzar nuestras reuniones comentando el presente. Hablamos de “lo que está pasando” en nuestros barrios, en nuestros trabajos, en nuestro país y en nuestro mundo. Nos quejamos de lo malo y celebramos lo bueno. Nos reímos, a veces con auténtica alegría y a veces sarcásticamente, refugiándonos en el humor como la única manera de soportar situaciones intolerables. Y la verdad es que, este último año, esos comentarios se han vuelto cada vez más negros. La sensación de crisis nos acompaña cotidianamente. La violencia nos duele. El abuso empresarial nos indigna. La crisis eclesial nos desesperanza. El atolladero político en el que estamos metidos nos ahoga. La desigualdad del país nos enoja. La sensación de opresión nos aplasta. Los conflictos internacionales nos desconciertan. La crisis ecológica nos hace temer frente al futuro.

En este contexto, ¿cómo mantener la esperanza? ¿Cómo seguir creyendo sin ser ingenuos? ¿Cómo sostener que tenemos un Dios amoroso y providente cuando el mundo creado por Él parece caerse a pedazos? Pienso que en este Adviento, quizás con más fuerza que en otros, debemos hacernos estas preguntas, y buscar en medio de la oscuridad aquella luz que el Señor nos ofrece para seguir caminando.

El Evangelio del primer domingo de Adviento nos dice: “Habrán señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia en las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y del oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo, pues los astros temblarán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levántense, alcen la cabeza, porque se acerca su liberación.” (Lucas 21, 25 – 27) Sin duda, este texto describe una crisis más honda y dramática que la nuestra actual. Pero nos anuncia una buena noticia: en medio de la crisis y la angustia, llega el Hijo del Hombre, Jesús, con gran poder y gloria. Y su venida es liberación para nosotros, causa suficiente para levantar la cabeza, dejar de lado la desesperación y mirar hacia adelante.

Este texto está puesto ahí por la liturgia de la Iglesia para ayudarnos a preparar la venida de Cristo. La última venida, que acontecerá “al final de los tiempos”, y también revivir su primera venida: la del Dios encarnado, que nace pobre y pequeño en un pesebre.¿Cómo se presenta el Señor? ¿Cómo demuestra su poder y su gloria? Haciéndose íntimamente solidario con nosotros, naciendo como uno más, marginado desde el nacimiento, en una aldea pequeña en un gran imperio. No impone su poder ni soluciona todos nuestros problemas. Pero nos hace alzar la cabeza, pues, aún en medio de las crisis más profundas, podemos descubrir su presencia cercana que nos sostiene y nos anima.

¿Cómo se presenta el Señor? ¿Cómo demuestra su poder y su gloria? Haciéndose íntimamente solidario con nosotros, naciendo como uno más, marginado desde el nacimiento, en una aldea pequeña en un gran imperio. No impone su poder ni soluciona todos nuestros problemas. Pero nos hace alzar la cabeza, pues, aún en medio de las crisis más profundas, podemos descubrir su presencia cercana que nos sostiene y nos anima.

¿Cómo cultivar la esperanza en estos tiempos de crisis? Miremos primero al Señor que nace pobre y aprendamos a descubrir en Él esa luz que brilla en las tinieblas. No hay fracaso que nos pueda alejar de Cristo, ni pecado que nos quite el regalo de su cercanía amorosa. En estos tiempos, habrá que aprender a respirar sumergido en el agua y mirar en la oscuridad para encontrar al Señor. Habrá que ahondar en la crisis, estar más cerca de sus víctimas y no escaparnos de su dolor. Habrá que ser lúcidos, cultivar una inteligencia que nos ayude a conocer a fondo nuestras dificultades, pero también que nos ayude a mirar más allá de ellas, hacia lo que prometen como semillas de algo nuevo.

Es en este lugar y tiempo, y no en otro, en que tenemos que ser capaces de dar razón de nuestra esperanza. Y dejar de ser profetas de calamidades para convertirnos en anunciadores de una Buena Noticia. Sólo ahí tendremos los sentidos preparados para reconocer al Jesús que viene y que está hoy, en medio nuestro, dándonos razones para mantener la esperanza.

Chilena. Historiadora y profesora UC. Magíster en Historia por la UAH y estudiante de Teología en el Boston College, EE.UU.

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