Danzas circulares: un aporte para la paz

En tiempos como los nuestros, caracterizados por un aumento en las formas de expresión de la violencia, la intolerancia y la desconfianza en el otro, y en los que, además, se intensifica la pérdida de sentido y de referentes que nos conecten con lo sagrado, también se observan experiencias más positivas, en las que tanto personas como movimientos trabajan por la paz, buscando recuperar la armonía y la confianza. Uno de estos movimientos es el de la las danzas circulares, presentes en varios países del mundo, y en Chile desde comienzos de los 2000.

El movimiento surge con Bernhard Wosien (1908-1986) a partir de su incansable trabajo en Escocia durante los ‘70s, con el objetivo de preservar danzas y bailes tradicionales de distintos pueblos. Wosien constata que la danza es parte de la ritualidad de muchas comunidades, y que danzar juntos constituye un vínculo entre las personas y la comunidad. La danza circular genera pertenencia y hace comunidad. Las coreografías y movimientos realizados, en su mayoría en círculo y tomados de las manos, nos ayudan a generar una conciencia colectiva que se construye trascendiendo las fronteras de edad, sexo, idiomas, nacionalidades y religión. Las rondas se tornan auténticas comunidades, compuestas por individuos que, a pesar de no conocerse profundamente, vibran en una misma sintonía y con el propósito de aportar a la paz.

Mi acercamiento hacia las danzas circulares sucedió el año 2017, en una jornada de reflexión con los profesores y funcionarios del IPH – Instituto Padre Hurtado de Huechuraba. En esa ocasión se nos ofreció un pequeño taller de danzas donde se buscaba que los participantes lograran una conexión con su interioridad, esto es, con el mundo de sus afectos, memorias y emociones. Posteriormente, en octubre de 2017 participé del 7º Festival de Danzas Circulares de Chile (vídeo aquí). Allí comprendí que las danzas circulares son una expresión privilegiada de la corporalidad en movimiento, y que remiten a un espacio sagrado, al mundo interior, donde uno puede encontrarse consigo y con el Otro. En estas dos experiencias iniciales descubrí tanta profundidad que continué asistiendo a una ronda que se reúne semanalmente a danzar. Comprendí que lo importante no es que no te equivoques sino que bailemos juntos, como me decía una compañera. Hoy, después de cumplir un año bailando en la ronda de San Miguel, sigo cosechando los frutos de esa experiencia espiritual. Para mí, y para muchas personas que asisten, las danzas circulares son un auténtico ejercicio espiritual, porque permiten conectar con la vida interior y con lo sagrado.

El arte, la danza y la música transitan en la esfera de lo sagrado; son vehículos suyos  y, por ello, se relacionan a la interioridad, a la trascendencia. Son actividades del espíritu y, por lo mismo, constantes. El ser humano es un buscador de lo sagrado y lo busca en su espíritu. En ese sentido, las danzas circulares nos pueden ayudar en el cultivo de nuestra espiritualidad, pues a través de ellas podemos encontrarnos con nosotros y con los demás.

La danza en forma circular posibilita la experiencia de la unidad y la diversidad. El círculo -la forma más común de los bailes en grupo de diferentes pueblos-, es el lugar de encuentro con los demás y, a la vez, con lo sagrado. En el círculo todos estamos en el mismo nivel. La horizontalidad es evidente, pues cada una de las personas le da forma; nadie sobra, nadie está demás. La forma circular, además, favorece la concentración de los que integran la ronda, colaborando para que la atención se enfoque al momento presente. Es un ejercicio de la colectividad, por lo mismo, fundamentalmente comunitario. ¡En el círculo llegamos a ser uno! Llegamos como individuos y nos hacemos comunidad, para juntos decir: “¡Yo soy otro tú!”

Las danzas son también una caminata en dirección al silencio. Solo en el silencio la escucha atenta del otro se hace posible. El silencio es a la vez ejercicio de escucha, don de sí y acogida del otro. Es dar oportunidad a otras dimensiones de nuestro ser, que normalmente no salen a flote, porque se privilegia la intelectualidad y el desempeño de tareas mecanicistas. Danzar no es un ejercicio de la razón, propiamente hablando. No se refiere a una teoría o a una elucubración. La danza, como expresión espiritual y artística, pertenece más a la esfera de la intuición. Se mueve, junto con la música, en el mundo de los afectos, de los sentimientos. Además, por su carácter práctico, traducen en movimiento el lenguaje corporal, la armonía y sincronía entre todos. En las danzas todos los movimientos se hacen oración. La danza es oración rezada con el cuerpo.

El arte, la danza y la música transitan en la esfera de lo sagrado; son vehículos suyos  y, por ello, se relacionan a la interioridad, a la trascendencia. Son actividades del espíritu y, por lo mismo, constantes. El ser humano es un buscador de lo sagrado y lo busca en su espíritu. En ese sentido, las danzas circulares nos pueden ayudar en el cultivo de nuestra espiritualidad, pues a través de ellas podemos encontrarnos con nosotros y con los demás. El mundo es nuestra casa y no necesitamos salir de él para encontrar lo sagrado que lo habita. Más bien, necesitamos cambiar nuestra mirada, y, como un artista, dejarnos sorprender por la realidad, para encontrar la belleza y la armonía presentes en nuestra cotidianidad. Las danzas circulares son verdaderos oasis de la esperanza, son espacios necesarios donde juntos se construye la paz.

  • Este artículo se inspira en la frase de Wosien: “Lo que he comprendido después de una vida de danza es que la danza es una meditación en movimiento, una caminata en dirección al silencio, donde todo el movimiento se torna una oración”.

Jesuita brasileño. Estudia Teología en la UC y colabora pastoralmente en el Instituto Padre Hurtado, de Fe y Alegría.

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