¿De dónde vendrá nuestra esperanza?

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Es fácil mirar a nuestro alrededor y sólo ver lo negativo: los problemas, las críticas y las injusticias. Ante tanta crisis en el mundo no es sorprendente que muchos en esta temporada se sumerjan consciente o inconscientemente en la compra de regalos, el envío de tarjetas y la elaboración de todo tipo de alimentos y bebidas tradicionales de estas fiestas. Estas actividades nos mantienen activos y de alguna manera nos hacen sentirnos útiles; creemos que estamos logrando algún bien, aunque sea efímero, y nos despreocupamos por un momento del sufrimiento que hay afuera.

Por más que se escojan los regalos con gran detalle, se incluyan notas manifestando sentimientos profundos y se preparen los platillos navideños con mucho cariño, todo aquel ajetreo nos puede distraer del verdadero significado de la Navidad. Porque Jesús no vino al mundo para hacer muchas cosas, ni para impresionar con sus milagros, ni para contarles a los no creyentes de lo mucho que Él había logrado, sino que vino para entrar profundamente en nuestra realidad y acompañarnos. Porque claro está que Dios podría haber llevado a cabo su plan de salvación desde el cielo sin tener que pasar por nuestra fragilidad humana. Sin embargo, así no lo hizo: nació como bebé indefenso en un pesebre sencillo y humilde para estar con nosotros.

Cuando nos dejamos llevar por la corriente de actividades de fin de año, se nos pierde este significado de la Navidad. Ya no podemos seguir el ejemplo de Cristo haciéndonos presentes a nuestros prójimos. Nos enfocamos tanto en lo que tenemos que hacer que perdemos de vista lo más importante.

El domingo antepasado me encontraba en una parroquia participando de la Pastoral Migratoria, apostolado al que dedico unas ocho horas a la semana como parte de mi formación como jesuita.  Se había cancelado la reunión a la que yo iba a asistir y no me habían avisado. Debido a todo lo que tenía pendiente de mis estudios me sentí algo molesto por unos momentos. Pero, de pronto, el diácono me pidió que fuera a ver a una señora que lucía visiblemente preocupada. Me presenté y me puse a escuchar.

La mujer contó que su esposo había recibido una orden de deportación y ella ahora enfrentaba temerosa la posibilidad de correr la misma suerte que él. Me sentía hasta cierto punto inútil por no poder resolver su problema. Aunque se le dieron algunos consejos y los números telefónicos de unos abogados, se notaba que lo que más necesitaba era alguien que la escuchara.  Nos confesaba cuán difícil le había sido no desfallecer en esta crisis ante sus tres hijos menores, por quienes ella quería ser fuerte. Al ofrecerle unas simples palabras de aliento, ella me dio un abrazo entre lágrimas. Creo que ella partió con un poco más de esperanza, y no por lo que pudimos arreglar en cuanto su situación migratoria, sino sencillamente por haber compartido unos breves minutos de conversación.

El Adviento es tiempo de esperanza: la esperanza de saber que Dios no nos deja solos, que Él se encarnó de la Santísima Virgen María para poder estar con nosotros y vivir de primera mano nuestra fragilidad humana. Para vivir esta esperanza a plenitud, tenemos que mostrarla a nuestros prójimos; no con muchas acciones o regalos, sino ante todo con nuestra presencia.

San Ignacio de Loyola dice en los Ejercicios Espirituales que no se trata de hacer mucho sino más bien de sentir y gustar internamente. Si nos mantenemos tan ocupados haciendo cosas se nos escapa el gusto, la alegría del mensaje principal de esta temporada: el de la esperanza que nos brinda el nacimiento de Cristo. Así que estemos atentos a este mensaje y a las mil formas en que Dios se nos hace presente con su amor y misericordia en nuestras vidas.

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