De la realidad y de la utopía

(cc) Shockingly Tasty

En momentos en que la carrera presidencial ya se ha desatado, es interesante mirar con atención estos tiempos de candidaturas. Las campañas suelen comenzar con un desfile público de postulantes, para luego dar lugar a una especie de tour social por los barrios vulnerables y los campamentos de la zona en la que el futuro servidor público se postula, prometiendo a sus habitantes hasta el mismísimo cielo. Si estos candidatos corren con suerte en las elecciones, llegarán a conseguir el puesto por el que compiten. Sin embargo, en muchos casos, súbitamente desaparecerán del terreno, para comenzar lentamente a desentenderse de la gente a quien le prometieron todo por ese cargo. ¿Las razones? Estrategia política u otros problemas más urgentes -aunque sin duda no más importantes-. Luego, pasan los años y se llega nuevamente al período de elecciones… y comienza todo nuevamente. ¿Cuál es el trasfondo de este círculo? Políticos tratando de hacer sonreír más a sus partidos que a su gente. Son sólo unos pocos los capaces de producir un verdadero cambio.

Por éstas y otras tantas razones, es probable que a la gente no le falten “palabras” que decir sobre tal o cual político, o sobre cierta gestión. Pareciera ser que el atacar es el deporte favorito en el país de los chaqueteros. Lo que a veces nos cuesta ver, sin embargo, es que ese político no es más que el reflejo de nuestra propia idiosincrasia, una que se esconde tras unas frágiles fachadas.

Ejemplificar lo anterior es fácil: nos decimos a nosotros mismos que somos solidarios y nuestro acto filantrópico más grande durante el año es donar dinero a la Teletón; decimos que estamos orgullosos de nuestra diversidad, pero nos es indiferente el histórico conflicto mapuche; creemos en una educación que dé oportunidades a todos por igual, pero trabajar en colegios municipales por un bajo salario es impensable, o, siendo menos extremistas, consideramos que salir a marchar es inútil; defendemos los derechos del país sobre nuestro mar frente a los vecinos, pero algunos miran con indiferencia el proceso que lo privatiza -o, lo que es peor, lo aprueban-; decimos que trabajamos por un Chile mejor, pero finalmente nos enfrascamos en el éxito personal y nos desentendemos del otro que vive marginado. Nuestra desfachatez es tan grande que apuntamos con el dedo cuando otro actúa de forma indiferente frente a la realidad del país, o cuando pone sus propios intereses sobre los intereses de la comunidad. Y es que por algo existe el refrán: es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.

Es mucho más fácil apuntar con el dedo la desfachatez del otro. Como la de los candidatos y su estrategia populista para acercarse al cargo que ansían, o la de quienes violentan a otros por pensar o ser diferentes. Con ello desviamos la atención de nuestra propia incoherencia, dirigiéndola hacia esa infundada razón de que el otro es peor. Este fenómeno es extraño, ya que pese a ser el destino de muchos, la mayoría de nosotros en nuestra aguerrida adolescencia soñó con que era posible cambiar el mundo, aferrándose a esta lucha romántica…

Pero algo pasó en el camino.

Algo nos desvió de este objetivo y terminamos enfrascados en una vida rutinaria, donde el éxito dejó de ser el medio para ayudar a otros. ¿Qué pasó? Parece que la entrada al mundo real diluye todos estos sueños: de un momento a otro necesitamos un trabajo formal, pagar cuentas, mantenernos a nosotros mismos, y luego a una familia. Pareciera ser que es más fácil ajustarnos a las demandas que la sociedad nos va haciendo que seguir intentando conquistar nuestros ideales. Los ideales no mantienen a nadie.

No hay que caer en el pesimismo absoluto y simplificar todo con que el ser humano es intrínsecamente malo. Es solo que la realidad material nos sobreviene y aplasta, no dejando tiempo o espacio mental para nada más: lo que nos acontece nos ocupa el ahora. Con esto no quiero decir que todos quedamos libres de pecado, sino que es algo que se suele dar a lo largo de la vida. Nuestro pecado es el dejar que la vida pase frente a nosotros y no apartar la vista de lo urgente, el no reactivar esa llama adolescente que nos moviliza frente a una causa que es justa para nosotros, el no ver nuestra viga y hacer algo para mirar de otra manera.

*Alejandra es estudiante de Psicología en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es voluntaria de Techo en el campamento San Francisco, de San Bernardo, y estuvo encargada de formación y voluntariado del Área de Secundarios de UTpCh.

 

Chilena. Profesora Básica y de Educación Ambiental. Actualmente colabora en el equipo de formación de la Parroquia San Ignacio de Loyola, de la comuna de Padre Hurtado, RM.

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