De paseo por el primer mundo

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Copenhague. La capital de Dinamarca, uno de los países más ricos del mundo. A primera vista las diferencias no parecen ser muchas. Me atrevo incluso a decir que “tiene algún parecido con el “primer mundo santiaguino” (llámese Las Condes o Vitacura). Recién llegando, las distracciones captan tu atención: verás tiendas, quizá ropa más atractiva -dependiendo de los gustos-, alguno que otro personaje extravagante, muchas bicicletas, y otros elementos familiares, como negocios, plazas, colegios, universidades y un metro – con posibilidad para trasladar bicicletas-. Sin embargo, una vez que hayas hecho propias las calles de la ciudad -con tu ya adquirida y necesaria bicicleta-, una vez que hayas conversado con alguno de sus habitantes, cuando ya hayas pasado la vergüenza de querer saludar de beso y darte cuenta que el sujeto en cuestión se echa para atrás extrañadísimo, después de todo eso quizás podrás empezar a detectar algunas diferencias dignas de interés.

Doce años la pena máxima, un metro con cabina silenciosa para los estudiosos o los cansados, calles limpias por sí solas y pagar un impuesto salarial del 50%. Una increíble oferta cultural y una diferencia de sueldo entre el junior y el jefe que no puede superar, por ley, las tres veces. Supermercados de tamaño adecuado y un cargo extra por las bolsas en que te llevarás los alimentos adquiridos; carreteras sin peaje, ausencia absoluta de cualquier tipo de población marginal, y un producto interno bruto casi cuatro veces el de Chile.

Entablada ya algún tipo de relación con alguien de por ahí, es probable que en el nativo surjan las justas y no poco comunes dudas sobre un país tan alejado como Chile. Si es que éste lo conoce de nombre -pero se da el caso de que es una persona no muy instruida en saberes del mundo- preguntará: ¿tienen electricidad?, ¿y agua potable?  – Yes, of course! – responderás. Pero con esa afirmación, que apurada sale de tu boca, como queriendo devolver rápidamente la dignidad a tu menospreciado país, te quedarás un minuto reflexionando, y, pensándolo bien, te darás cuenta de que no era tan of course! Decidirás, por tanto, modificarla a – en realidad no todos tienen, pero yo sí tengo-.  ¡Cuán complejo es explicarle esto a una persona que proviene de un país en el que la distribución de la riqueza es la base de su funcionamiento! Te darás con esto un fuerte porrazo, y caerás en la cuenta que la brecha social en Chile es increíble…  o, más bien, absurda.

Si continúas viviendo tu normal cotidianeidad, inevitablemente te hallarás con nuevas preguntas. Esta vez puede que el personaje sepa un poco más de Chile y te dirá: – Chile!, really? ¿No es ese país que ha crecido tanto las últimas décadas y dónde sacaron a 30 MINEROS DE LA TIERRA?-Tú contestarás orgulloso/a que sí, que en realidad el PIB es cada vez más alto y, en efecto, los 33 mineros, no los 30 -te encargarás de recalcarlo- fueron heroicamente rescatados de las profundidades. Puede que nuestro personaje no haga más preguntas; sin embargo, en ese momento no podrás dejar de preguntarte: ¿Y qué hay de los otros 17 millones que están sobre tierra? Y es que ese bonito índice llamado PIB per cápita no refleja nuestra realidad, cuando en ella la repartición de bienes es prácticamente nula; simplemente no refleja la realidad de un país en el que sólo se crece por el enriquecimiento de unos pocos, mientras que el resto permanece -o languidece- en la inestable clase media, o se encuentra marginado en medio de la pobreza.

Seguir el ejemplo de Dinamarca, sinceramente, nos queda grande. Al menos hoy es utópico para nuestra realidad. Sin embargo, sí hay algo valioso que podemos aprender de su desarrollo. Ellos no son “naturalmente ricos”: es una isla pequeña, de escasos recursos geológicos, que aún así ha logrado posicionarse como uno de los países más desarrollados del mundo y con los mejores estándares de vida. Los daneses están a favor de sus altísimos impuestos porque confían en la transparencia política de sus representantes, y en que éstos manejarán bien el dinero según las leyes y el beneficio de todos.

Podemos continuar refugiándonos en seguir -e imitar- el ejemplo de “los grandes”, como Estados Unidos o Japón, o tal vez sea mejor intentar hacernos cargo de lo que somos y de la riqueza que poseemos. La pobreza de nuestro país nos hace paradójicamente ricos. Tenemos, aunque todavía no lo demostramos, los ojos abiertos al sufrimiento, y por más crudo que éste sea, es una campana molestosa que deja a más de alguno conmovido. No bastándonos con eso, a falta de poder adquisitivo o, sencillamente, plata, los pobres conocen el mundo desde una perspectiva que nosotros también podemos aprender a mirar. Por ejemplo, la capacidad de desprendimiento. Un llamado al que todos estamos invitados, y que especialmente lo pobres -quizás sin haberlo deseado- son capaces de poner en práctica, fijando el objetivo de su actuar por sobre todo en la superación personal y familiar.

Acortar  las brechas sin socavar estos valiosos “recursos” es posible y está al alcance de nosotros tomar las decisiones pertinentes que colaboren con esta misión. No pretendo achicar el problema -e intento con mucho esfuerzo evitar sentirme agradecida  de él, porque creo que me dio la fe que hoy día tengo-. Sin embargo, la confianza en la superación, por ejemplo, puede llegar a ser igual o incluso más valiosa que una fuente de petróleo; una fuente que, ineludiblemente, tiene sus días contados.

* Belén es ex alumna del colegio Institución Teresiana, miembro de CVX y actualmente vive en Copenhague, Dinamarca.

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