De perros y parábolas de la modernidad, por Kyle Shinseki, SJ. « en Territorio Abierto

De perros y parábolas de la modernidad

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Hace poco tuve la oportunidad de pasar un mes en Monte Sinaí, un barrio ubicado en la periferia noroeste de la ciudad de Guayaquil, en Ecuador. Es una zona azotada por la violencia, con poca infraestructura y pésimas condiciones sanitarias. Uno de los pocos rayos de esperanza es el Hogar de Cristo, obra social de la Compañía de Jesús que atiende las necesidades de la población más desfavorecida de lugar. Por trabajar allí es que me tocó conocer este sitio. Con el paso del tiempo, la cruda realidad en la que me encontraba comenzó a reflejarse en la vida de los perros ambulantes del sector.


En una primera instancia era imposible ignorar la presencia de tantos perros callejeros o “viralatas” – según la jerga ecuatoriana – que andaban rondando por las calles. Son perros que transitan sin collar ni bozal, sin arnés ni correa. Tienen todos los aspectos imaginables: grandes y pequeños, pelados y peludos, pero de ninguna raza muy fina.

Los primeros que a duras penas pasan desapercibidos son los perros cojos. Atropellados por la vida y sumisos a la fuerza, estos perros ni siquiera se atreven a mirar la cara de quien pasa por el lado. Viven hambrientos y buscan su alimento diario entre las pilas de basura amontonadas por las calles de piedra y lodo. Dependen de los desperdicios de los seres humanos para poder sobrevivir.

Luego, se encuentran los perros agresivos, que vigilan su pequeño sector como si fuera su propio reino de casas de caña y cercas de metal oxidado. Sus ladridos y dientes amenazan con una mordida de rabia, y sin lugar a dudas asustan si es que llegan a aparecer repentinamente. Sin embargo, si uno  levanta una piedrita de la calle y se la muestra, se vuelven más mansos que un cordero. Su agresividad es sólo una fachada para engañar a los extraños que se atreven a cruzar por su territorio.

Por último estaba “Oso”, un perro negro y peludo famoso en todo Monte Sinaí. Este perro mascota se ha visto obligado a mendigar para no ser una carga para sus dueños. Pero “Oso” es tan listo que ha aprendido a hacer que la gente se encariñe tanto con él que casi cualquiera que lo encuentra por la calle no resiste en comprarle un panecillo. ¡Pero que no se engañe nadie!, porque su fidelidad es solamente a sus dueños… los demás son sólo una fuente de sustento diario.

Jesús enseñaba a sus discípulos con parábolas porque sólo así se revelaba el significado tan profundo de sus lecciones. De igual manera, los perros de Monte Sinaí fueron como parábolas que me enseñaron mucho acerca de las injusticias que los residentes – humanos – experimentan a diario: los atropellos que los dejan “cojos” ante los más acomodados, las amenazas que “ladran” en las calles y que los vuelven prisioneros en sus propias casas, y los engaños que aguantan a cambio de un “panecillo”.

Según la espiritualidad de San Ignacio de Loyola, la presencia de Dios se revela en infinitas maneras en nuestro mundo. Incluso entre los perros. Nos urge ser más atentos a esta presencia divina, porque sólo así se nos revelarán realidades tan duras como las de Monte Sinaí; realidades que exigen una respuesta.

Cuando te detienes a apreciar las parábolas modernas de Dios en tu mundo, ¿cuál será tu respuesta?

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