De revoluciones y evoluciones

(cc) Bambo

Hace una semana atrás fuimos sorprendidos por un importante anuncio en el ámbito de la educación escolar en Chile. Muchas de ellas confirman análisis y propuestas realizadas desde hace años por distintos miembros e instituciones de la sociedad civil y el mundo político. Otras resultan más cuestionables desde uno y otro lado. El asunto que está generando mayor debate no son tanto las medidas – de las cuales poco se nos ha dado a conocer -, sino que el enunciado de éstas: “revolución de la educación escolar”, o como se ha querido corregir, una “evolución más audaz”.

En la historia contemporánea hemos sabido de revoluciones.  Thomas Kuhn, habló de cómo las ciencias, aparentemente tan cerradas en su propio método, han dado saltos de paradigmas impresionantes. A ese salto, le llamó “revolución”.  Los finales de los años sesenta del siglo pasado nos hablaron de la revolución de las flores. Un cambio radical en el modo de vivir la sexualidad: la pastilla anticonceptiva, apertura en temas de género, etc. La revolución cubana: al tercer intento, un grupo de hombres lograba tomarse el poder con la bandera de una revolución socialista. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, también son representadas como una revolución no solo en el ámbito de esos adelantos – que sería lo de menos -, sino en el campo de las relaciones sociales. Sabemos de revoluciones, los ejemplos sobran.

¿Es una revolución o una evolución más audaz un cambio en el sistema educacional que mantiene una segregación social tan calculada como denunciada?, ¿es acaso un modelo de escuela decente, aquél que replica una estructura social indecente?  La revolución que se propone a Chile nada de eso tiene.  Siguen siendo medidas, nobles y buenas en su mayoría, que no terminan de abordar el problema de fondo.  Asumir que la revolución o la evolución audaz de nuestro sistema educacional, consiste en un mayor juego de piernas de nuestros directores para despedir gente, mayores recursos para profesores que hacen bien su trabajo y en mayores mediciones de la “calidad” en ciertas áreas del curriculum, es sostener que la educación tiene que ver con la mera adquisición de herramientas prácticas para poder moverse mejor en el carril que va desde la escuela misma hasta el mercado laboral. Pareciera ser que la revolución en la educación no termina de asociarse con lo que, con mínimos principios de política, tendría que ser: una revolución social.

El Cristianismo nace fruto de una revolución. Jesucristo fue capaz de hacer evolucionar de manera radicalmente audaz un rígido sistema de normas y preceptos. Fue incomprendido, tratado de loco, asesinado. Poco a poco un grupo entendió que el cambio de la religión, era en sí mismo un cambio de entender las relaciones para con Dios, y también entre los que formaban parte de la sociedad. Si la religión se hacía distinta – ojo que en un tiempo donde a falta de escuelas, la principal institución socializadora fuera de la familia era precisamente la religión -, la sociedad sería distinta.  Fue tan radical el cambio que, aquél que vino a hacer nuevas todas las cosas, creó algo nuevo: otra religión.  No fue lo mismo maquillado o muy intervenido, sino algo totalmente nuevo.  Este modo de entender la revolución creo que es el que nos falta para darle a los niños de Chile no solo una mejor educación, sino una mejor sociedad.  Menos cabeza al cómo – el medio -, y más al para qué – el fin -.

Jesuita. Sociólogo y Master en Teología. Hace estudios de doctorado en Educación en la Universidad de California, Berkeley y colabora en la Red de Colegios Cristo Rey en San José, California.

Sus columnas en TAbierto

Artículos relacionados

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.