Del juego del miedo (y del terror al conflicto)

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Vivimos tiempos difíciles. La intransigencia de algunos está devastando el país. Esta niña con cara de endemoniada que ni siquiera estudia; ese señorito que -quién se cree que es- nos habla como si fuésemos pares y tiene paralizada a la nación; el tipo mafioso e ignorante del bigote, el vago de la CUT que hace años no le trabaja un peso a nadie; el pistolero de Interior que disfruta con la represión; todos los que quieren seguir apernados al poder en el Congreso; el presidente-empresario que busca proteger para sus socios el negocio de lucrar a costa de los más pobres. Los comunistas que solapadamente quieren desestabilizar al gobierno, los ladrones concertacionistas que no saben cómo hacerlo, y los delincuentes de cuello y corbata que quieren comprarlo al menor precio posible. Los malditos pacos represores y sus infiltrados. Los ociosos jóvenes delincuentes…

No sé usted, pero a mí me huele a caricatura, y no de las de Quino. Lo triste es que no falta quien se lo cree… y lo repite. La pregunta es: por qué.

Sin darle más vueltas al asunto, creo que -aunque suene a contrasentido- el tema es que nos falta conflicto. Huimos de él. Le tenemos fobia. Allodoxafobia es el término médico.  No hay nada que asuste más a un chileno que la posibilidad de estar en desacuerdo y tener que enfrentarse en una discusión. ¿No se pregunta usted por qué el famoso “lucro” no ha estado sobre la mesa desde el principio? ¿No se pregunta por qué siempre hay temas que quedan debajo? Y es que para nosotros, nada peor que el “tenemos que hablar”; la cultura del mensaje de texto cuando el tema es complejo. Botón de muestra: si ve a su pareja con cara de que recién le diagnosticaron hemorroides, pregúntele qué le pasa. Le firmo ahora que la respuesta será “nada”… al menos las tres primeras veces.

Ahora, el tema es que esto no queda en lo anecdótico o en otra de tantas características personales del chileno. Esta allodoxafobia ha trascendido al sujeto y se encarna fuertemente en nuestra institucionalidad. ¡¿Que qué?! Así como suena compañero. Hemos construido toda nuestra sociedad y sus instituciones a la defensiva. Una estructura que se basa en el miedo al conflicto. Como los equipos del Gordo Santibáñez… “ojalá empatemos”. Y como nos pasó con Bielsa, nos estamos dando cuenta que tenemos para apostar a más.

Nuestro sistema tiende a evitar el conflicto. La política es paradigmática: lo grave del binominal no tiene tanto que ver con la supuesta sobrerrepresentación política de uno u otro sector (de hecho es bastante mínima), sino con el hecho de que elimina la posibilidad de que entren terceros menos dóciles al Congreso. Es decir, dejamos las posturas que difieren afuera de lo que debiese ser su espacio natural de expresión. Súmele camarada, las leyes con quórum especial: para cambiar cualquier cosa se requiere prácticamente unanimidad. Ni siquiera voy a entrar en la posibilidad de un plebiscito, tan real en la práctica como su opción en el Kino.

¿Y si miramos el mundo del trabajo? La misma dinámica, con otros jugadores: las alternativas al sindicato son múltiples, y las posibilidades de negociación escasas y limitadas a la remuneración. ¿Jornada, bonos, participación en decisiones de la empresa? ¿Negociación por ramas o sectores? Lo que usted quiere es que todo el mundo se vaya a huelga…

Y así podemos seguir: modelo de regiones sin poder alguno -no vayan a confrontar al Gran Santiago-; modelo educativo de repeticiones y segregaciones; modelo de familia en que sólo algunos son familia y los otros sucedáneos -y resulta que también culpables de la violencia-; modelo urbano que evita a toda costa que nos encontremos: los ricos allá, los pobres acá, los progre por un lado, los de buena familia por el otro.

Cuál es el punto de todo esto. Sencillo. El conflicto existe desde que el mundo es mundo. Y quizás, como planteó Hegel, sea realmente el motor por el cual avanza la historia humana. ¿Qué hacemos con ello? Pues en lugar de darle un cauce institucional, que permita que se exprese controlada y dialogadamente, hemos optado por un sistema que lo esconde, y que sólo otorga un par de salidas de emergencia cuando la tensión es máxima. Como resultado de esto tenemos un conflicto larvado, que se acumula en una ciudadanía frustrada que no encuentra ni espacios para expresarlo, ni personas que lo canalicen hacia donde corresponde.

Un conflicto creador de resentimiento, que desemboca en la caricatura y la personalización del odio -en la mal llamada intransigencia, que no es otra cosa que una estrategia de negociación “con el tejo pasado”, para lograr que el inevitable empate se acerque a lo que en verdad se quiere-; se traduce en la vuelta a la Guerra Fría: los rojos y los azules, el blanco y el negro, olvidando la enorme -y maravillosa- zona de grises y matices que definen una sociedad. Se concreta, en otras palabras, en estallidos de violencia, expresión viva y descontrolada de ese conflicto mal llevado.

Y como en el país no tenemos buenas estructuras, cada vez que surge algún tema serio en el que no estamos de acuerdo, apelamos a “la Unidad” o a los grandes conceptos (justicia, libertad, solidaridad, democracia), pero sin contenido. De hecho, en esta pasada han aparecido también algunos descolgados que -en nombre de la paz y la unidad, y con la altura moral del general que asume después de la guerra- posan abajo firmando por cosas como “un verdadero acuerdo por la educación”, “movimientos independientes por la educación” o “Chile quiere paz”, ofreciéndose ellos como garantes de -ahora sí- un verdadero  acuerdo,  queriendo reemplazar a quienes llevan meses peleando, como si éstos no estuvieran a la altura.

Perdón, pero en este contexto, cada alocución que se hace en nombre de la unidad me parece irrisoria, por no decir “naif”. Apelamos a la unidad nacional en todos estos casos como lo hace don Francisco con la Teletón. El problema es que mientras la Teletón moviliza corazones, aquí son las razones -sin duda acompañadas de pasiones- las que están en juego. Y para avanzar requieren encontrarse, chocar, sopesarse en un espacio que goce de un mínimo de legitimidad.

En fin. Aquí no hay niñitas endemoniadas, señoritos subersivos, mafiosos, ladrones, represores. No tengo duda que tanto unos como otros quieren lo mejor para el país. Bueno, señoras y señores, es lo que pasa cuando se guardan peleas por tanto tiempo. Esto pasa cuando se construye desde el miedo: igual que una cañería tapada, las cosas se paralizan y acumulan hasta explotar.

Neruda, en las Alturas, dice a raíz de Machu Picchu algo así como piedra en la piedra, y el hombre dónde estuvo. Piedra en la piedra, ¿y en la base harapos? Y creo que la pregunta es hoy más que válida: ¿sobre qué construimos nuestro país y sus instituciones? El miedo no es un buen cimiento…

* Diego es abogado de la P. Universidad Católica de Chile y actualmente trabaja en Infocap, la Universidad del Trabajador.

Chileno. Abogado UC. Ex Director de la Escuela Sindical de Infocap. Profesor ayudante de Derecho Penal. Trabaja actualmente como abogado en litigios.

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